Malasangre en London Pub

Foto de Eliseo Gaxiola

Heriberto Duarte-Rosas

Cuando rebotó en el piso la cajuela de su cráneo, supimos en silencio que debíamos irnos de ahí.

Los bares acomplejados irlandeses siempre me han causado comezón en el sieso. Me molesta el todo verde. Me molesta la decoración con antigüedades recién importadas desde China. Pero en este se puede fumar, la cerveza, mexicana y obviamente no irlandesa siempre está bien helada y, al Paquito, el compa que siempre propone enterrar la daga en London Pub, le gusta la morrita que cobra en el lugar.

Este sitio, en el corazón de la Costera Miguel Alemán de Acapulco, pertenece a estos lugares nuevos alejados de la nostalgia acapulqueña de: es que antes… es que cuando venían los turistas de todo el mundo… es que el dinero… es que el narco… es que la oferta y la demanda… es que… es que… En London Pub eso no existe como en otros bares del puerto, que han sobrevivido al nuevo siglo que llegó abandonado de abundancia. No hay fotografías de los últimos spring breakers, ni mucho menos de los patrones abrazando famosos. Ni publicidad cervecera de 1970, ni parroquianos. Ni siquiera hay barra en este antro bar clasemediero. Incluso se pudiera poner en cualquier ciudad de México y no cambiaría de identidad. De hecho la que tiene es inventada y poco tiene que ver con arena, mar o chilate y de Irlanda sólo tiene el verde color representativo.

Esa noche de jueves la única intención y no dicha, era beber y conversar. Conversar y beber. Aburrirnos o emborracharnos y partir a dormir. Una cubeta de diez, en corto ordenó Paquito, al flaco mesero que nos atendería durante la velada. Un cenicero, dije; antes de abrir la primera cerveza que me congelaría el paladar. Si no fuera porque en la tercer tanda a la banda que toca los jueves se les une un trombón de vara y por esa cerveza tan helada, seguro le haría un desaire a mi compa, para no ir a London Pub. Hace unos seis meses que caemos los jueves y a veces los martes después de la chamba. Soy copiloto de Paco. Nos dedicamos a cortar la luz para la Comisión Federal de Electricidad. No sólo la cortamos, también la reconectamos. Desde que abandoné Michoacán por motivo de este trabajo, soy el copiloto de Paco para trabajar, pero él es mi copiloto para beber.

Si algo nos sale bien de todo lo mal que hacemos, es encontrarle parecido con alguna caricatura o personaje extraño a toda persona que se nos atraviese. Es el rompeolas de la plática seria, o rutinaria. Encontrar a quien se parece quién y atribuirle historias o charlas a lo que acontezca en la noche. Paquito y yo somos perfectos burlones y sinvergüenzas. Jugamos a que no nos importan los niños, ni los ancianos, ni el amor, ni los inválidos, ni el futbol, ni lo que digan, ni el rock, ni la cumbia, ni la amistad. Al final redundamos a un golpe de pecho para decir al mismo tiempo: “te pasas de verga loco”. Nos compadecemos en una risotada para volver a empezar el loop de burla cotidiana y etílica.

Después de un par de cervezas boca abajo en la cubeta, ya le habíamos asignado el mote de Jack Black  a un extraño chaparro regordete, con barba desaliñada. Le enseñaba sus pechos a la banda y bailaba. Se llevaba los dedos a la boca y se acariciaba sus pezones peludos, mientras le movía la lengua lascivamente al vocalista. Luego bailaba más. Se acomodaba su cola de caballo y bebía de un tarro de diez onzas. La banda reía mientras ejecutaban, parecían ser amigos.

A un adolescente tardío que rondaba entre las mesas y se paraba frente a la banda para que lo vieran cantar, lo bautizamos rapidísimo como Pacha Mama Warrior, por un collar enormísimo de arte huichol que desde su cuello le rozaba la cintura. Los ojos achinados y cansados de tanto cannabis le delataban el vicio. Y bailaba en vals un reggae, al lado de Jack Black y luego volvía a su mesa contoneando sus enormes expansiones en las orejas y un gorrito le cubría la maraña de sus greñas ¡Gorro! sí, a treinta y dos grados centígrados.

Nos susurrábamos: mira mira, apúrate, ya está bailando otra vez el Jack, ahi viene el Pacha Mama, se anda luciendo el loco. Y así entre la broma y la cerveza y otro cigarrito. Yo intentaba conectar una mirada con una morra que nunca me vio. Porque estaba justo detrás de mí. Sólo la vi de frente una ocasión que fui a mear y ni siquiera me di cuenta cuando se fue con todo el séquito que la acompañaba. Ya será en otra ocasión o nunca. Mejor nunca.

