Mi patito amarillo

Abril L Borbón

Iba a comprar zapatos y volví con un pato. Era mi cumpleaños cuando lo conocí. Mi madre me había obsequiado dinero para comprarme algo lindo, un vestido y unos zapatos, lo suficiente para algo decente para mi cena de cumpleaños.

Iba cansada ya de probarme tantos vestidos, ninguno se acercaba con mi personalidad; vestidos demasiado escotados, cortos, con la espalda descubierta, demasiado ajustados, vestidos de Barbie, ninguno que fuera para la ocasión: sencillo.

Entonces me detuve a ver un par de lindos zapatos, brillaban, eran alucinantes. Pero escuché risas de niños asombrados, algunos lloraban y otros decían: “Lo quiero, lo quiero”. Mi curiosidad fue tan grande, sentí el latir de mi corazón cada que me aproximaba. Estaba allí, encerrado en una jaula junto a los conejitos.

Estaba sólo y tembloroso, píaba como queriendo suplicar por su libertad o por su mamá. Lo acaricié desde su cabeza hasta su colita, sentí tanta ternura en un instante que decidí llevármelo a casa: un patito amarillo.

Me lo dieron en una bolsita de papel con agujeros, sólo pensaba en lo incómodo que se debía sentirse allí. Lo cargué junto a mi pashmina como a un bebé y le di agua para saciar su sed. Gasté algo de dinero en mi mascota y por un momento olvidé por completo mi regalo de cumpleaños.

Me fui directo al mercado y compré un vestido con flores sencillo y barato. Volví a utilizar mis zapatos viejos. No me importaba.

Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó qué fue lo que había elegido para mi cena. Se sorprendió al ver al patito amarillo que estaba tembloroso y chiquito.

Se molestó un poco porque supuestamente ahora sí compraría ropa y no lo gastaría en cosas sin sentido como ella dice, pero para mí ese patito fue una super compra.

La noche estuvo tranquila, cenamos pozole que mi madre hizo y mi novio me regaló una bolsa. Mi patito me hacía compañía. Se acomodaba justo debajo de mi oreja, debajo de mi cabello. Yo era su mamá y él era mi bebé.

Así pasaron algunos días y trataba de ser lo más cuidadosa posible con el patito porque se veía tan frágil.

Una noche se me olvidó cerrarle su jaula, el patito se me perdió. Mantuve todas las puertas y ventanas cerradas todo el día para que no entrará un gato y le hiciera daño. Lo busqué toda la mañana, no sabía en dónde se había metido. Busqué debajo de las camas, debajo del refri, incluso debajo del sillón; mi patito tan chiquito y frágil extraviado en el interior de mi casa. Me sentía desesperada pero aún tenía fe en que saldría de algún lugar. Tenía bastante tiempo que no hacía una plegaria, que no le pedía a Dios para que me ayudara, pero ese día le pedí ayuda, cuando no lo hice antes, ni siquiera por mi novio que tenía una próxima entrevista de trabajo, ni por algún familiar. Tan sólo cerré mis ojos y pensé por favor Diosito que aparezca el pato.

Pasaron siete horas, yo estaba triste en el sillón con los ojos llorosos, con mi mirada fija en la puerta.

De pronto escuché un aleteo en mis pies, era mi patito elevando sus alitas y abriendo el pico como señal de que tenía hambre. Se dibujó una sonrisa muy grande en mi rostro y lo cargué en mis brazos. Le dije que lo amaba y que no se escondiera así de mí.

Él sólo píaba porque tenía hambre, sin ni siquiera darse cuenta de mi angustia. Ahora mi patito, cena, tranquilo, y bebe agua, después se retira a su lugar secreto: justo debajo de mi cama, en un lugarcito oscuro y calientito, sale de allí como a las doce del mediodía, buscando comida y persiguiendo insectos con sus patitas demasiado torpes. Mi pequeño patito amarillo.

Leave a reply