Menester

Luis Álvarez Beltrán

 

La estupidez del mundo nunca pudo y nunca podrá

arrebatar la sensualidad.

Fito Páez

Cadáver Exquisito

 

            Trataba de recorrer el día sin desandar mis pasos por los mismos derroteros con los que me engañaba de hacer un bien a alguien, mas el resumen de la circunstancia decantaba una incertidumbre tan fija como la imagen de “Esto no es una pipa” de forma que, con todo, el mañana fue lo mismo que el hoy y que el ayer, como un cómico juego fatídico lo mismo que una trampa que no permitía definirme ni activarme ni comunicarme. El impasse del mundo y de la vida completaba setenta y cinco días, no obstante yo amaba lo que amaba y la realidad no estaba del todo derretida ni aun para los más inestables jalados de los pelos.

            Pero la insania bordeaba los pasillos de muchas de las casas y en no pocas paredes, encima de las puertas, se podían distinguir moños negros por la muerte de alguien que no se suponía que muriera, justo ahora.

            Pensaba que irrumpir en extraños es un recurso que un viejo como yo, con historias tan de todos colores, podía empezar a ejercer para que los ratos y las tardes tuvieran un dejo o un archipiélago de sensaciones o emoción y que esa menudencia podía resultar afortunada, pero recordé que no se es permitido acercarse a la gente, ni aun a los amigos, entonces no tuve más remedio que, como otras tantas veces en mis muchas edades, buscar un refugio que me diera algo de paz y de contento: visitar el templo, sentarme en sus bancas impertérritas y platicar en silencio con Dios ninguna cosa, esperando que el vacío se diluyera en esos paráclitos reductos como me ha acontecido en los últimos años. Craso error: El templo está cerrado. Se violan los derechos esenciales de quienes buscamos una vida espiritual o al menos un desbarrancadero de nuestra podredumbre. Ascéticamente tendría que enfrentar las horas desde mi soledad y con la venia liviana de aqueste imaginario.

            (En tanto no vivo en el universo del facebook y mi teléfono no cuenta con tarjeta de memoria para tener wassap, mis posibilidades se limitan a un trío de números que marcan mis afectos y mis relaciones profesionales y nada más, la vida de mi teléfono celular es tan escuálida como la mía propia.)

            Dije que el calor no sería impedimento para que este día concretara una significación. Atravesaría la ciudad para pagar una quesadilla sincronizada que pedí fiada hace tres meses pero la lógica me llevó a sopesar que los negocios de mi ciudad sólo tienen permitido trabajar hasta las ocho de la noche. Mi amigo el tortero tal vez no esté trabajando y este domingo no quiero hacer la cuota de caminar diariamente seis kilómetros o más. No puedo visitar a mis incondicionales porque presentan tanta morbilidad como yo y me lo tienen restringido. A veces los maldigo por ser tan educados. Un vecino al que le presto libros se encontraba afuera de su casa, me dio gusto saludarlo porque tiene setenta años y eso significa que yo algún día quiero tener setenta años y poder leer libros (que alguien me pudiera prestar) y el acuerdo fue que él me devolvería “Dispárenme como a Blancornelas” de Daniel Salinas Basave y yo le prestaría “La frontera de cristal” de Carlos Fuentes; a mi paso por las tortillas le llevé el libro pero ya no estaba; ahora yo estoy leyendo La frontera de cristal casi contra mi voluntad, al mismo tiempo que leo 49 cruces blancas de Imanol Caneyada, a Rulfo pa’ entenderle, la maravilla que es “La Feria” de J. J. Arreola, a un tal Diego Trelles Paz y al resto de escritores de “Catorce puntos en el mapa”, Antología de cuento sonorense, de Josué Barrera. Mi mochila contiene mundos tan diversos como irreconciliables o nunca es verdad nada, o en el fondo de las cosas toda diferencia se suaviza y se empata (…o cuando muera quiero ser un anciano al que todos asocien –recuerden- como promotor de la lectura, como una cuestión de, meramente, qué hiciste en tu paso por la vida, huey).

