Nando, al rato te topo

L. Carlos Sánchez

¿Qué habrás querido decirme aquella tarde en la que nos topamos las baisas? Te juro que no supe interpretar. Me dio chingo de gusto que te presentaras y me dijeras que eras hijo del Meño cuando te pedí santo y seña de tu origen. Digo, pos pa’ sacarte aflote, ¿qué no?

De tu hablar sereno y del poco taim de camareo, apenas unos minutos, solo alcancé a registrar tu mirada noble, incluso sumisa. Haz el paro con uno de tus libros, me dijiste. A mí me apantallaron tus gafas y tu gorra. Simón, sí se hace, te respondí antes de que te toparas de nuevo y te marcharas con ese paso generoso que alcancé a divisar cuando ya te encaramabas por el callejón que da al cerro del barrio.

Supe después de tu nombre, Fernando mejor conocido como el Nando o el bocina, que porque siempre te la llevabas con la miusic prendida de tus oídos. Supe más de ti a los días que anduve averiguando a través de las preguntas que uno hace en las redes. Una de tus primas me dio santo y seña de tu perfil de feisbuk, Allí lo puedes encontrar, me dijo cuando le dije que traía bajo el brazo el libro que prometí rolarte.

Pasaron los días o los meses, el tiempo es más efímero que esas rolas que tocan ahora en tu honor.

Nunca te topé de nuevo. Acudía al barrio, subí algunas veces los callejones, le pregunté a uno que otro por ti pero te juro que siempre te me extraviabas. Entonces ya no supe más.

Hasta hace unos días, cuando me topé a la Meche tu tía en una ventana de la compu. De cuete me soltó el corrido. Supe entonces que la muerte se te atravesó de madrugada en la crueldad de un fierro. Porque tú quisiste hacer el paro, porque no la pensase para calmar la furia, pero la rabia torció el camino hacia tu cuerpo. Y se apagó de cruel manera la rola que sonaba desde tu pecho.

Y entonces todos a llorar. Porque así pasa, porque ya la vida nos parece inexplicable cuando se aparece la muerte. Y el Meño se quedó con los brazos vacíos, me dijo la Meche, Porque el Nando era su único hijo.

¿Qué habrás querido decirme aquella tarde en la que nos topamos las baisas? El aura de tu nombre me impactó bien recio. Porque la calma y el interés que me expresaste por la lectura, me conmovió tanto como ha conmovido enterarme de tu deceso.

Qué tal, me cuestiono ahora, que si te hubiera encontrado en esos días y un libro te hubiera abierto otras puertas. Porque entiendo ahora que eso era lo que buscabas: las palabras quizá para iniciar un rumbo hacia otras veredas.

Oras veredas, Nando, porque ya los caminos que pisamos desde morro se han convertido en violencia. Porque no supimos cuándo ni cómo pero el tronido de los cuetes en las velaciones de los chapayecas, parecería ser que es el tronido de cada uno de los nombres de los compas que han caído de imprevisto.

¿Qué habrás querido decirme esa tarde? Me pregunto porque en tus palabras se dibujaba clara la necesidad de conversar. Yo me entusiasmé, pero luego los ojos se me enredaron en los otros temas urgentes, los planes inmediatos, por eso me quedé en silencio cuando miré que partías. Y me quedé quemando cinta. Mañana le traeré el libro a este jomi, me dije.

Pero ya no fue, mi buen Fernando. Al rato seguro que te topo de nuevo, y me cae que así como tú me abordaste yo también te abordaré y te diré toma aquí está. Y leeremos juntos, Nando, esta historia tuya que escribo para ti.

 

Deja un comentario