Oliverio, el otro perro muerto de Abigael Bohórquez

Heriberto Duarte Rosas

Llanto por la muerte de un perro, Fe de bautismo (1960) es sin duda y sin temor a equivocarme el poema más leído de Abigael Bohórquez. El más famoso y a bien, un doloroso y luminoso canto.

A mis ojos llegó en el último año de la preparatoria. En la página de poetas sonorenses del libro de Taller de Lectura y Redacción editado por el Colegio de Bachilleres del estado de Sonora: Cobach. Abigael y Alonso Vidal en dos poemas, una sola página en una sola clase, leída en colectivo de filita en filita en el salón más alejado del plantel Huatabampo.

En voz de Abigael Bohórquez:

https://www.youtube.com/watch?v=ABYSydJb1cY

Hoy me dispongo a escribir sobre Oliverio. Un poema aparecido en Poesía en Limpio (1991). Que iré soltando en fragmentos.

Todo se te dispuso.

Al levantar el día

permaneciste echado dentro de la casa:

tú que nunca podías estar ahí.

Tu lugar era el patio.

 Me gusta pensar en estos dos poemas del grandísimo de la Heroica Caborca, como en un disco. El primer llanto en Lado A. Desde la lejanía, las letras de su madre y un perro que siendo perro no mordía. Un duelo ausente de la tierra que lo entierra.

Pero hay veces

en las que uno se duele extrañamente,

se compara entresolas entreherido contigo

porque la vida, el amor,

sobre todo el amor,

lo tiende a uno como perro a la sombra,

olvidado, sin dueño, ajeno al corazón desamorado,

y decimos: te invito, perro, pues,

lo tibio de la casa

para que compartamos miseria.

Oliverio en Lado B del disco. Viene a ser una contraparte muy cercana de la partida, el poeta en los últimos gemidos del amigo, parado sobre la tierra que cubre al perro después de una vida correteando en el barrio.

Yo te dejé

amantísimo y manso,

asistiendo el quehacer de un recuerdo de nadie,

mirándome

como seguramente -el mundo está mal hecho-

olfatean los perros de la soledad;

gemías, ahora sé por qué tu corazón en vuelo,

indescifrablemente me decías: por tu herida respiro,

y de pronto ya no estabas,

como no está el amor,

como que estás a unos pasos de mí bajo la tierra,

bajo agosto veintitrés,

cuando te extraño,

soledoramente,

amigo.

Hay también en Oliverio, una certeza de la muerte de perro. Se vive. La vive el poeta y la decora con todo el amor que un perro merece y todo el amor que podemos merecer como humanos. Y toda la tristeza que conlleva. Sin embargo en Llanto por la muerte de un perro, tenemos esta incertidumbre de la sangre, del no saber. Y sufrir también la duda. Pero después el olvido. Porque todo se olvida, escribe Abigael.

Todo estaba dispuesto;

comiste de mi mano -la tarde se hizo clara-

y así como los pobres perros

hechos de mansedumbre adentro, fedelímpidos,

que nadie -ay- entiende,

te dio garrote infame el vecindario,

porque, según, ladrabas.

Yo te olvidé porque todo se olvida,

cuando a uno también lo han olvidado

aquellas manos,

aquella voz a la que uno fue como una perra,

y te fuiste a morir

el mismo día

en que mi amor me dio serena muerte cruenta,

como creo que a ti te la aplicaron

la tribu que no entiendo por qué

hubo de ser así el amor,

tu muerte.

Es un acto de faquir escuchar a los Yonic’s con el corazón roto. Lo es también  leer estos dos poemas de Bohórquez después de la partida de una mascota. Que se llevan en el último ladrido, todo el amor de ve por la pelota, de no muerdas el sillón, de no sé a qué le ladras.

A pesar de los años que separan al primer poema del segundo perro muerto, hay una labor en la pluma de Abigael para elevar el dolor más allá de la relación perro-humano. En el primero con un lanza filosa contra el cacicazgo que mordía. En Oliverio leemos y casi por cábala a un vate con el corazón podrido de amor, de un amor que ya no más y que se olvida bajo el aguacero.

Te enterramos de prisa, bajo el aguacero,

como debe enterrarse lo que se ama

para olvidarlo menos de alguna vez,

Oli, mi perro;

al menos esta noche no ladrarás

y la casa, tu casa,

estará tan desvalida

como mi corazón.

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