            En mi presente común, solía contar con la atención, la deferencia y hasta la consideración de media docena de personas alrededor de mi existencia y de mis ámbitos, pero esta pandemia me ha dejado sin nada. Lo peor de todo es que mi familia me está conociendo como verdaderamente soy. ¿Adónde vamos a llegar con todo esto?

            Veo noticias, sí, pero las noticias son exactamente igual todos los días. La política mexicana sigue siendo una tragicomedia con los burdos actores de ocasión. La política norteamericana que tanto nos atañe es una telenovela con un protagonista republicano tan pedante que lo único peor que puede haber es precisamente su oponente, el villano demócrata, que es tan desabrido, tan parco y pusilánime, que el argumento se murió antes de haber nacido, no obstante las transmisiones siguen. ¡Argh!

            Una mujer que tuve me abandonó porque le dije que no. Otra mujer que tuve me abandonó porque no le dije que sí. Cuando quise volver con la primera no me dijo que sí y cuando me quise reconciliar con la segunda ella me dijo que no. A veces el amor es una puerta abierta que cuando la mujer ve algo mal o las cosas pierden su control, la puerta se cierra tras de ti; y cuando quieres abrirla para poder entrar no le encuentras los bordes, la forma, el color, el picaporte, el candado, la perilla ni nada. Todo desaparece (y uno se queda: ¿?).

            Los supermercados y las tiendas cierran por ley a las siete de la tarde. Los puestos de comida y los restaurantes que sirven ‘para llevar’ atienden hasta las ocho de la noche. A esas horas apenas se va el sol y un vaho de calor permea la ciudad. Están las cosas tan adolescentes actualmente o nosotros somos una cultura adolescente que no entiende lo que debe de hacer, y lo que no.

            Tenía pensado contar con algún logro entre junio pasado y el junio que ya empieza, pero las cosas dan al traste cuando las actividades culturales y artísticas, los eventos, los planes, programas y proyectos, todo lo que huela a hacer comunidad directo con la gente, se ha evaporado en esta cuarentena, de tal suerte que ya mis anhelos se cifran en llegar con vida a mi próximo cumpleaños, en comparación a mi idea original de convertirme en un autor de firma (en mis sueños). Las cosas van tan pobres y tan mal que ya ni siquiera darle la vuelta a la manzana significa lo mismo. A veces me quedo mirando el rostro de la gente para reconocerla; no su identidad, sino su consistencia. Hay poca gente consistente con su mirada, con su gesto. Hay poca gente consistente y hay mucha gente cuya mirada y cuyo gesto se devela… inconsistente.

            Somos una especie de especie… inconsistente.

            Hay pruebas. No soy yo quién para decirlo. No estoy yo aquí para decirlo.

           

            Es posible que entre mil personas haya veinte escritores, y me parece mucho. Es probable que entre los veinte escritores haya un poeta. La existencia de un poeta entre mil personas implica la existencia de un lector de poesía, acaso dos o tres. Esto querría decir que la poesía es intrascendente, casi querría decir que la poesía está en vías de extinción lo mismo que diez grandes y famosas especies de animales. Pero no es así. La poesía que escribe el uno por ciento de la población, entre los cuales se encuentra el crisol abundante y precioso del pensamiento simbólico y significativo, me atrevo a creer que vale más que el pensamiento conjunto del noventa y nueve por ciento restante, o que su lectura e interpretación del mundo es tan valioso como todo el conjunto del pensamiento restante, el gran total. De modo que si un poeta habla, vale más escucharlo, porque se estará tal vez ante la única visión original, sensible, seductora.

