Mujeres sin cuello

L. Carlos Sánchez

Benditos los que se atreven a mirar la corriente del río. En ellos existe la posibilidad de contemplación, la maravilla de lo que el agua arrastra a su paso. Pero más benditos aún aquellos que se sumergen en la profundidad de la corriente. Y extraen desde allí lo que otros no podemos mirar.

Carlos Iván Córdova, dramaturgo, director, poeta, padece la inevitable sensibilidad de ir al fondo del río. Desde allí traduce en diálogos, locaciones, escenas, lo que la obsesión le dicta.

No cabe en la propuesta de Carlos Iván, la complacencia ni la retórica de filigrana. Mucho menos lo veremos vanagloriarse por su vocación de escribir.

A lo que te truje, y qué bueno.

Mujeres sin cuello es su más reciente puesta en escena (ignoro si a esta dirección le anteceden otras), obra de su autoría, ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo en 2013.

Como un recuento de la memoria, como un juego desde la ficción, su capacidad de explorar lo lleva a sumergirse en los temas por demás profundos. Temas que oferta en diálogos. La mesa está servida y tercera llamada.

¿Cómo es que en un cuerpo diminuto cabe tanta capacidad de perversión? Me preguntaré en el curso de la puesta. Cuando esa mujer carente de extremidades, concentra su inteligencia en la manipulación de quien le lleva el agua a la boca.

A esa mujer que funge como enfermera y quien evidentemente está enferma de desolación.

A todas luces la conversación entre ambos personajes es el ejercicio de un juego perverso que puesto en una frase lo denominamos al gato y al ratón.

De pronto la cotidianidad es un regalo de inocencia. Dicha, expuesta, desde la enfermera, papel que actúa Gabriela Clementina, con una convicción que nos hace creerle hasta el más mínimo movimiento. ¿Cómo hace para transformar esa mirada y ser y estar bien puesta en los zapatos de su personaje?

De pronto las conclusiones para con la situación de la mujer tronco, (en la actuación de Kelly Key) podrían ser una condena y entender que su actitud perversa obedece precisamente a su padecimiento. La rebeldía contra el mundo, contra ella misma. Contra todo lo que se precie de ser humano.

Porque no es poca cosa la dependencia del otro en cada instante de vida.

Al curso de la obra las preguntas se nos revelan. Una y otra vez. Yo por ejemplo intento sumergirme en ese río al que el dramaturgo accede. Intento explorar los por qué de sus obsesiones. ¿Qué le tocó mirar cuando niño?

Escribir, supongo, es un acto también de sanación, de dejar ir o compartir las tormentas interiores.

La manera en que Carlos Iván Córdova lo hace, me parece plausible, agradecible, porque con su propuesta de Mujeres sin cuello, nos convoca a la reflexión no solo al mostrarnos esos otros mundos cotidianos que por una u otra causa nos han sido ajenos, reflexionamos también ante la construcción cuasi impecable de los personajes que aprehendemos en escena. Los aprehendemos porque luego de oscuro final nos los llevamos dentro.

Las preguntas una y otra vez. La vulnerabilidad, el abuso, la manipulación: ¿Tendrá revés en algún tiempo, en la vida?

Esta puesta rubrica que si la pasión existe, el arte estará ante nuestra mirada una y otra vez. Porque parecería que los recursos para ejercerlo están allí, dentro de una casa que se transforma en espacio para el teatro. De lo otro, lo que nadie vemos, las vicisitudes y contratiempos, parecerían desaparecer cuando el acto se consuma en ese encuentro entre actrices y espectadores.

Cuatro paredes, algunas sillas, la utilería minimalista que también genera reacción de desconcierto, incomodidad. Las prótesis como una colección de las deficiencias del cuerpo, la postal de que la vida nos parió inconclusos.

 

 

 

 

 

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