Miércoles en taberna

Otto René Castillo fue un poeta oriundo de Guatemala, nacido en el año 1936 en la ciudad de Quetzaltenango. A la edad de 18 años debió exiliarse a El Salvador tras manifestarse en contra del golpe de estado llevado a cabo por la C.I.A. para derrocar al presidente Jacobo Arbenz. Después de viajar por varias partes del mundo regresó a su país de manera clandestina y se unió a un movimiento guerrillero. En 1967 recibió graves heridas en medio de un enfrentamiento y fue capturado junto Noria Paiz, su pareja, y fueron torturado durante cinco días. Luego de casi una semana de agresión desmedida, fueron fusilados y quemados el 17 de marzo.

El antepasado más antiguo

I
El antepasado
más antiguo
que tengo
es el amor.

Lo sé bien.

Cuando se besaron
los primeros
enamorados de la tierra,
se le estaba poniendo
nombre
a mis labios.
Y comenzaba
la biografìa
de este dolor
que no concluye.

De todas maneras,
el amor siempre
nos duele igual.
Y el primer
dolor
ha de haber sido
el más grande,
porque aún
tiene fuerzas
para aletear en nosotros.

II

El amore es como una casa
que se construye,
para que en su techo
puedan cantar los pájaros,
la lluvia y el viento,
y adentro puedan vivir
los hombres y su sombra.
Se pone un ladrillo
y otro ladrillo encima,
hasta que una mañana
cualquiera,
oìmos un canto
en el techo
y un llanto
dentro de la casa.
El techo es el alma
de las casa.
A partir de ahì
comienza el viento.

III

Es todo tan complejo,
tan mundo mundo,
que si mi mano te busca,
tu mano se encarga
de matar su vuelo.
Asì no se sabe nunca nada.
Por lo menos no se sabe si tu piel
tiene color dulce
o si tan solo son tus ojos
los que arden en mi pecho.

Uno para amar
debe exigirlo todo.

Cuando alguien niega algo,
le está poniendo luto
a su cuerpo.

Por eso uno se rebela
si la entrega no es completa.

Si tú me besas la boca,
¿por qué no puedo besarte
la luz de los senos?
Todo lo que limita
trae consigo
variedad de caminos.

Por fin, uno se larga solo.
Y alguien se queda triste.

Pero pocos saben, en verdad.

IV

Nos empeñamos
tanto
en estar solos con nosotros,
que todo se nos muere
muy fácil en pupila.
Y seguimos de frente
con estas manos
ciegas
que palpan
la distancia,
hacia donde se huye,
para no retornar jamás,
porque las manos
seguirán siempre
de largo hacia las sombras.

Luego, nos dicen inestables.
No sé. No podrìa comprender nunca.

Uno no entiende tantas cosas.

Pero algo sé bien.

Alguien
puso en mis labios
esta inconstancia que sufro.
Tal vez
el antepasado
más antiguo que tengo:
el amor.

 

 

Miércoles en taberna

I

Juntos

hemos visitado

esta tarde

una vieja taberna

en las orillas

de Berlín,

amor mío,

y juntos hemos

visto,

desde dentro,

el inicio

afanoso

de la lluvia,

llenándose

de calle y ventana.

II

Todavía

oigo

ahora

cómo hablan

tus manos

con las mías

sobre nuestra mesa,

en donde un tulipán

recuerda

aún el alba

de su día más amargo,

y canta su color

sin ninguna reserva

de ternura,

seguro como está

que pronto habrá

dejado de vivir.

En las mesas

vecinas,

los hombres ríen

y cantan.

Cada quien

le da la forma

que quiere

a su alegría.

Una mujer,

sola y hermosa

bebe un tardo café,

mientras el sol

se impacienta

en el pecho

de su claro coñac.

Una pareja

de adolescentes

suaves,

siguen atentamente

el vuelo común

de nuestros labios,

vida mía,

y seguramente

no olvidarán

toda su vida

ese recuerdo.

III

Cuando salimos

de la vieja taberna,

el celo

de la lluvia y el viento

nos golpea hondamente

el rostro.

No damos importancia

a tal suceso,

porque aún ignoramos

que después

solo serán el viento

y la lluvia

los que nos acompañen

por el mundo

cuando la vida,

mi áspera vida,

nos separe.

IV

Ahora,

amor mío,

regresamos

al centro de la gran

ciudad.

Mientras tanto,

tu felicidad

se abraza

largamente con la mía

hoy, día miércoles

de junio,

en el Berlín que amo

y llevo en mí

porque en mí

también

residen para siempre

tus pupilas,

vida mía.

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