Naufragio

Martín Salas

La historia me la contó un contratista que durante años trabajó para una compañía telefónica nacional, esto en una de las tantas tardes de bohemia que acontecen en los bares del centro de la ciudad. Recuerdo la mirada del hombre fija en uno de los televisores, parecía aterrado con aquella clásica escena en la que Tom Hanks habla con un balón de voleibol. Nunca lo había visto por ahí, no era un parroquiano, parecía más bien un turista buscando algo de distracción. Desde que lo vi me atormentó la curiosidad. Con una turbada expresión mantenía los ojos en la pantalla, como si se viera a sí mismo en tales circunstancias, como si la televisión funcionase como una especie de espejo en el cual él se reflejaba.  Pasado un rato decidí explorar lo que pasaba por sus pupilas y tomé asiento junto a él.

̶ ¿Qué pasa, hombre? Buenas tardes ¿Me permite invitarle algo?

Volteó a verme con extrañeza y respondió:

̶ Qué tal joven, ya iba de salida, pero viendo su buena voluntad no puedo permitirme ser grosero. Échele, échele, muchas gracias—dijo sonriendo.

̶Tom Hanks es uno de los mejores actores que ha dado Hollywood—agregué a la conversación—cualquier personaje le queda a la perfección.

̶ Sí – contestó sonriendo y desinteresado en el rumo que tomaba mi plática.

Luego preguntó:

̶ ¿Se imagina estar tantos años en medio del mar, dejar tu vida a merced de las olas, así nomás, como si fueras un barco de papel?

̶ La verdad no, no puedo imaginarlo, nunca he estado más allá de la costa – le contesté.

̶ Dejar familia, amigos, a tu mujer. Cosas tan básicas como un vaso de agua potable, un baño, un buen plato de comida. Todo. De cierta forma entiendo al personaje pero a la vez me parece algo estúpido lo que lo llevó a estar ahí. Pero entiendo aún más el miedo que expresa el protagonista ante tanta incertidumbre. Porque estar ahí no es más que eso, incertidumbre, una incertidumbre azul que parece nunca terminar.

̶ Por lo que dice y cómo lo dice puedo suponer que ha tenido contacto con una experiencia así– agregué—Dígame ¿por qué le parece estúpido el personaje?

̶ No es el personaje en sí sino sus acciones. Mira que pasar una fecha tan importante trabajando en lugar de estar con los suyos, perdiendo el tiempo en los caprichos de un jefe o una empresa. Qué tontería.

̶ Bueno, supongo que eso usted debe comprenderlo aún más en ese sentido. El personaje podría ser cualquiera de los que estamos aquí, su subsistencia depende de su calidad como empleado.

̶ Sí, es un tipo trabajador. Pero de qué le sirvieron su buen sueldo, sus horas extras, sus bonos de puntualidad, su excelente currículum si al final se quedó sin quien compartirlo. De qué te sirvió todo eso estando en medio de la nada. De qué le sirvió el éxito y la grandeza ante la tiranía de las aguas, de la madre naturaleza.

̶ Pues ya que lo pone así tiene razón ¿Por qué le hace tanto ruido todo esto? ¿Usted se ha visto en la misma situación?

Y fue cuando el ingeniero empezó la anécdota, antes pidió una botella más de cerveza. Por la emoción con la que la contó parecía haberla tenido resguardada dentro del pecho durante mucho tiempo. Al calor del humo de tabaco, los vasos espumosos de alcohol y bajo la grata confianza de un desconocido, el señor dio rienda suelta a su relato íntimo.

“Hace tiempo trabajé en el penal de las Islas Marías, a 112 km de Nayarit, tomábamos el barco de la marina armada en el puerto de Mazatlán. En aquellos días, estamos hablando del 2009, construíamos escuelas y bibliotecas para comunidades aisladas de todo México. Además, hacíamos subestaciones para teléfono e internet. Esta ocasión nos tocó salir a la mar.  Ya lo había hecho años antes, yendo a La Paz, pero no era lo mismo pues estábamos dentro de los límites que impone el Golfo de California. Aquí era adentrarse a mar abierto, pues más allá de esa isla sólo hay eso, mar. Agua y más agua.

Fue un primero de julio, al día siguiente cumpliría años uno de mis hijos. Un grupo de ingenieros y técnicos trepamos en El Maya para continuar con los trabajos que desde tres meses antes veníamos realizando. Familiares de los internos, la mayoría hombres mayores, mujeres y niños formaban también parte de la tripulación. Éramos unos 90 civiles a los que se sumaban alrededor de 30 oficiales de marina y 87 toneladas de provisiones. Siendo de jurisdicción federal, la única manera de entrar a aquella isla es por medio de este barco.

Desde que vimos la nave supimos que no estaba en condiciones, sin embargo, seguimos con el mismo plan. El ARM Maya ATR01, como después lo conocí gracias a la prensa sinaloense, o la “cafetera vieja”̶ como le llamó uno de los muchachos cuando íbamos subiendo ̶   zarpó a las 7 de la tarde con rumbo a las “Islas”. Una vez pasados los controles de seguridad – donde revisan hasta el rincón más profundo de tu alma—tomamos un lugar en la cubierta para pasar la noche y parte de la mañana siguiente.