            Los vagabundos pasan todos los días por enfrente de mi casa, esculcan los tambos de basura, cargan sobre sus hombros sus tesoros del día y caminan tan rectos como si contuvieran en su entrecejo el mundo, la verdad del único misterio, algunos hasta cantan y otros se regodean de su fortuna paladina del día como si fueran Andrés García en sus mejores años. El esqueleto de una gran agroindustria del siglo pasado se ha convertido en un vecindario de menesterosos que se han adueñado de una cuadra postrera de una de las zonas más céntricas de la ciudad. Mirar su campamento es como mirar un slum de la India, la zona devastada de Aleppo en Siria, o el paisaje ideal al extremo que buscaba Buñuel para “Los Olvidados”. Después, a eso se refería Camilo José Cela con “La colmena” y “Tobogán de hambrientos” y a eso se referían sus orígenes con “La familia de Pascual Duarte”; a eso se refería Miguel Ángel Asturias cuando escribió “El señor presidente” y un poco más acá Fernando Vallejo con “La virgen de los sicarios”, como si la Hispanoamérica fuéramos un innegable santo y seña.

            Voy a ti pero de una forma que reviste otro comercio de ideas, otra dimensión de intercambios acaso metafísica (y no me gusta ese embustero término de la telepatía), a través de un diálogo sujeto a la interferencia de nuestros desencuentros, donde los mensajes topan con paredes que se activan y desactivan siempre a destiempo y las conexiones posibles se enchufan a diferentes horas y con grados de intensidad que no puedes captar, que no llego a captar. Voy a ti pero no camino hacia ti; hay leyes y canales de acceso obturados por la sana distancia de nuestros desacuerdos y por los incidentes verbales que resquebrajaron del todo la arqueología de nuestras coincidencias. En una palabra, voy a ti pero no puedo ir hacia ti. Como un contrasentido. Una contradicción. Un extravío.

            En el menester del acaecimiento de los ciclos, entre la muerte de un capítulo y el encomiable renacer de toda microhistoria que representa un día, me encuentro varado en la imposibilidad y en la improcedencia de un encuentro con nadie. Cuando vuelva a ver a alguien importante para mí, me parecerá inconmensurablemente viejo y esa persona indistintamente me verá inconmensurablemente viejo. Estaré un año más viejo, de por sí, pero tal vez me verán algunas décadas más viejo.

            Trato de decirte que extraño a los demás. Extraño a los gordos, a los feos, a los flacos y a los chinos, extraño a los más raros. Echo de menos a los tercos y a los testarudos que abundan, a los ‘tumbados’, a los locuaces, a los bromistas; no tanto a los frívolos pero todo mundo tiene algo de bueno. Extraño a los tontos exitosos y a dos tres incultos que viven como reyes porque son amigos o socios de la buena fortuna. Extraño a los hedonistas que aborrezco y a los triunfadores que envidio. Extraño a los inconsecuentes y a los inconsistentes. También te extraño a ti, como algo prohibitivo. Extraño a mi especie. Extraño ir al cine y a los malos conciertos; extraño las obras de teatro que nunca llegan a mi pueblo, tan infrecuentes como las trombas o como los eclipses; extraño, para mi conmoción, las fiestas populares y las aglomeraciones. Extraño ver de lejos las aglomeraciones.

            Tienen razón los que dicen que esto es una lección para algunos que se sentían y que tal vez estaban en la cima del mundo. Esta pandemia ha sido una gran bofetada para los empoderados desde una plataforma ilegítima, vana, insustancial, efímera, inconsistente otra vez. Esta cosa llamada novel coronavirus le ha puesto los pies en la tierra a muchos que no los tenían, incluso a algunos que no los habían tenido nunca. Machetazo a caballo de espadas. Esta epidemia virulenta y económica ha derrumbado imperios de fortunas del tamaño de una montaña de oro. Siento sorna y me congratula, en realidad congratula y reivindica al mundo artístico, ahora cuando hablan de que salir del problema de la crisis nacional y mundial de la pandemia exigirá mucha creatividad e imaginación, cuando el mundo ha estado regido por la falta de creatividad e imaginación de los políticos y de los poderosos (corruptos, ineptos, mal habidos). Imagínense a Enrique Peña Nieto siendo creativo e imaginativo (y pienso que lo fue para robar), maldita sea; figurarse a Felipe Calderón, a Vicente Fox, a Donald Trump, a Boris Johnson, a Silvio Berlusconi, a Benjamín Netanyahu, a Bolsonaro… siendo creativos, imaginativos (y tocando un arpa mirándose al espejo).   

