Paredes de cartón

Martín Salas

Después de un arduo día de trabajo Miguel fue recibido por su esposa con una tentadora noticia. Se comentaba en la colonia y sus alrededores que “la líder” – la raza la llamaba así porque era quien representaba al barrio ante los partidos políticos en época de elecciones – había prometido adquirir solares a cambio de una módica cantidad de 200 pesos por familia.

Basándose en el artículo 4to de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y en el precepto que enuncia lo siguiente: “Toda familia tiene derecho a disfrutar de vivienda digna y decorosa”, Doña Vergas, como la apodaban los cholos por su gran ímpetu, liderazgo y  fama de culera, convenció a muchos como Miguel de tomar por la fuerza lo que enjundiosamente defendía como una garantía constitucional.

Su comisión de 200 pesos, llamada por ella cooperación, estaba destinado para apartar a los sin techo un espacio dentro de los kilómetros de terreno prometidos. Además, esos 200 pesos, afirmaba a sus seguidores, en parte cubrirían los gastos de papeleo y gasolina necesarios para la rápida resolución del caso.

Miguel era de la Machi López. Vivía con su jefa y su hermano Chuy en un terreno amplio donde se alzaban tres cuartos de cartón y madera que conectaban con un cuarto de concreto y que en su totalidad comprendían la casa familiar. Además de Chuy tenía otros hermanos, tres hombres más y una mujer que ya hace tiempo habían hecho vida por otro lado.

A Miguel ya le andaba por seguir el ejemplo de sus hermanos. Era difícil vivir con su madre enferma y su hermano Chuy, quien acarreaba bastantes problemas a la casa por su reciente adicción al cristal. Fue en el bautizo de su compadre Silverio donde Miguel conoció a Consuelo, ahora su esposa. Desde entonces fueron inseparables. Con el tiempo decidieron juntarse, hacer una familia, tomando como principal prioridad el conseguir una casa mientras se quedaban con la madre de Miguel.

La situación con Chuy se volvió insoportable con los meses. Poco a poco estaba dejando la casa vacía. La madre podía hacer casi nada, pues su situación de salud se lo impedía. Las pocas prendas con las que Miguel y la Chelo lograban hacerse desaparecían en cuestión de días. A esto se sumaba la cantidad de foquemones que se amanecían en el cuarto de Chuy. Todos las mañanas Miguel salía a trabajar con el temor de que la bola de locochones se le ocurriera hacer algo con su amada Chelito.

Fueron todas estas situaciones las que llevaron a Consuelo  y a Miguel a tomar la palabra de “la líder”. Sin pensarlo Miguel soltó los 200 pesos que se le pedían como cuota. En una reunión vecinal “La líder” juró y perjuró con enérgicas palabras conseguir los predios para las familias solicitantes. Pasaron alrededor de dos meses sin recibir una respuesta por parte de la dirigente.

Un día se armó un borlote en una de las escuelas de la zona, “la líder” había llegado con malas noticias, el gobierno no autorizó dar los predios a las familias. Ante los reclamos Doña Vergas parecía desesperarse, sin embargo la vieja no era tonta y aprovechando que la turba de trabajadores y amas de casa estaba furiosa les propuso invadir a la mala aquellos terrenos que por derecho constitucional les pertenecían. Pidió a los asistentes que se hicieran con madera y cartón para empezar a construir la nueva colonia.

Miguel percibía un leve tufillo a podrido dentro de todo esto, estuvo a punto de mandar a ese montón de grillos a la chingada. De todas formas había juntado una pequeña suma a lo largo de sus días como trabajador de la construcción, misma que le alcanzaba para pagar un solar barato en cualquier otro punto de la ciudad, pero recordó que había prometido a Chelito casarse por el civil y por la iglesia con ese dinerito después de conseguir un lugar donde vivir. Al ver a su mujer tan esperanzada con la idea de una casa y una boda como dios manda, Miguel no pudo más que contener sus opiniones.

Fue un sábado a las 12 de la noche cuando las familias comenzaron la invasión de los predios. Llegaron e inmediatamente comenzaron a levantar los pequeños cuartos de cartón donde se alojarían los habitantes de la nueva colonia. Siendo un diestro albañil, Miguel terminó su jacalito a eso de la 1 de la tarde del domingo. Ahí durmieron alrededor de una semana acompañados de sus únicas pertenencias: una estufa, un tambo de gas de 30 lts, una bicicleta, ropa  y unas cuantas cobijas.

