Nicolás Ferraro, un escritor más allá de la tradición, el esnobismo y el marketing. 

Luis Álvarez Beltrán 

 

Entrevista a Nicolás Ferraro, autor argentino invitado a la II Feria Internacional del Libro del Desierto FILDEC Caborca 2020. Los siguientes tópicos forman parte de la difusión de su evento de presentación del libro Cruz, novela finalista del prestigioso Premio Dashiell Hammett de Novela Negra de la Semana de Gijón, edición 2018.  

 Entrevista: 

1.- Nicolás: Cruz es una novela acerca de la familia, sobre la fuerza de la sangre y los lazos indisociables a ese árbol de carne, nervios y memorias al que pertenecemos  cada uno de nosotros; pero en tu obra llevados a un extremo violento, como lo descubrirá el lector, en estos tiempos de la posmodernidad en que la familia ya no es lo mismo que en el siglo pasado.  

¿Qué grado o peso le otorgas al factor familiar en tu novela y, a nivel cultural en Argentina, qué está pasando con la familia como unidad básica del tejido social e institución humana? 

En la novela, la defensa de la familia es la ley primera. Y única. La familia es la institución que debe respetarse por encima de cualquier otra. Como vos bien decís, se lleva a un extremo este concepto de que uno haría todo por los suyos. Y acá ese “todo” abarca demasiado. No es ayudarlo en una mudanza o bancar al hermano separado durmiendo en tu casa.  

Me interesaba empezar a cuestionar por qué uno debería hacer todo por la familia. Es una de esas máximas que uno acepta, digiere, sin siquiera masticar. Si bien esto es una lectura / pregunta que se me aparece después de haberla concluido, veo que toda la primera parte de la novela es una duda o búsqueda de escape de esa obligación de parte del protagonista, para ver si encuentra un resquicio legal/familiar que lo libere de tener que hacer lo que tiene que hacer. Quizás algún día escriba una versión Anti—Cruz.  

Aunque también es posible otra lectura o vuelta de tuerca: que esa deuda que el protagonista debe saldar no sea con la familia, sino consigo mismo. Eso lo completará cada lector. 

Respecto a la familia en Argentina, dar una respuesta sería pecar de conocedor de una materia que me es ajena —en profundidad— como para andar convirtiéndome en un ejemplo del “hablemos sin saber” y hablar a la ligera. Lo que sí puedo decir, que al igual que en grandes partes del mundo, es que en aquellos lugares donde el Estado no llega o lo hace de manera tibia, la familia es la institución que lo reemplaza. Para bien o para mal. Esto se suele ver en el terreno de la ficción en las historias de corte rural, donde el individualismo de las ciudades es reemplazado por el tejido social de la familia, que puede actuar como contención o como todo lo contrario.  

 

2.- El género o subgénero de la novela negra, en una vertiente al menos, echa mano de la realidad social y de fenómenos puntuales que hacen pensar en esa famosa frase de que la realidad supera a la ficción y, por lo tanto, que no hay mejor materia prima que la realidad misma para hacer literatura: 

¿Te parece que tu novela Cruz es un libro comprometido socialmente o tus motivos provienen de una aspiración artística de hacer ficción a partir de elementos ricos o sustanciosos en términos de la literatura misma, es decir, una historia irresistible de contar? 

Se ha dicho tantas veces que la novela negra es la novela social por excelencia que esa frase se convirtió en un sello que ponen en gran parte de las contratapas. Eso y alguna frase de Stephen King o James Ellroy —que me imagino tiene también ya su sello, que me hacen acordar a esos muñecos que teníamos cuando éramos chicos que venían con tres frases pre grabadas—. Aunque, claro, las blurbs de King o Ellroy sirven, despiertan la curiosidad. Lo otro, a mi entender, más allá de que es claro que la novela negra es una novela social, no deja de ser una frase para defenderla de sus críticos o ponerle una corona que la habilite a entrar a charlar con la alta literatura. Y la verdad es que nadie que desprecie la novela negra o la novela policial va a leerla aunque le digan que tiene la cura para el cáncer. El esnobismo es inmune mientras que no baje sus defensas. 

Mis novelas parten del deseo de contar una historia, de ese tándem simbiótico de personaje—plot, con sus problemas, sus motivaciones y acciones y reacciones. Le soy fiel a eso. Obviamente, si esa historia involucra el crimen, de manera consciente o inconsciente estaremos hablando de ley y de justicia, de las instituciones que tienen que impartirlas, aunque sea por omisión. Una novela que habla de justicia por mano propia —no digo que sea Cruz el caso—, aunque no mencione a la policía, hablará tácitamente del estado de la justicia. Mismo si hablamos de narcotráfico es inevitable tocar ciertos temas. Pero ese abordaje viene de la mano de ser funcional a la historia y volverla verosímil. 