            No sé mucho sobre redes sociales pero dicen que ahí todos se expresan. Yo soy más de las revistas literarias juveniles, estudiantiles, independientes, como la de Victor Hugo Barrera hace una década en Hermosillo, lo de Carlos Padilla y otros en el Itson de Obregón lustros atrás, lo de Ediciones La Cábula y el Mamborock del carnal, lo de la Revista Existir en Tijuana del buen Gilberto Zúñiga, lo de Vereda en Caborca a mediados de la década pasada, lo que Víctor Roura, Mauricio Bares y otros nos han enseñado a hacer a lo largo de años, la pinche revolución intelectual y literaria que no debe parar.

            Para publicar hay que probarse, hay que rifarse, hay que subastar el maldito cerebro (Emily Dickinson) porque siempre habrá cabrones más inteligentes, más leídos, más filosos que tú. Siempre. Por eso hay que navegar en el océano de las letras (las ideas) y las revistas juveniles, estudiantiles e independientes son eso: enseñarse a nadar entre los tiburones… porque el público lector es bien chingón. Lo más chingón.

            Voy hacia ti pero me quedo corto. Me quedo mudo por no tener palabras. Palabras ni tamaños. Sordo por no poder oírte, porque del otro lado de la línea se oye el ‘buzón de voz’. Te has dado en llamarte ‘buzón de voz’ y antes me gustaba tu nombre. Mudo de no poder hablarte y sordo de no escuchar tus msn’s si eso significa algo. Ciego de no mirarte o ciego para mirarte en los mejores momentos de nuestras flacas memorias que engordan mis lenes soledades, las incipientes luces de mis apasionadas horas altas. Inválido de no poder formar parte de tus andanzas; inválido de no seguirte el paso…

            Le agradezco a la vida que he podido ver todo, ser todo; ahora mis años aquejan o adolecen la ausencia de esa vena plena, energética, abarcadora de todo el espectro del deseo y del triunfo, la ignorancia profunda pero auscultadora de ese fetiche burdo y sobrevalorado de la felicidad y el curso engañoso de sus recovecos, el motor físico que me llevaba a todas partes como un venado irredento, buscando no se sabe qué y encontrándolo todo, teniendo el fuego dorado enfrente de mis ojos, al calce de mis manos, al abrazo exquisito de mis posibilidades y siempre rehuyendo, siempre tactando, palpando, probando sin poder saborear, siempre a la advertencia de las reservas y las seguridades, como el Borges culpándose a sí mismo del peor de los pecados: No he sido feliz. Ahora todo está en el retrovisor. Voy a ti y sólo puedo verte por el retrovisor.

            Lo único que preserva su vida, su energía y por lo tanto su validez, es la música. Con ese engaño complaciente que te lleva a otras edades, incluso edades en las que no nacías, los viajes se hacen formidables y ya es mucho decir. Esa es la verdadera esencia de la inmortalidad de The Beatles, los Rollin Stones, Led Zeppellin, Pink Floyd, Black Sabath, de todos, verbigracia Freddie Mercury y Kurt Cobain y los demás los pones tú. La literatura es amiga del rock. Amiga inseparable. Si mi sangre circula y si mis nervios vibran es porque puedo escribir (como lo único que puedo hacer para sentirme vivo) y porque puedo oír un poco de rock. Invariablemente asisto al rock. Invariablemente vuelvo a él. Otro tipo de sexo. Gracias al rock and roll no sólo las mujeres son capaces de lograr orgasmos múltiples. Voy a ti y me monto en la música del rock para alcanzarte de una forma más diáfana, más lúdica y poética. El consuelo no es poco ni es menor y en microeconomía se llaman productos sustitutos.