Alrededor de las 5 de la mañana de un martes Miguel escuchó que pateaban la puerta. Una prepotente voz les ordenaba salir del cuarto. Cuando Miguel salió atender se sorprendió al ver el mochomero azul que rodeaba el terreno. Luces rojas y azules se proyectaban en las paredes de cartón mientras un grupo de retroexcavadoras esperaban pacientemente la orden para demoler los pequeños cuartos. Eran policías municipales, habían recibido el mandato  de desalojar a los invasores, un mandato que, según aseguró una de las cabezas de la corporación, venía desde arriba.

Cabizbajos regresaron Miguel y Chelo a la Machi López. Pasaron los meses hasta cumplirse el año. Lo que vino al año siguiente fue determinante para la situación en que se encontraba nuestro desesperado amigo.  Durante el transcurrir de ese tiempo el experimentado albañil alcanzó a construir  un cuarto de material, bien asegurado, en uno de los rincones del patio. Fue el año en el que él y Chelo se casaron con su respectivo bailongo y por lo mismo fue el año en el que la familia aumentó de dos a tres integrantes, pero al mismo tiempo fue también este año en el que falleció de su madre.

Tal evento desencadenó conflictos cada vez más intensos con Chuy por el control del terreno. Su hermano cada día estaba más mal y cada día Miguel lo toleraba menos. Muchas veces pasó por su cabeza sacar a Chuy a patadas, echarle a la patrulla, armar un complot con sus otros hermanos para correrlo de una vez. Incluso se le ocurrió matarlo pues ya le debía varias el cabrón. Sin embargo Miguel era una persona noble, racional y de buenos valores, así que prefirió esperar ya sea un milagro ya sea un golpe de suerte.

Pese a las diferencias Miguel se levantaba como de costumbre a las 4 de la mañana y tocaba la puerta del cuarto de su hermano para ofrecerle café. Por lo general contestaba sí o no, si no contestaba era porque estaba con una morra o alguno de los malandrines que acostumbraba meter. Un día como esos Chuy no contestó y como siempre no le pareció extraño. Llegó al trabajo, empezó sus quehaceres hasta llegar las 12.

Durante el cotorreo de la comida uno de los chalanes le comentó algo sobre su hermano que lo dejó quemando cinta. El bato era un morro de la Mártires de Cananea que había conocido a Chuy andando en el vuelo. En su semblante se veía claramente que también era consumidor. Según comentó el chamaco el Chuy se estaba metiendo con gente peligrosa y eso podría acarrearle problemas por ser su hermano. Preguntó Miguel quién era esa gente y al escuchar sus nombres se dio cuenta que el carnal la tenía tan caliente que estaba a punto de quemarlo a él con toda su familia.

Al llegar a del trabajo quiso encarar al Chuy, preguntó a Chela donde andaba, ella aclaró no haberlo visto en todo el día. Con brutalidad tumbó la puerta de su guarida y una vez adentro se quedó frio, inmóvil, con la mirada petrificada, fija en el cuerpo colgado de su carnalito. La policía argumentó que se trataba de un suicidio, se había colgado con unas agujetas de uno de los barrotes del cuarto de cartón. Miguel nunca les habló de los movimientos de su hermano.

Hasta la fecha Miguel jura que la muerte de su carnal no se trató de un suicidio. Que el bato se había metido en broncas por una vieja, o por drogas, pudo haber sido cualquiera de las dos. Pero que no cree lo del suicido pues Jesús era vicioso y todo, pero no era ese su tipo de locura. Después de la tragedia Miguel decidió salir de ahí con su familia. Tenía un colchonsito de 50 mil pesos y consiguió un préstamo para juntar los 60 mil que le pedían para el adelanto de la casa que se había propuesto conseguir.

Al llegar a la colonia a ver las casas nuevas se sorprendió al igual que su mujer, era el mismo  pedazo de tierra del que los habían desalojado hace tiempo. Ese pedazo de tierra, ¡tantas penurias por un pedazo de tierra! Ahora su casa se encuentra a unas cuadras de donde habían levantado el jacalito que yace ahora bajo las banquetas, bardas y viviendas de interés social. Lo que pasó aquel día también fue derrumbado por las retroexcavadoras y sepultado bajo el concreto, sin embargo, en la memoria de Miguel, el recuerdo aquel se mantiene intacto, casi tanto como el rostro hinchado del Chuy, su carnalito.

 

2 Responses to Paredes de cartón

Leave a reply