Mejor reír que llorar

Muro. Foto de Eliseo Gaxiola Aldama

Martín Salas

Esa ocasión nos mandaron a chambear a Nogales, te estoy hablando de hace como nueve años. No me sentía tan viejo como ahora. Me aventaba hasta diez metros cuadrados de block con un solo chalán al día. Nos mandaron a darle mantenimiento a unos multifamiliares que están pegados a la línea. Era tiempo de frío, recuerdo. Dormíamos en un departamento que le habían ofrecido ahí mismo al ingeniero, quien después de la primera noche prefirió rentar un cuarto de hotel. En verdad el barrio estaba pesado. Ya nos lo había advertido Don Simón, el encargado de llaves del edificio. Una vez que oscurezca vale más que ni salgan, nos dijo. Creímos que el bato estaba exagerando, yo vengo del Mariachi le contesté bien chingón, como a quien ya no se le puede contar nada nuevo sobre la calle. Pero no mi compa, no se compara. Esta cabrona la frontera. Casi ni dormimos las primeras dos semanas. Se escuchaba de todo. Gritos, balazos, gente corriendo, perros aullando. Arañazos en las puertas, en las ventanas. Un día hasta se nos quiso meter un cholo, el morro casi nos tumba la puerta, nos pedía que lo dejáramos entrar. Ni madres le dije a los plebes, agárrese cada quien un fierro por si entra este hijo de su pinche madre. Pero no, al parecer le abrieron otra puerta por otro lado y el guasón se metió corriendo. Sabrá de quien vendría huyendo pero se notaba muy asustado.

Pasamos ese otoño en medio de aquellas tempestades nocturnas y de jornadas laborales de ocho horas que duraban de lunes a sábado. Nos daban el domingo como día de descanso. Era el tiempo en que podíamos ir por unas cervezas o a dar la vuelta por ahí o simplemente podíamos quedarnos a tirar barra en casa. También era el tiempo que aprovechábamos para cotorrear con los vecinos y ponernos al tanto del acontecer en el barrio. Ya sabes, siempre hay que saber dónde se está parado y por dónde se camina, no vaya a ser que en un tropezón ahí quede uno. Para eso mi sobrino, el Toño, también mi chalán, se pintó solito. El cabrón es retemariguano, así que de volada hizo amistad con uno que otro malandrín que se le acoplaba para conseguir el vicio. En cuestión de días el morro supo cómo estaba el teje y maneje en la zona. Que si quién era el pesado, que si el cartel tal, que si en qué lugares de la colonia eran donde cincho te tumbaban, que si con quién se consigue perico, con quién cristal, y cosas así. Yo por mi cuenta iba con Doña Marthita y su esposo a tomar café, ellos nos asistieron en su restaurantito la noche en que llegamos, ya desde entonces nos dieron a conocer algunas de las noticias que circulaban de callejón en callejón. Que hace dos días mataron a fulanito y lo dejaron tirado en la cancha, que fulanita tiene un año buscando a su hija, que el hijo de sutanita anda bien recio y lo van a venir matando. Así, con esa información colectada, logramos sobrevivir a aquellos edificios a lo largo de tres meses. Con ella supimos dónde meternos y donde no, con quien entablar relaciones y con quién no.

Éramos 7 changos los que vivíamos en aquel departamento. Yo con mis dos chalanes, el carpintero y su hijo y los eléctricos que eran hermanos. Estábamos ganando bien, nos alcanzaba para darnos uno que otro lujito.  Mi hija nos había ayudado a mi esposa y a mí a sacar la visa años atrás, como nunca la había usado no dudé dos veces en pasar al otro lado para comprarles a mis nietos algún juguete, también me hice de ropa, herramienta y unas cosas que me encargó la vieja. Otros enviaban más dinero a sus casas para asegurar la subsistencia familiar. Otros se iban de cacería a los congales para ver qué levantaban. Dicen que uno de ellos, uno de los eléctricos, se agarró un putito una de esas veces. Cada que lo vemos se lo echamos en cara y el loco nos contesta entre carcajadas que lo extraña, que se quedó bien prendido de la Jennifer. Sabrá dios qué tan cierto sea, lo que sí es que con los días empezábamos a pasarla a toda madre. Trabajábamos a gusto, no teníamos la obligación de pagar agua, luz ni gas, nos pagaban la comida, había buena relación con la gente del lugar, aprendimos a dormir con el desmadre de las madrugadas así que descansábamos y lo más importante de todo, teníamos a nuestras familias seguras.

Me acuerdo mucho de aquella vez porque me enojé con mi vieja e hice una de las pendejadas más grandes de mi vida. Dos veces a la semana desde el restaurante le llamaba a la Concha. Me relajaba saber cómo andaban las cosas en Hermosillo, quería que me diera razones de la Tere, mi hija, y de los niños, también le preguntaba cómo andaba ella de salud y de gastos. Resulta que en la conversación la Concha salió con que se iba a ir para su pueblo al velorio de un tío abuelo suyo. Me dijo que agarraría raite con un primo de ella, un bato que en mi vida he visto ni escuchado mentar. No loco, en cuestión de segundos se me calentó la cabeza. Se me vinieron muchas chingaderas a la mente. Empezamos a forcejear con la palabra por el teléfono. La Concha me dijo hasta de lo que me iba a morir y yo igual a ella. Tanta era la guasanga que traíamos que hasta doña Martha y su esposo se dieron cuenta. Por último le pregunté si había ahorrado algo de lo que le había mandado semanas antes. Me contestó que sí pero le llamó la atención la pregunta. Agregué que me parecía perfecto porque de ese día en adelante ya no volvería a mandarle ni un pinche cinco partido por la mitad, le dije que iba a pistearme toda la semana de puro coraje y que no esperara noticias de mí hasta llegar a Hermosillo. Con eso me despedí y colgué el teléfono.

