Marién Luévano: tragos de agua fresca

Heriberto Duarte Rosas

Hermosillo, Sonora.- La gente está gritando, vitorea, se pone de pie y no deja de aplaudir a Marién Luévano. Que se retira del escenario después de un Fin de fiesta, con sus músicos, dejando la alegría en las miradas, el flamenco ardiendo en la noche.

En la penúltima velada del Festival Lunas de Urano, Shakespeare en el desierto, la velada sonó flamenca. La bailaora, el cantaor y los músicos. César Martínez, en el contrabajo. En la guitarra Gerardo Amézquita. Ulises Martínez, en el violín y en el cante, Pedro Mario Díaz.

Fueron sonando solos, ahogado el contrabajo y arco en el violín. Luego está ahí la guitarra flamenca, festiva y dolorosa. Y las palmas, secas, sordas, huecas desde los dedos y manos del cantaor. Ahí viene Marién.

Llega la danza, con el cuerpo como instrumento completo. Sus manos dibujan figuras, los pies silencian todo, están sonando por sí mismos bajo el cuerpo de Marién, cubierta siempre de flores. En su paladar rebota su lengua y nos mira a todos, firme, fuerte con las cuerdas de la guitarra que atmosferan el Mentidero Teatro.

Con un violín rasposo, que se ahoga y que luego vendrá en pizzicato. Marién vuelve, con un abanico cerrado, golpeando el viento y su cara. Abrirá pronto el abanico y con él las bocas se abrirán porque esta familia flamenca sabe sonar. Se emocionan y te emocionan, están felices en el escenario y con ello, la felicidad se reparte.

En el muro la sombra de Marién se multiplica.

Me mandaste a decir

que he dejado de quererte

 La sonoridad que acompaña la danza de Marién Luévano y sus pasos, son tragos de agua fresca para este desierto de Shakespeare, en su tercer año.

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