Nos tocó ver el atardecer con sumo detalle, un atardecer que se impregnó en mi memoria como mugre a la uña, hasta el día de hoy la imagen pervive en mi cabeza como una fotografía. La calma que precedió a la tormenta. Un grupo de delfines pasó frente a nosotros mientras el sol se apagaba y dejaba destellos a su paso. Un instante hipnótico y conmovedor.  En algún punto del desastroso desenlace que vendría tuve la sensación de que sería lo último hermoso que vería.

Para la noche ya todos teníamos nuestro tendido hecho en cubierta. Dos de nosotros se quedaron haciendo guardia mientras los demás intentábamos dormir. La madrugaba sofocaba, el aire era pesado y tibio. Voces a lo lejos y los movimientos de la embarcación entre las olas era lo único que rompía con el silencio. De pronto una explosión, como si un cañón hubiese sido disparado. Me levanté sobresaltado, todos tenían la misma expresión en el rostro. Las madres se aferraban a sus pequeños, los hombres miraban hacia todos lados esperando una respuesta del entorno. Un humo amargo comenzó a esparcirse por la superficie. Pronto se volvió tan espeso que dejamos de vernos las caras. Al fondo una llamarada crecía y crecía.

Se escuchó la imperiosa voz de uno de los oficiales, daba órdenes a los subalternos de desalojar el área. Todos a ponerse el salvavidas y arrojarse al agua. Conté doce balsas inflables que fueron arrojadas al agua, solo nueve sirvieron, y a duras penas. Cuando me llegó el momento de saltar tuve mis dudas, nunca aprendí a nadar, siempre le he tenido respeto al agua, por no decir miedo. Sin embargo, en algún momento de mis cavilaciones sentí una patada en mi espalda baja. Caí y salí a la superficie. Alguien me ayudó a subir a la balsa.

Flotábamos sobre la oscuridad líquida del océano pacífico, cómo olvidarla, y a todo nosotros en medio de ella. Nos cobijaba como huérfanos. Lo único que ahuyentaba la penumbra era cielo estrellado y el buque que navegaba en llamas hacia la nada frente a nosotros. Todas nuestras pertenencias fueron destrozadas por el fuego. Contábamos solo con la ropa que llevábamos puesta y las nueve balsas que más temprano que tarde empezaron a desinflarse. Fue necesario organizarnos entre nosotros para llenarlas a pulmón y así evitar hundirnos.

El acontecimiento se dio a eso de las 2 de la mañana, justo en el momento del siniestro el reloj se congeló. Nadie supo con exactitud la hora en que una pequeña embarcación de la marina llegó y se llevó sólo a los 30 oficiales. Los demás nos quedamos a la intemperie con la esperanza de que volvieran por nosotros. Ahí, varados en la inmensidad, 109 personas; entre hombres, mujeres y niños; nos quedamos esperando el auxilio de una mañana que parecía nunca llegaría.

Estuvimos casi todo un día en esas condiciones, fácil unas 16 horas en alta mar. Siluetas pasaban por debajo de nosotros, muchos pensaron que se trataba de ballenas o peor aún, tiburones. Una niña de ocho años comenzó a presentar síntomas de deshidratación. Mudos, con la vista baja, esperábamos lo que tuviera que venir. Llegó de nuevo el atardecer y con él un grupo de rescate equipado con helicópteros, embarcaciones pequeñas y lanchas de motor. Todos arriba. Cuando llegamos al penal ya era noche.

Llegando al puerto muchos de los internos nos esperaban. Uno de ellos, Joaquín, se hizo muy amigo mío, me recibió con un cambio de ropa limpio. Bebi suero como loco, tomé una ducha y comí. A la mañana siguiente conseguí un celular, el único numero que me sabía de memoria, cosa curiosa, era el de mi hijo; quien probablemente, la noche del naufragio, debió haber estado festejándose. No me inmuté por ello. Cuando me contestó me invadió la risa, necesitaba una voz familiar. Le expliqué lo sucedido y le advertí no le contara a nadie. No quería preocupar a más gente. Ya les explicaría yo después. Lo felicité y le dije que el dos de julio también sería mi cumpleaños, pues sin lugar a dudas volví a nacer. Él se rio conmigo y me dijo que todo estaba bien, que no se preocupara por lo que pasara en casa, todo estaba en orden.”

Terminada su narración el ingeniero dio el último trago a su vaso, me dio una palmada fuerte en la espalda y se levantó.

̶ En verdad gracias por la atención joven, ha sido una charla muy agradable.

̶ Gracias a usted – seguí yo – vaya que estar hablando con un aventurero de verdad todo este tiempo. Esto supera cualquier película de Hollywood.

Soltó una carcajada y se abrió paso entre la masa de personas que aumentaba cada vez más en el lugar. Lo vi salir por la puerta, encender un cigarrillo, luego se perdió en las calles del centro.

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