Morir en verano

Luis Álvarez Beltrán

Hoy, entre nubes de aire invisible y un calor pertinaz que calaba en mis venas, sufrí otra de esas derrotas mías de todos los días: La reiteración de mi mediocridad, el desperdicio de mis dones si es que acaso los tuve alguna vez; pero en otro frente de la realidad, lateral, inmediato, una muchacha perdió a su papá y no solamente no lo volverá a ver, sino que tampoco lo volvió a mirar en sus últimos días. Ahora no puede vivir sin él y esas son el tipo de cosas sin solución que convierten a la vida en un espacio opaco, sombrío, enloquecedor.

                Hoy caminé bajo el sol sin ninguna esperanza de felicidad y el calor de sus rayos lastimaba mi rostro, golpeaba mi cabeza y no me di cuenta de haber pasado por el mismo sitio, el exacto punto, donde un vagabundo fue acribillado a balazos el miércoles pasado, a la misma hora de las nueve de la mañana que yo camino por ahí para ir a mi trabajo; pero en esa ocasión, ese día, tomé la otra avenida paralela para desayunar, por única vez en cien días, porque en casa esa mañana me peleé con mi madre… mucha gente se acercó a ver al hombre sangrado, destrozado del ser, la cabeza una maravilla divina buscando su porqué con un hueco maltrecho e invasor, el mecanismo de exacta biología desmadejado y yerto, espectáculo de pasivo performance ante el ojo social, recipiente indefenso de una infamia feroz.

                Hoy me dolió la conciencia de ser una mala persona y correr con toda la suerte del mundo. Se me hizo muy injusto ser yo y tener todo lo que tengo. Disfruté la infinita dicha de ser papá de dos niñas gemelas y sufrí la amargura infinita de su prevista ausencia. Hoy mis ojos miraron a sus ojos por medio del recuerdo y sus miradas hacían preguntas a las cuales no puedo responder. Hoy imaginé los ojos de mi hija y volví a ser niño y volví a tener la edad que ella tiene ahora y a mirar así como ella mira. Hoy mis dudas navegan sus dudas en una obnulación sin timón tan propia de mí mismo. Sus corazones seguirán adelante, como una imploración.

                Hoy, muy cerca del lugar, adentro de una casa hace falta alguien; pero no solamente falta él; falta su velorio, los pésames que muchos le han debido y querido, su misa, sus esquelas y su despedida, faltan todos sus queridos compadres bebiéndose una cerveza a la memoria de él, a la salud fallida de él; y faltan sus abrazos, la ceniza de su cigarro alargando sus dedos, falta su sombrero de lado sobre su cabeza angosta, falta su camisa de cuadros, roja, falta el timbre ladino de su siempre equivocada voz, terca, cerril, inculta… falta su sonrisa chueca de obrero infaltable a la brega.

                Hoy murió un veinteañero a manos de otro veinteañero; pero pudo haber sido al revés; sólo que el primero era buen chico y el otro estaba loco. Aún está loco.

                Hoy lloró una madre joven; pero el problema no es el llanto, el problema es que no tiene remedio. Es un llanto sin final. Para siempre. Un mar que sobreviene desde dentro de un incontinente de dolor. Un pequeñín se retuerce de impotencia y de rabia, porque nadie le resuelve la pregunta que desde hace muchos días dice y dice: ¡¿Dónde está mi papá?! ¡¿Dónde está mi papá?! Ni le cumplen, ni una sola vez, lo único que pide: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! Quiero que venga, quiero verlo llegar! ¡Quiero que esté aquí!

                Una esposa se enjuga el cabello con sus propias lágrimas; pero puede ser al revés, salvo que yo no sé escribir. Ella piensa que su historia de amor ha quedado cortada a la pura mitad, como libro arrancado en sus hojas centrales, extraviado y ciego, mutilado. Ella intenta enhebrar su razón enlazando el cabello, figurándose que la realidad pueda rehacer el nudo que la muerte trozó. Cuando se lo llevaron enfermo esa despedida no fue despedida. Ahora es lo único que le pide, que vuelva para despedirse por última vez. Sólo eso. Sólo eso.

                Esta era una vez Estefanía cuyo sueño era estudiar medicina. Esta era una vez Rafael, Armando, qué sé yo, quien era demasiado doctor para seguir siendo padre; estos eran Salvador y Magdalena, él dedicado, como su nombre lo dijo, a salvar existencias, a alargar existencias, pero a poco de llegar el verano se fue por un tubo de inaudito olvido como epifanía que los que lo quisimos insistimos en querer aprehender, sin poder; al irse yendo su esposa empacó su alma, recogió en su pecho las memorias floridas, anidó un corazón conjunto y se fue junto a él… como si fuera cierto que el amor se trata de que uno no puede vivir sin el otro. Esta era Elena, madre de dos chicos, cuyo pecho no estaba preparado para ninguna guerra que no fuera el amor. Pero el amor no hace la guerra, sino que hace el amor.

                Esta era una vez un multimillonario excéntrico, un empresario, un actor, un trovador, un pintor, una gran escritora; esta era una vez una locutora famosa, una diva añosa elegante, un virtuoso cantante, un director de cine, una matrona de una espléndida casa de graciosa familia, un apuesto galán, un cantante de rap, un charro de a caballo, una estrella de rock, un vecino propenso a la alegata, una tía que cocinaba placeres, un artista de la fotografía, un futbolista joven, un taquero locuaz, un filarmónico de las cantinas, un abuelo amoroso, un dentista impecable, un profesor de escuela, un político audaz, una enfermera amable, un entrañable padre, una dulce mamá, una novia bonita, un vendedor de dulces, un primo divertido, un amigo entrañable, una irresistible amante, una mujer secreta que jamás dijo nada. Una mujer fascinante que nunca dijo nada. Una nana y un tata.

                Hoy miré la muerte con el rostro de algún conocido. Hoy miré la muerte y no pude evitar reflejarme en ella.

Hoy viví una de esas muertes cotidianas mías. Muerte de perdedor, muerte de mediocre y de fracasado. Muerte de pobre y de pobre diablo. Hoy me vi otra vez siendo menos de lo que debía ser; hoy mi muerte fue vieja y enferma, decrépita, reivindicada tan sólo por los pasos cansados y cortos que apenas puedo dar. Hoy permea un luto que no se declara, pero que se manifiesta en el halo grisáceo de muchos umbrales; hoy el recoveco de risas de las habitaciones es suspenso posado en el aire sin aire de los condolidos y la silaba y gesto que se adivinaba gustoso (domingos de mañana) se posterga júbilo dibujado en estrago. Y yo puedo ser eso. Y yo puedo ser ellos. Tú también.

 Cuídate. Cuida a los tuyos.

Por eso, lo siento mucho por todos los muertos de este verano que empezó en primavera, por todos los de acá, de mi pueblo. Y por todos los otros.

Vengo a estarme de luto por aquellos que han muerto a desabasto… (Luto, Abigael Bohórquez).

https://www.youtube.com/watch?v=5rOiW_xY-kc

One Response to Morir en verano

Deja un comentario