Pensar el arte latinoamericano


Vladimir González Roblero
Uno
América Latina, Nuestramérica, es una construcción histórica, atenta a las estructuras que le han dado pie, y también a los personajes, grandes y menudos, que han hecho de este lugar un mundo posible.
Al revisar nuestra historia, hemos de darnos cuenta cómo ese lugar inventado ha sido espacio de disputa continua, circunstancia que alimenta la identidad latinoamericana. Lo fue en las épocas de la Conquista y la Colonia, cuando aparecen los primeros planteamientos de nuestras identidades colectivas; lo fue en las Independencias, cuando se buscó afanosamente un lugar teniendo como eje los sistemas políticos occidentales; lo ha sido a lo largo del siglo XX y aun XXI, con la imposición del capitalismo, su expresión neoliberal y las resistencias de las izquierdas afines al comunismo y a movimientos liberalizadores como los autonómicos, antisistémicos y feministas.
Estas luchas marcan la identidad latinoamericana, a nuestros pueblos y a quienes los integramos. Estos devenires sirven para pensarnos como identidades ontológicas (esencialistas) o históricas (procesuales). En los mismos vaivenes discursivos se halla el arte y otras prácticas creativas.
 
Dos
En el mundo del arte (que no se circunscribe solamente a los artistas, sino también a los públicos, los gestores culturales y otros agentes) está presente, en Latinoamérica, la distinción entre el arte como refinamiento, articulado a un sentido de vida ilustrado, a las formas artísticas conocidas como bellas artes; y el arte como expresiones creativas populares, de grupos minoritarios y subalternos, algunas veces cuestionadas desde el esteticismo.
Algunos autores han apostado por una idea de arte latinoamericano, en la que dialoguen lo propio y lo ajeno. Es un proyecto de años, pero inacabado, en constante realización. Me gusta la idea, sin embargo, prefiero pensarla como un espacio liminal entre miradas históricas, sociológicas, estéticas, antropológicas, y epistemologías que se hallan fuera del mundo del arte, de lo instituido, y que se desbordan hacia la cotidianidad, hacia la vida misma, hacia formas de sentir y pensar.
Estas posturas siguen presentes, conviven en una dialéctica que a veces las empalma, que a veces las excluye, en donde la mirada del artista y del habitante del mundo del arte debe situarse en los intersticios, en los espacios liminales.
 
Tres
Considero importante volver a pensar al arte, sus formas, los procesos creativos desde la perspectiva de los universales situados. La palabra arte designa a una institución surgida en la Europa renacentista, aunque se pueda rastrear incluso en la Antigüedad. Sin embargo, existen formas simbólicas semejantes a ese arte occidental, a las que echamos de menos para pensar la completud del mundo. Con esto quiero decir que las formas simbólicas, el arte, se halla en todas nuestras sociedades históricas, pero en cada lugar asume características propias que no necesariamente deben encajar en el relato de la estética occidental.
Ahora bien, me parece que ya ningún relato artístico puede permanecer ni permanece en sus formas puras. América Latina es resultado de un proceso histórico en el que, al principio, se impusieron sistemas de pensamiento; al paso de los años, y gracias a la conciencia histórica, éstos han convergido con otros relatos artísticos, los originarios y los emergentes, dando como resultado un fenómeno estético propio de este lugar de enunciación que dialoga, confunde y se yergue frente a las prácticas y discursos artísticos globales.
Por lo anterior, el arte latinoamericano ha recuperado nuestra experiencia histórica, mostrando el conflicto, la utopía, esperanza y desfallecimiento de un lugar cuya realización es posible, además, en el mundo de las representaciones.
 
 
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