Paquito se ríe y avienta mensajes por su celular a la cajera. Y la saluda desde la mesa con tremenda sonrisa, a Paquito también le vale madre si son casadas, con novio, con hijos, con novia, disléxicas o priístas; tira el anzuelo. Además la morra, en su labor de cobrar alterna poniendo los videos musicales mientras la banda descansa. Pedimos cumbias sólo para que nos las nieguen. Acá unicamente se reproduce rock y todas sus variantes. Luego hacemos nuestra lista servilletera para que nos complazcan unas rolas.

Todo marcha. A la cubeta le quedan aún dos cervezas y el mesero viene a ponerles más hielo. Prendo un cigarro más. Paquito me hace segunda y echamos humo. Y volvemos a burlarnos de nuestros ya bautizados. Sin pretenderlo mucho, buscamos entre las mesas otra cara graciosa, algo que nos libere de la parquedad de la costumbre. Un chispazo burlesco que nos quite la condena de esa canción de Extremoduro que sin quererlo se hace soundtrack: Salir, beber, el rollo de siempre…

Las mesas en London Pub son mesas flacas, altas, de base redondita. Sillones a los costados con mesas bajitas y las luces se mantienen a la media. Huele a alitas de pollo, a cerveza derramada y a todos los perfumes que van y vienen. A cigarro y a cloro. A culo. A noche de jueves.

Estábamos en una mesa cerca de la entrada. Hablando de nada, cuando miro entrar a un sujeto lleno de luz para hacerlo trizas a murmullos, un ente fresco para reavivar la bebereca. Usa sandalias y los pies parecen de buzo; un shorts a cuadros, una camiseta Armani y una gorra Gucci que lucen tan chinas, como la decoración del lugar. Al mero estilo italiano, pero tropical. Los ojos le saltan hacia afuera, pero con sus cejas delgadas hace un gesto de enojo. Sus dientes grandes le achicaban la boca y le impiden cerrarla. Entró como sheriff buscando un ladrón. Yo me perdía en ese espectáculo de extraña egolatría que ya me estaba saboreando. El cigarro se me consumía en la boca y pude ver debajo de su ojo izquierdo una mancha que lo marcaba aún más como estereotipo de chico malo. Pero gracioso.

Wacha, ese vato. Le dicen El Sicario. Le digo a Paquito. Se lo digo despacio, como si lo conociera, al Sicario. Y se lo señalo con la mirada. Apenas lo ve y la carcajada le sale del fondo ¡El Malasangre! grita Paquito. Empiezo a reír también y añado: ¡El Cicatriz! Reventando en una risa brusca. Me ahogo. Pinche cigarro. Malasangre, como se le quedaría por el resto de la noche, saluda a los músicos y habla fuerte, llama la atención y camina hasta una mesa como pavorreal, justo al lado del escenario.

Le llevan una cubeta llena de cervezas. A su lado se acomodan el vocalista de la banda y el bajista. Luego se acerca un tipo que estaba en otra mesa. Llenan la mesita y antes de sentarse, Malasangre le da órdenes al mesero como si fuera el capataz de una hacienda y el mesero un peón. Se va el peón/mesero, Malasangre se acomoda en la silla y le cuelgan los pies. Parece un pequeño niño maleducado. Lo vemos reír desde lejos con sus invitados y reímos también. Nos vemos a la cara, Paquito y yo. ¿Quién es ese vato? le pregunto sin esperar ninguna respuesta. Es el Malasangre. Me dice con una solemnidad de miedo y volvemos a reír.

En el escenario ya está soplando un trombón y suena una rola de los Fabulosos Cadillacs, música de bar. Las de cajón. Desde las mesas se grita: matador, matador… En nuestra mesa nos limitamos a escuchar y a ver lo que nos circunda. Pedimos otra cubeta porque es temprano y no hay que dejar que se seque la boca. Chocamos puños, sin razón. Llega la cubeta y nos destapan dos cervezas más y las luces de colores que se mueven desde arriba de la tarima de la banda, se reflejan en los cuellos de las ocho botellas ámbar sobrantes. Salud pues.

Veo entrar a un señor grande, se mueve al ritmo de la batería. Ahora suena algo caribeño, una canción que dice algo sobre estar en el mar. El don trae un casco de motociclista en la mano y saluda a los meseros, al gerente, parece amigo del lugar. Luego de pasar la mano y conversaciones rápidas se acerca a la mesa de Malasangre. Saluda y le saludan. Mira curioso sobre sus hombros; gira para ver bailar a Jack Black y a Pacha Mama Warrior que hacen de las suyas frente a la banda. Camina hacia Pacha Mama y le ve los agujeros en las orejas como quien ve algo que no conoce. Hace cara de dolor y sin pedir permiso, mete un dedo en la expansión. Pacha Mama se ríe y este señor simpático le hace una mueca de aprobación y vuelve a la mesa. Hay un espacio para él porque los músicos están sonando, pero no se sienta. Se mantiene de pie y mientras dice algo en la oreja de Malasangre toma una cerveza. Paquito está con el mundo reducido a su celular y no tengo pena en observar lo que pasa. Veo el requinto del guitarrista y veo la mirada de Malasangre sobre la cerveza que tomó el señor recién llegado. Imagino que ha venido a beber gratis, lo intuyo aún más por la manera en que tomó un cigarro de una cajetilla que uno de los músicos había dejado en la mesa. Lo enciende y baila un poco. Le pica una costilla al otro acompañante de Malasangre. Al parecer es un bromista imparable. Veo que Malasangre le dice algo de mal genio, no puedo escuchar qué platican, pero me sorprendo y le pongo atención a sus rostros. De inmediato sueltan los dos una risa cómplice. Supongo que se conocen.