Llegué encabronado al departamento. Ahí con los muchachos me desahogué. No me dijeron mucho, quien más me puso atención fue el Toño y se estaba riendo el jodido. Esperaba que no me pasara lo que a su tío de Culiacán, quien se fue unos meses a trabajar para Ensenada y cuando regresó se encontró en el patio a un wey en shorts rojos y sin camiseta que disque le estaba ayudando a su vieja a cambiar los tambos de gas. Las palabras de Toño me erizaron más los pelos, parecía que lo hacía adrede el muy carbón, nomás para hacerme desatinar. Ese día fue viernes y al siguiente día llegó la raya. Así que dicho y hecho, nos pusimos el sombrero y las botas y nos fuimos el Toño, el Mano, mi otro chalán y uno de los eléctricos a disfrutar de la elegancia de los congales nogalenses. Iba con la onda de tragar hasta que el alcohol me saliera por las orejas, y si había chance, de agarrar un relinguito gacho, una nalguita con quien curar el despecho causado por la traición de aquella ingrata mujer. El eléctrico ya sabía cómo se manejaba el bisnes en la zona de los congales, así que por unanimidad fue elegido jefe turístico oficial de la cuadrilla. Nos llevó primero a una cantina centreña donde empezamos la aventura con unas cuantas cubetas de medias.

Así anduvimos toda la tarde del sábado hasta que cayó la noche, para las diez todavía teníamos la pila recargada. Le preguntamos al eléctrico que si qué onda, si no había manera de conseguir unas muchachas que nos acompañaran en momento tan alegre. Afírmó que sí y nos llevó a un lugar cuyo nombre no quiero recordar pero que me sorprendió por la alta gama de especímenes femeninos que ahí se daban cita. Había de todo, para todos. Altas y chaparritas, flacas y chonchitas, güeras y morenitas, jóvenes y viejitas, casadas y solteritas. Bastó con voltear a ver la pista de baile para poder apreciar a aquella rubia despampánate labios de coral dientes de perla, en el momento que la torcí rápido me hizo ojitos. Me acerqué a ella y  me di cuenta que se parecía un poco a la Concha cuando andaba en sus treinta. En breve la saqué a bailar, antes de que me la ganaran. Se llamaba Natalia. Ahí en el arguende Natalia y yo platicamos de todo. Ella habló de su trabajo y yo del mío, de su hijo y yo de mi hija. Parecía una buena persona, una buena mamá por como hablaba de su cría, era muy guapa además. Poquito a poquito Natalia me dejaba agarrarle la cinturita, apretarle tantito las caderas, el colmo fue cuando se dejó dar un besito, ahí valió madres, mi corazón despertó de nuevo. Hice una vida en mi cabeza con esa mujer, había tanta euforia en mi sistema que empecé a ponerme bien espléndido con ella, le cumplí casi todos sus caprichos y la morra me hacía sentir como el gallo de oro, bien carita, acá, con billete, tejana y toda la cosa.

De mis acompañantes, uno, el eléctrico, se esfumó. No volvimos a saber de él hasta el lunes. Mis chalanes seguían al pie del cañón, cada uno con su respectiva morrita. Nos propusimos llevar a cenar a las chavalas y quedamos en irnos a otro antro cercano, y de ahí pal´ real no me preguntes, compa. Lo último que recuerdo es que desperté en mi catre con solo cien pesos en la bolsa y crudón de poca madre. Nos levantamos como de costumbre a las seis de la mañana, me tomé un café y así bien jodido me fui a jalar. Ya en la chamba los plebes me contaron que cuando llegamos al antro me quedé botado en la mesa y dejé a la Natalia sentada, hablando sola, por lo cual prefirió tomar un taxi y salir. Ambos cargaron conmigo hasta la casa de una de las chamacas, ahí culminaron con éxito su noche. Después me treparon de nuevo al taxi y nos fuimos juntos hasta llegar al departamento. Bien ruino opté por pedir paro con una feria al Toño y al Mano, me hacían falta completarme para unas medicinas y algunos artículos para la higiene personal, ellos confirmaron que se habían quedado sin un quinto, que las muchachas los habían dejado secos y andaban peor de piojos que yo, y al igual, también estaban necesitados de ciertas cosas.

Al final terminamos sacando los tres lo que nos quedó en las bolsas. Entre la morralla que traíamos alcanzamos a juntar 300 y cacho de pesos. Con eso bien podríamos comprar una parte de los que nos hacía falta a cada uno. Saliendo del jale nos dispusimos a pasar por el supermercado a hacer las compras. Entramos con el cotorreo de siempre, el Toño diciendo sus payasadas y el Mano siguiéndole el rollo, yo sacándoles cura. Cuando llegamos a la caja ¡vaya sorpresa que me vino dando el destino! Que me voy topando a la Natalia con su cachorro, un buki como de 12 años, lo traía bien a la línea al morro, traían el carrito hasta las madres. Ve la morra me quedé, y yo perreándola. Me reí de mí mismo. Cruzamos mirada, cuando eso sucedió me hice chiquito, no nos dirigimos la palabra para nada, para qué. Era evidente que era muy buena madre, que dios la bendiga. Saliendo del supermercado fui al restaurante de Doña Martha a llamarle a mi vieja, le pregunté si siempre sí se había ido al velorio, me dijo que no, que ya sabía que yo me iba a poner así, así que ya se había medio resignado. Yo me quedé tranquilo y con la moral por los suelos cuando le dije que no me quedó ni un cinco, que me disculpara, que no volvería a pasar.

Leave a reply