Olor a tierra


Heriberto Duarte
Las paladas de tierra seca saltan desde un agujero en el suelo. Una tras otra. Se acumulan y se hacen pequeñas montañas de polvo y terrones. Dentro del hoyo, Efraín encaja la pala con la fuerza de su pierna y echa más tierra hacia afuera yendo cada vez más hondo, bajo el sol ciego del mes de julio.  Se limpia con el brazo el sudor que se le acumula en la frente y los chorros corren entre sus pecas, de tantos años vividos. Sale del agujero en el que lleva una semana cavando para tomar un poco de agua. Con una taza de peltre, pecosa como la piel de sus manos y brazos, coge un poco y bebe. Bebe un trago gordo que se le sale por las comisuras y baja por su cuello hasta su pecho y le moja la camisa. Se toma un respiro y ve en el horizonte volar dos zopilotes.
Está cavando el espacio exacto para Felipa, la última vaca que se le murió de calor. Hacía meses que ni leche daba. Que ni gracia tenía, ya la pobre Felipa no hacía ni Mu. A medida que Efraín cavaba la tumba, las moscas se le hacían multitud a la carne muerta del animal. El olor se le metía por la nariz y le enchilaba los ojos. Pero cavaba. Seguía cavando y se limpiaba el sudor otra vez y las gotas que chorreaba se evaporaban en el fondo de la tumba.
La siguiente mañana se despertó y una nube vino casi por sorpresa a posarse sobre su cabeza, en el cielo. Una sola nube azulona y descarriada. Efraín la observó y la ignoró de inmediato y después de chasquear los dientes murmuró un “ya pa qué”. Entonces la nube pegó un tronido. Efraín agarró la pala y siguió con la labor de escarbar el sepulcro. Apenas pegó un par de paladas y la nube empezó a escupir sobre su cuerpo, sobre la tumba, sobre la vaca. El hombre se quitó la camisa y suspiró mirando al cielo, suplicando más. Abrió la boca para sentir las gotas en su cara. Abrió los brazos para sentir el agua en su pecho. Se quitó las botas para sentir el lodo entre los dedos. Apenas se le refrescaron las plantas de sus quebrados pies, la nube volvió a irse. Volvieron entonces las moscas sobre la carne apestosa y húmeda de Felipa. A Efraín se le metió ese olor en los pulmones de animal muerto. Y con el calor recién nacido de la evaporación, volvió a agarrar su pala.

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