Pan de la noche

 

L. Carlos Sánchez

La poesía es un tambor batiente. Una daga que desolla las entrañas y las germina en el papel.

La poesía lo toma del cuello, le arranca los ojos, y le hace ver la vida desde el instinto, vivirla incluso, desde la crueldad, el dolor y la nostalgia que es melancolía.

Para Ibán de León el más trascendente acontecimiento de los días a su paso, está en la muerte. La muerte que implican las balas y el cáncer. La muerte que reposa sobre una cama. La muerte que se prolonga en una sala de hospital donde sus ojos conviven con la más catártica desolación.

La muerte en la plaza, ese lugar del barullo que a la postre se convierte en un término de guerra donde mueren los del bando contrario.

Ibán de León, en su poemario Pan de la noche (Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2018), desarrolla también los días a manera de informe hacia su madre, y le cuenta los miedos que son horror, los infortunios de cuerpos inertes al paso de su mirada.

-Tengo miedo, mamá. / Afuera están las voces. / Perros sin cuerpo le ladran al asfalto que va y desaparece.

De lo urbano a lo rural. El tráfico que es metáfora, el sol que se levanta para encontrar la vida ya sin vida. Otra vez.

La historia sobre la mesa. La familia que vive del pan que dan las manos de la madre. El acto supremo del amor al salir a la calle y ofertar la paciencia y el empeño, para luego regresar a besar con miradas y calor el nombre de los hijos.

La biografía vista no desde los ojos del poeta, de la memoria sí, el desaliento, los confines del tiempo donde la voz madre se desvanece en el dolor de una cama de hospital, con la más alta temperatura a la que el médico le construye un dictamen arbitrario e indiferente: Es normal.

Tiene rabia y ternura. La prosa en crónica que es poesía y describe los más certeros resquebrajamientos del alma:

Hay un viaje:

Tus hijas lloran. Se acercan a la caja, te hablan, como si detrás del vidrio pudieras escuchar. Huele a tierra sacada de la tierra, húmeda. A tierra que cae y al final sobresale encima de sus límites formando un montoncito al que le dicen tumba. Alguien pone la cruz. Luego traen las flores que han empezado a marchitarse. Rezan. Encienden velas cuyas llamas apenas se distinguen bajo la caridad abrumadora de domingo.

La pala que se clava en la tierra. El último resquicio de luz que enciende el impulso por la construcción de esta ofrenda en verso y en prosa: al origen. La angostura de la que el poeta emana y desde la palabra observa cómo se le escapa la vida a ese ser que desde su último hálito se hospeda en medio de su pecho. Para siempre.

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