Una novela que parte del tema o de la intención es una novela que, muy probablemente, termina por convertirse en un panfleto o se desmoronará por no haber pensado antes en lo básico: cuál es la historia y a quién le pasa. 

 

3.- Hay novelas célebres como La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, más recientemente Abril Rojo, de Santiago Roncagliolo, La procesión infinita de Diego Trelles Paz y otras novelas de autores mexicanos, chilenos y de toda Latinoamérica que lo mismo siguen una tradición iniciada desde mediados del siglo pasado que hacen pensar en el carácter inherente de lo social en la narrativa de nuestra región, y por otra parte hay otros que intentan desmarcarse de esa tradición: 

¿En cuál de los dos territorios te gusta ubicarte, dónde se encuentra en este tiempo la novela sudamericana respecto de sus grandes temas, y qué es para ti lo más fascinante de ser un novelista en esta época en una región como Sudamérica? 

Mi aproximación a la literatura y posteriormente a la escritura viene de un total desconocimiento de tradiciones o cánones. Viene de apasionarme por una historia, la de un videojuego —Max Payne—, y quedar atrapado por el pulso y el ritmo que tenía. Y pasarla bien. Con lo cual la idea de tradición no entraba en mi concepción. Era alguien —y lo sigo siendo— que quería contar una historia para divertirme —y pensarme— a mí mismo, porque no creía que alguien lo fuera a leer, salvo quizás, uno o dos amigos.  

Hoy puedo pensar en que alguien más me va a leer, por haber tenido la suerte de poder publicar, aunque todavía no llegué al punto de tener la seguridad de que aquello que escribo va a encontrar alguien que lo quiera publicar. Entonces la escritura sigue siendo algo para mí o una versión de mí. 

Los grandes temas, como te decía arriba, no sirven de nada si la historia y el personaje que queremos contar se encuentra tapado por titulares; y los titulares son estadísticas. Nadie llora o se emociona con una estadística. Ni la pasa bien.  

Más allá que entiendo al punto que vas, y si las obras que mencionás triunfan, es por su historia y sus personajes. El “gran tema” es una cuestión muchas veces de marketing, queda lindo para el título de una entrevista. “Quise contar los horrores del narcotráfico”. Además, la gente que lee es una minoría. Hoy nos manejamos por news y fake news que crean su propia realidad, aunque no tengan un puto gramo de verdad. 

Los grandes temas encuentran la manera de colarse en el relato, funcionan como marco en el que se mueven los personajes, de eso no hay duda, ya sea el desamparo que se siente ante la falta de justicia, la pobreza, el narcotráfico, el que vos quieras. Van a decantar en una segunda o tercera capa de la historia.  

Respecto a lo fascinante de ser un novelista ahora mismo en Latinoamérica…esa está difícil. Quizás lo mejor y lo peor al mismo tiempo es que nadie está esperando nada y que no se puede vivir ni de cerca de escribir, así que no hay presión comercial como puede haber en otros mercados para que escribas de tal manera o “hollywoodices” la historia, que tengas que ser políticamente correcto porque no queremos ofender a nadie porque hay que vender libros, amigo. Hay una libertad a la hora de sentarse a escribir. 

4.- ¿Hay una herencia de la dictadura en tu personal imaginario respecto de tu propio país? ¿Cuáles son las sombras que aun adviertes en la sociedad y en la cultura argentina derivados de esa herencia? ¿Está en tu obra alguna sombra de la dictadura? 

En mi obra la dictadura está de la misma manera que está el menemismo, el 2001, el peronismo. Creo que sólo en los parciales a la hora de rendir una materia podemos hablar de hechos aislados de la historia. Hablemos del 2001, bueno, la caída del gobierno De La Rúa empieza con la instalación del corralito. Claro, pero eso de dónde vino. Y…de las medidas del menemismo. Ajá. Y qué pasa con el Plan Cóndor. Etc.  

No abordo directamente el tema de la Dictadura, más allá de mencionar algún personaje que trabajo para las fuerzas en esos años, pero estamos lidiando con las consecuencias hasta el día de hoy. Hubo un estado de bienestar que fue interrumpido y no se pudo recuperar. Mismo en lo cotidiano. El temor, la represión, la auto represión. El Estado dejó de cumplir el rol de garante de la seguridad en la Dictadura y todavía estamos intentando reponernos. Nadie escribe acerca de un policía que espera que resuelva un caso en Argentina —y podemos hacerlo extensivo en gran parte de Latinoamérica— porque la policía está metida en esa corrupción, sea narco, sea lavado de dinero, sea dejar crímenes impunes, etc. Desde el momento en que uno tiene lidiar con alguien que dice “que vuelvan los milicos” o “estábamos mejor con las botas” es evidente que aún ese espíritu sigue presente. No lidiamos solo con sus fantasmas o temores, sino aún con sus consecuencias.  

