No tenemos nada qué hacer arriba de un escenario si no es para provocar algo en el espectador

L. Carlos Sánchez

Fue entonces que supo que algo andaba mal. Que no estaba dando el cien.

César Enríquez, actor, dramaturgo, director, indaga en la memoria. Vuelve a los años de universidad. Extrae de la chistera los días de libros y cuadernos, de cuando estudiaba Ciencias Políticas, carrera que también le apasiona.

Cuando supo que no daba el cien en esa carrera, decidió estudiar teatro.

César desde su semblante construye un currículum de humildad. El desparpajo que es anti pretensión manifiesta que la mente no requiere de ornamentas ni poses de camisas de marca.

Después de estudiar la carrera de teatro, se dedicó a hacer cabaret. Eso desde hace diez años y a la fecha. Aquí sí, todo va bien.

En el camerino del Teatro de la Ciudad, donde se presenta hoy con su propuesta escénica La Pretty Gouman, en marco de la Muestra Estatal de Teatro Sonora 2018, César atiende la conversación. Con esas postales tatuadas sobre su cuerpo, la mirada de niño definitivo, la camiseta sin mangas, el pantalón corto y la claridad en sus palabras.

El teatro cabaret, dice César, le permite compaginar sus dos pasiones: la historia, desde la ciencia política, y el teatro.

–¿Por eso eliges el género de cabaret?

–Sí. Llegué de alguna manera no pensando incluso en eso, porque en las escuelas de teatro no existe esa materia, salvo ahora en la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT), en la Ciudad de México, donde sí existe la materia de cabaret. Pero no existía, yo llegué a este género por azares del destino, empecé a conjuntar el teatro con la música y con temas políticos sociales, de repente alguien lo vio y dijo esto es cabaret.

Empecé a investigar y vi que había dos grupos de teatro cabaret en la Ciudad de México y empecé a verlo, me llamó la atención y empecé a hacer una línea de trabajo, me comenzó a ir muy bien y luego ya he sido becario en tres ocasiones por parte del FONCA, como creador, actor y creador de cabaret, en Bellas Artes. Empezaron a llegar reconocimientos importantes y dije: creo que algo bueno estoy haciendo. Y ahora estoy considerado como una de las figuras más importantes del cabaret en México.

–Cuéntanos de la dramaturgia de La Pretty Gouman.

–Yo no me consideraba totalmente dramaturgo. El Cabaret es autogestivo, es un género que se compone de la farsa, del teatro didáctico, que tiene tintes políticos disidentes, que usa la música, el canto, el baile, todas estas cosas como herramientas. En el cabaret tú te escribes, te produces y diriges. De repente empezó a suceder que a partir de mi espectáculo Eunucos castratis y cobardis con el cual vine al festival de monólogos a Hermosillo, con ese trabajo me fue muy bien y entonces la gente me empezó a tomar en cuenta como dramaturgo, es muy bonito texto, profundo. Después escribí otra obra que se llama Petunia sola en Sanborns, sobre el desamor, trata sobre una mesera divertidísima, y luego escribí La Pretty Gouman, lo que traigo ahora y que ha tenido mucha aceptación, es un gran espectáculo, dicen que es una gran dramaturgia.

Creo que muchas veces he llegado de manera empírica, sí he estudiado: con Toño Zúñiga en Argentina estudié dramaturgia; estudié voz en Nueva York. Me he preparado por muchos lados pero siempre me he considerado un artista, no sé si llamarlo humilde, un artista que se ha ido formando poco a poco y eso me ha dado esto. Ahora ya me llaman dramaturgo pero todavía para mí es un poco raro, pero mis dos más recientes proyectos gustan mucho por su dramaturgia.

–En la propuesta escénica, independientemente del género, te estableces algunas premisas: ¿cuáles son?