            “Los fantasmas se van, queda la noche; las paredes se van, no queda nada; ya mi rostro de vos cierra los ojos, y es una soledad… tan desolada”, dice Mario Benedetti, que esta noche está aquí conmigo, hablando sobre ti (en alemán, el hijo de la chingada) y pienso que es mi forma de ir a ti, pero no hay forma que lo sepas ni forma de hacértelo saber. Voy a ti pero me quedo aquí, entre la poesía que duerme en mis libreros y la poca que puedo recordar. En mi cuarto viven Vallejo y su hijo literario Cortázar, en mi cuarto vive Ida Vitale y vive Abigael Bohórquez que siempre anda encabronado, enmujerado, porque le gusto un chingo y no puede materializarse, como si en su vida no le hubiera dado vuelo a la hilacha, yo nomás lo leo y lagrimeo pero no hay pedo, todo bien, en mi cuarto viven Sergio Pitol y Alfonsina Storni, viven los susodichos y José Emilio Pacheco, a Carlos Monsiváis lo tengo castigado por chingón y por inadjetivo, a Germán Dehesa lo desdeño por capricho de su exacta vigencia ya caduca, a muchos algún día los leeré si Dios me presta vida; en mi cuarto vive Javier Marías pero no está del todo a gusto porque le hace el calor, y vive Andrés Neuman pero a veces me reclama, como buen argentino, que a veces lo descuido, y no es cierto, a todas parte donde voy recito Palabras para una hija que no tengo y me duele la mar. En mis libreros viven Borges, Almudena Grandes que me calienta como pocas lo hacen, vive Juan Carlos Onetti del cual La Vida (es) Breve pero su novela es más larga que la (ching…), ya lo dijo Vargas Llosa en sus propias palabras; y viven Rulfo, Arreola, Paz, Rubén Darío y viven los marxistas. En mis libreros vive una buena parte de la literatura occidental, pero en mi cuarto ni en mis libreros vives tú, porque te fuiste o porque nunca estuviste aquí. No pudiste saber que tengo buenos amigos. Sí, José Saramago es un gran amigo mío con todo y sus defectos; con todo y mis defectos. Y mis amigos hablan mucho pero hablan muy bonito y cuando los leo es como si me hablaran al oído y solamente a mí, como cuando estábamos juntos y me hablabas al oído y solamente a mí, como si no hubiera nadie más en el mundo. Pero mis amigos que viven en mi casa, en mis libreros, de alguna manera se acomodan, descansan, respiran, son dueños de su nombre y su historia, se conforman, se valen por sí mismos, soportan el silencio, no los afecta el tiempo, al contrario, crecen y se maduran, se robustecen, se enseñorean y me miran con airado desdén, como diciendo: ¡Puto, no me has leído bien! ¡No me has leído todo! Pero es diferente tu silencio, tu desdén, tu crecimiento, tu empoderamiento, tu enseñoramiento, tu seguridad en ti misma me ha desmadejado, la verdad, me afecta, me lastima, me derrota y me deja postrado en este ninguneo de mis puntuales fallas. En este confinamiento tan absolutamente igual al exilio de todos tus sentidos y de esto se trata todo esto: De lo que soy sin ti. De lo incompleto, de la falta que me haces… seas quien seas: Tú u otra, la anterior, la siguiente, la pretérita, la favorita, la otra mitad de esta descolorida naranja puñetera, la que dijo el oráculo, el horóscopo, el test o el juego de los facinerosos, siempre lo descreí pero ya lo dijo Roberto Carlos: Esos aires de quien no sabe nada me han sabido hacer feliz… y nunca habrá lógica ni fórmula ni metodología, ni clave ni credo ni juego de certezas, sólo un sabor, un tacto, un trémulo reflejo, una certeza incierta, una especie de apuesta perdedora, qué madre: un albur presentido. Cuesta mucho trabajo reconocerlo.

            Y por no ir hacia ti… ya me voy a jamás.

            (Los días reclaman su vigencia y este ya se murió. Ya.)

            Esta noche no puedo escribir los versos más tristes… ¡nah!

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=9-UtbiC1tNo

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