 

5.- Hay algunas sentencias, es decir frases, dentro de tu novela Cruz, que a pesar de provenir de personajes que pueden ser considerados lacras o desechos sociales, son auténticas filosofías de vida que frecuentemente sorprenden al lector respecto a cierta integridad, cifrada en principios, valores, escrúpulos, que se practica aun en el mundo de la delincuencia y que te pone en la disyuntiva de simpatizar o de estar de acuerdo con un criminal, ser empático, justificarlo… 

¿Esta paradoja la atribuyes a que, efectivamente, se pueden leer códigos de integridad en el crimen organizado, o asistimos en tu novela a una dilucidación de que, en los países de nuestra región, la podredumbre no está en la base sino en los palacios del poder?  

La podredumbre empieza arriba y va permeando todo; la diferencia es que uno no puede saber quién es ese gran poder que se lleva millones de dólares, o se los fuga, entonces se las termina agarrando con el tipo que le roba el celular, porque es lo que tiene a mano, y porque desde arriba te quieren convencer de que ese tipo es el problema, mientras se llenan las cuentas. 

Los códigos siempre me interesaron, casi te diría que es uno de los temas que toco en todos los libros. Y siguiendo con tu pregunta anterior, podríamos decir que ese es el gran tema de lo que vengo tratando de escribir. Entiendo el género negro muchas veces como la historia de alguien que trata de tener una postura moral y unos valores en un mundo que lo único que hacen es intentar arrancárselos. Son historias de una moral puesta a prueba. De demostrar si eso que siempre te llenaste la boca hablando, era verdad, o solo un verso. Sí, la familia es todo. Ok, andá y demostralo. Esa es la apuesta de los libros.  

Yo no pretendo que el lector esté necesariamente con tal o cual personajes, esto no es de buenos o malos, sino que los entiendan, los comprendan. Ponerlo, como vos decís, en una disyuntiva. Y creo que eso se nota mejor en el personaje del padre de Tomás Cruz, del cual, para no hacer spoilers, prefiero no ahondar en eso.  

Yo no sé si los códigos están en extinción, si uno escucha a las otras generaciones pensaría que sí, pero también es algo que se debe venir sintiendo desde que el mundo es mundo. Digo, tenemos la traición de Judas. Y uno podría imaginar que los apóstoles dirían: viste la que le hizo Judas a Jesús, eso no se hace, hermano. Estamos cada vez peor.  

A modo de postdata, creo que el flagelo de las drogas hoy hace todo peor, porque ahí no hay código al que le respetes, salvo a esa voz que te dice: conseguí otro pase, otra bolsa, lo que sea y como sea. Y ahí estamos más jugados. 

 

Por último, como hincha que eres del Independiente de Avellaneda y como lector de los grandes escritores de la reciente época y del siglo pasado…  a la usanza que parece hacer famosa a Argentina y como una especie de condimentación de esta entrevista, pensando en un regalo para nuestros lectores: 

¿Hay que ser cortazariano o borgiano necesariamente o se puede ser ambos? ¿Se puede ser ambas cosas a la vez? ¿Un amante de las letras o un escritor puede ser no borgiano y no cortazariano o eso significa un crimen imperdonable? 

Si es un crimen imperdonable, ya me hubieran ahorcado. Como decía arriba, mi acercamiento a la escritura y la lectura es azaroso. Estudié diseño gráfico y llegué a los libros por un videojuego. Y si bien no tengo una base o un corpus con el cual poder sostener una teoría de la misma manera que podría hacerlo un estudiante de Letras, al mismo tiempo no me encuentro contaminado por ciertas ideas que se propagan en determinados círculos.  

Cuando yo empecé a leer y a escribir género negro no tenía idea que para ciertas personas podía ser literatura menor o que dijeran “ah, ese”. Mucha gente que supone que hay un detective en mis libros o en este género. O que suponen que esta literatura es inferior a una historia de Juancito conoce chica por Tinder, le cocina una receta que vio por Youtube, tienen sexo mediocre y se aferran el uno al otro por miedo a estar solos. Vamos… 

Por suerte tampoco tenía idea a quién tenía que leer o no. Uno debería leer lo que le gusta y le da placer. Que hay tantos libros y tan poca vida. Leí bastante más a Borges que a Cortázar, y generalmente estas lecturas vinieron más por una necesidad —hacer un trabajo para una materia, escribir un cuento para una antología— y aún no me despertaron ganas de profundizar en su obra. Seguro me estoy perdiendo algo. No lo dudo. Pero de la misma manera puedo argumentar que alguien se está perdiendo algo por no leer a James Crumley, Richard Lange o Sam Shepard. Y no ve a nadie rompiéndose las vestiduras por eso. Siempre creo que uno debería escribir y leer lo que le hace bien a uno. Ya sea una novela que puede encuadrarse en un género o la historia de Juancito y Tinder. Si lo vas a hacer, hazlo por el mero hecho de hacerlo. Y ponerle laburo y sangre. No para impresionar a nadie.  

