Palabras de perro, un libro para leer al azar

L. Carlos Sánchez

La fantasía nos describe la desgracia. Un perro que repudia la crueldad. En palabras. Chinguen a su madre, hijos de puta.

No obstante la muerte implacable llegará al animal. Porque el hombre todo poderoso hala del gatillo, o da de garrotes, o simplemente asfixia con monóxido de carbono, lo que le perturba. Incluso con una inyección letal.

Héctor Palacios, concreto y conciso, hilvana sus minificciones con pulcro desparpajo, midiendo cada una de las oraciones. Sin guardarse nada en su universo de palabras que nos abren las pupilas y de ahí un canal de sensación agridulce nos recorre hacia el pecho, hacia el vientre. Nomás al ir leyendo.

Palabras de perro es el título del volumen que circula bajo el sello de Esqualo Ediciones, dentro de la colección Serie Elefante. Un libro de manufactura ergonómica, de formato que se deja querer en la sensación del tacto. Y su contenido un disparo siempre punzante. Irrita la barriga cada una de sus historias. Inevitable también una sonrisa de complicidad. O desprecio bajo disfraz.

Porque cuando no es la risa, es la desolación. El humor bien desenvuelto, los párrafos exactos para reseñar los conflictos cotidianos, esos que trascienden desde la aparente fútil existencia de un control de televisión, o bien la hora precisa en el que un campeonato de futbol representa desgracia para uno de los integrantes de una pareja. Porque hacer el amor debería ser prioridad, y no el grito desaforado en la pantalla, la consecuencia del fanatismo que también aturde.

Al tomar el ejemplar en sus manos, el lector tendrá la oportunidad preciosa de acudir a las páginas como un volado de libre albedrío. Entonces mientras los dedos abren como una caricia metafórica, los sucesos más inesperados lo llevarán de la mano a la emoción de un pasaje bíblico, o bien a la butaca de una arena de lucha libre donde los cuerpos son más que sugerencia de maromas y tinglados antes previstos por los protagonistas.

Quiero decir que para leer Palabras de perro, no es necesario ir del inicio hacia el final. La consagración de los minicuentos o cuentos enormes, habita en cada una de las páginas que los contienen. Porque la fortaleza de las ideas, porque el atino de la estructura, no está peleado con la concreción y por eso la libertad del lector juega o jugará un papel preponderante en la lectura. Anímese, apreciable espectador, la mesa está servida.

Yo, por ejemplo, advertí la posibilidad del juego, en un volado que significa el azar de manos en las hojas, abrí de imprevisto el libro. Caí justo allí, una y otra vez, la lectura por demás conmovedora, emocionante, qué suerte la mía, me repetía a cada ocasión que leía la misma historia.

Debe ser porque me encontré en la edad del personaje. Quizá sea que la cerradura de la puerta del closet me guiñó el ojo. Qué suerte la mía, me dije, y me he vuelto a decir.

Página par: la veintiocho. La cita a la que acudo antes de dormir y al despertar otra vez. Permanencia voluntaria es el título del cuento. Y acato.

Cáiganle, antes de que la abulia nos sorprenda con la mano en esa bolsa rota del pantalón.

Leave a reply