Intento ignorar de una vez lo que pasa de aquel lado. Voy de nuevo al baño. Que loco, pusieron en los lavamanos desodorante y gel para el cabello. Estos bares modernos. No me lavo las manos y salgo. Recién se acaba una rola. De camino a mi mesa un señor grita con sus manos rodeando su boca: ¡Una de los Caifanes! ¡La célula que es puta! ¡La célula que es puta! Pinchi raza, pienso. Reviso los cigarros que quedan. Aún rinden. Saco uno y le ofrezco a Paquito. Dice que no pero estira la mano para coger el tabaco. Pinche borracho cochino, le digo y le doy lumbre y luego prendo el mío. El bar está en ese momento tranquilo que antecede el baile de una pareja emborrachada, de la retirada de los oficinistas y a la espera de los que buscan guerra.

Mis parpadeos son más extensos ahora y la ceniza se acumula en mi cigarro. Paquito ya trae un ojo gacho y lanzamos miradas al azar alrededor del bar. En complicidad sé, que busca con qué seguir conversando. A quien mutilar a base de estupideces. Una rola se está acabando con la improvisación de todos: algarabía de platillos, requinto apresurado, el bajo en agudos. Celebran un par, levantando las botellas desde sus mesas. Vitorean. Se oyen choques de botellas y desde la mesa de Malasangre una discusión nace. Se va silenciando la música y sube de tono el enfrentamiento boca a boca entre Malasangre y el señor simpático y gorrón. Le doy un codazo en las costillas a Paquito para que ponga atención y nos convertimos en público. Estamos en ring side y al parecer algo va a pasar, o no. Me apuro a encender un cigarro y no había saboreado tanto en toda la noche la primera bocanada de un Lucky Strike.

¿Bueno qué quieres a la verga pues? Le grita Malasangre, abriendo los brazos como el águila, poniéndose a la altura. Este señor es un tronco y voltea a sus espaldas antes de responderle que todo está tranquilo, que él solo estaba jugando. Que se calme. “¡No! ¡Ni madres!, te voy a reventar compa, pa’ que se te quite lo colero”. Y explota entonces una botella en los pies del hombre, vidrios verdes y restos de cerveza. La gente empieza a desplegarse y una mujer grita que los calmen, que los saquen, que no es lugar para eso. Paquito y yo nos reímos de nervios y nos vemos a los ojos emocionados. Queremos ver chingazos. Nos abrazamos de hombros y seguimos viendo la reyerta. Un mesero habla en voz baja con nuestro Malasangre y lo sostiene de un brazo, es el gallo al que le estamos apostando. Le tenemos fe. El señor, ofendido, le intenta explicar a los de la mesa de junto que él estaba platicando normal, que no sabe qué le ocurrió de pronto a su amigo. Porque alega que son amigos y que hace mucho se conocen.

Malasangre entonces se desprende del mesero y ahora en mi cabeza todo pasa muy lento. Desde su figura pequeña y malhumorada, salta brutal sobre el tronco de señor que no esperaba la sorpresa, con los dos brazos lo aprieta tan fuerte hasta que lo pone en el suelo. El señor parece ceder y muy despacio le dice que se calme. Malasangre se ha convertido en lo que inventábamos en nuestra mente burlona. Lo somete en el suelo y este señor le repite muy despacio: “cálmate, cálmate por favor, ya cálmate, cálmate, cálmate ya…” Paquito y yo ya no reímos pero ni nosotros ni nadie intenta detener la pelea. Malasangre se pone de pie en un salto lleno de ira aplasta con los dos pies el pecho de este señor, tan fuerte que del impacto su cráneo golpea fuertísimo contra el suelo. Y su boca se abre tan grande como si ni una pizca de aire hubiera quedado dentro de sus pulmones. En un movimiento apresurado toma el casco del simpático señor que yacía desmayado. Estrella contra su rostro el casco redondo, no lo veo. Escucho tres golpes más. Bueno no. Escucho tres veces gritos de todos, juro que cada grito es un golpe a dos manos de Malasangre.

Un río rojo que corre por el suelo del bar nos acompaña hasta la puerta.

Yo lo miré, dijo Paquito.

No pude verlo tampoco a la cara, le hice una seña con mi mano y crucé la calle para tomar un taxi.

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