6.- ¿Diego Armando Maradona o Lionel Messi; y por qué? 

Esta es brava, más que nada porque llegué tarde a Maradona y temprano a Messi. Qué quiero decir. Que la etapa cuando era chico y quería ser futbolista me agarró a mitad de camino entre ambos, y también me duró poco. Mi recuerdo de Maradona no es el gol a los ingleses. Es el Diego del “Me cortaron las piernas”. De un mundial demasiado corto para él, y para Argentina. Yo de chico quería ser Hristo Stoitchkov, ese goleador búlgaro, una suerte de primer acercamiento a esta idea de underdog, también quería ser Gustavo López de Independiente, pero ya de pibe entendí que los ídolos duran poco acá, porque la plata está en otro lado.  

Y Messi siempre es crack. Pero en la selección le terminan faltando dos para el peso, como decimos acá. La llamada Messidependencia termina siendo jodida. 

Maradona / Messi son dos monedas de la misma cara. El Diego nos llevó a la gloria, y Messi no, ni a una Copa América. También la comparación siempre es odiosa para el que vino después. Pero si Messi es el modelo a seguir, el intachable, Maradona es el que saca a los periodistas a tiros, es el falopa, es la crisis, es el noir por excelencia. Messi es el padre de familia, pero también es el que evade impuestos por dos millones de euros, y el crimen de guante blanco nunca importa, ¿o no? 

7.- ¿Se puede ser argentino y no vivir un amor trágico por la selección de futbol? 

Sí, tranquilamente. De hecho, te diría que acá se vive más intenso el futbol local que el de la selección. Se podrá llenar el Obelisco cuando se gane un partido en el mundial o algo por el estilo, pero la sequía de títulos termina atentando de alguna manera contra esa pasión. La gente puede no mirar a la selección, pero te van a mirar el partido del equipo que son hinchas sí o sí. Hay algo más inmediato ahí. De fin de semana. De posibilidad de triunfo o revancha a corto plazo. Tampoco quiero pecar de dar una visión errónea, pero es algo que veo en mis amigos futboleros más cercanos.  

8.- Finalmente: ¿Cuál es tu presente o próximo proyecto y qué significa para ti en términos de tu proceso creativo y con respecto a lo que te dejó, Cruz, una novela que ya se ganó un lugar en la literatura hispanoamericana?    

Primero que nada, te agradezco el cumplido, pero creo que le falta mucho recorrido a Cruz para siquiera empezar a pensarse en esos términos. Me pone contento sí que vaya encontrando sus lectores allá en México, España o Argentina. Es un libro que ya salió hace tres años, y sin embargo, sigue dando vueltas en un mundo donde lo efímero es regla. Es al mismo tiempo un impulso y un desafío de que lo que escriba conserve ese pulso sin repetirse, pero también seguir construyendo un estilo.  

Actualmente estoy tratando de darle forma a un proyecto de novela corta ambientada en la Triple Frontera —una vez más— pero de momento va tomando forma de a poco, ya empecé y dejé varias historias, lo cual es agotador, pero también es saber que intento mejorar página a página y no pongo un piloto automático. 

También intento acompañar la salida de mi último libro, El Cielo Que Nos Queda, que lamentablemente vio la luz —o la tinta— momentos antes de la pandemia, con lo cual su recorrido se vio afectado, y como puedo trato de moverlo, aunque se entiende que estos son tiempos difíciles, pero con la esperanza de que la literatura nos dé un poco de aire.     

9.- Algo más que desees agregar, dirigido a los lectores de la región noroeste de México, una región espejo en su problemática, especialmente en el renglón del narcotráfico, respecto a lo que narras en tu extraordinario libro. 

A los que llegaron hasta acá, gracias por soportar el palabrerío. Y por la compañía.  

Tuve la suerte de poder recorrer diferentes ciudades de México cuando presenté Cruz, pero del noroeste solo llegué a estar en Tijuana, y quedaron ganas de volver y recorrer. Agregaría, a modo de cierre, que lean a los muchachos que andan escribiendo por allá: Juan José Luna, Daniel Salinas Basave, José Salvador Ruiz, Trujillo Muñoz, Carlos René Padilla, Hilario Peña, Alfonso López Corral, y seguro me estoy olvidando alguno, eso es lo malo de armar listas. Léanlos. Si les gustan, recomienden, regalen y compartan.  

¡Y recomiéndeme los que me faltan leer de esa zona! 

 

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