–Primero que nada, en este caso, es sacudir al espectador. Creo que no tenemos nada qué hacer arriba de un escenario si no es para provocar algo en el espectador. Mi escuela me enseñó… estudié con el maestro Margules, soy de las últimas generaciones de Ludwik, yo entré con él sin saber exactamente lo que era Ludwik y me di cuenta que era un monstruo del teatro en México, y mi escuela me enseñó a trabajar con el dolor, entonces casi no veíamos comedias, veíamos más realismo, de repente salgo y empiezo a hacer comedia, a hacer otras cosas, pero mi comedia está dotada de toda esta cuestión dolorosa y profunda. Creo que eso es lo que hago, desde un escenario, sacudir al espectador. Creo que nunca hago una búsqueda de conciencia, pero sí creo que mi teatro aparte de buscar sacudir al espectador, algo que busca es tejer una mejor sociedad civil.

Busco que a través del teatro el público logre entender que para ser mejores tenemos que ser equitativos, igualitarios, tejer una mejor sociedad respetando los derechos de todos.

–¿El teatro nos puede acercar a eso, por qué?

–Por eso, porque siento que es una manera… creo que la risa se puede convertir en un arma vital, más allá de que estamos plagados de risa cómoda, de risa homofóbica, de risa misógina, risa violenta, risa que lastima al jodido, entonces a través de este género creo que algo que hacemos es que somos una especie de activistas, trabajamos a través de empoderar a los grupos minoritarios, que ya no son minoritarios, ya ni siquiera se les dice así, a gente que te repito le ha sido violentado su derecho humano y sobre todo algo que me he propuesto en mis espectáculos es el darle voz a quienes se la han arrebatado. Esa es una de mis premisas, uno de mis fines. Darles voz a quienes se la han arrebatado, y gritarlo, ladrar desde un escenario. Siempre a través de la risa, el público viene y siempre se divierte, desde la escena uno hasta la escena final. Pero de repente es risa dolorosa, risa que dices auuuu.

Acabo de dar una función en Tlaxcala, mi obra parte y nace desde allí, porque el personaje sufre abuso y sufre trata, y allí era terrible ver cómo la gente misma de Tlaxcala sabe lo que sufre su gente, le duele, y en la función se vivían momentos que no eran risibles para ellos, eran momentos que los veías dolidos, afectados. Al final aplaudieron de pie, un aplauso largo que también es para todas esas mujeres que han sido vendidas, para esas mujeres que han sido asesinadas.

–Me llama la atención la contraposición entre el dolor y la risa, dos términos que utilizas arriba del escenario. ¿Cómo logras que el dolor sea un camino para llegar a la risa?

–Justo creo que es la pregunta mágica. No te podría yo decir, creo que una de mis herramientas es trabajar con lo que me duele personalmente, trabajar con mis historias como creador, creo que para eso somos los creadores, aunque cierto, el público no paga por venir a ver las historias de César Enríquez, el público paga por venir a ver una ficción, pero esta ficción que escribí está dotada de mis historias, entonces yo he sufrido discriminación, ese tipo de abuso, me han discriminado por mi tono de piel, hoy en la mañana me acaban de decir en el hotel que no puedo desayunar con esta camisa porque puedo contaminar los alimentos, esa fue la excusa. Es todo el tiempo estar trabajando y eso es risible para mí, es doloroso llegar a una alfombra roja (estuve en una obra de Broadway) y al presentarme una persona llegó y me dijo: Oye, los técnicos van de aquel lado, tu fenotipo me dice que tú no puedes ser estelar de una obra de Broadway, tú debes ser el técnico o el barrendero. Al principio es doloroso, se te enchina la piel del coraje, respiras y dices: no, no señor, soy uno de los estelares, mi trabajo me costó, me costó doce audiciones, me costó viajes. Sí soy uno de los estelares. Entras y después cuando escribes eso, que obviamente me sale entre lágrimas, y me digo que doloroso es esto, y luego digo cómo lo hago comedia, cómo hago que el público se divierta. Creo que es por ahí, no te puedo decir exactamente cómo lo hago pero es un proceso donde me evidencio y donde evidencio mi dolor.

 

 

 

 

 

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