Macario: una película mexicana convertida en clásico del cine mundial  

Luis Álvarez Beltrán 

  El cine es una de las bellas artes con más penetración transcultural gracias al favor de la televisión que permite llevar a todas latitudes una obra realizada desde cualquier punto del planeta. Esto tiene que ver con que el cine es una de las industrias estratégicas más fuertes e importantes de los Estados Unidos para conquistar mercados y para lograr una influencia cultural y comercial en todos los países del mundo a través de lo que conocemos como Hollywood, área californiana sede de los estudios donde se potencia esta fábrica de sueños y dinero. En pocas palabras, la globalización le ha permitido al séptimo arte ser llevado a todos los rincones del planeta de manera irrestricta y esto hace que el buen cine internacional sea detectado en los cinco continentes y tenga la posibilidad de ser apreciado, admirado y disfrutado por todas las razas y ciudadanías del orbe, todo esto también gracias a las técnicas del doblaje del idioma o la subtitulación de los diálogos.

            Así las cosas, Macario (1960) película dirigida por Roberto Gavaldón, con fotografía del genio Gabriel Figueroa y musicalizada por Raúl Lavista, es considerada una obra de arte mexicana para el mundo. Filmada hace 60 años en los preciosos escenarios naturales de las Lagunas de Zempoala y las Grutas de Cacahuamilpa, esta joya del cine mexicano presenta virtudes artísticas por donde quiera que se le mire: La prodigiosa actuación de Ignacio López Tarso como el indio Macario lo proyecta como uno de los personajes más icónicos de la Época de Oro del cine nacional; pero en adición, Pina Pellicer, Enrique Lucero y el resto del elenco hacen un trabajo no sólo convincente sino firme y solvente. La gran veta de esta historia es, como todos lo saben, el guion de la película. Con una adaptación del talentoso dramaturgo Emilio Carballido, la cinta está basada en un cuento del alemán B. Traven, escritor célebre por el registro múltiple y profundo de la vida de los campesinos y de los indígenas del sur de México, a partir de obras como Canasta de cuentos mexicanosLa rebelión de los colgados, y muchos cuentos y novelas más, Macario integra elementos de cuentos de la literatura clásica mundial con las características propias de la cultura mexicana acerca de un elemento universal por antonomasia: La muerte.

            Si el arte se vale de elementos aglutinantes de la condición humana para dedicar su creación a cualquier habitante del planeta sin distinción de raza o condición, Macario tiene el acierto de indagar acerca del misterio más insondable de la vida, es decir su antítesis, la muerte. En el aciago derrotero humano de tratar de vencer su destino, prolongarlo o cambiarlo, la inquietud del ser humano con respecto a ese hecho perentorio abarca a todas las culturas y todas ellas, a lo largo de épocas enteras, han interpretado, visualizado, venerado y tratado a la muerte (como otra forma de celebrar la vida) de distintas maneras y con narrativas, ritos y ceremonias del más variado estilo y simbolismo, enriqueciendo y acrecentando aún más su halo y su significado (el cual persiste, no obstante, invariable).

            Pero Macario va más allá del trato ficticio del misterio de la muerte, porque la historia retrata una época precisa de nuestra nación, la época de la Colonia, cuando geográficamente éramos un país (un territorio al menos) superlativamente inmenso y nuestro nombre se reconocía como Nueva España. De ahí que la trama tenga que ver con elementos históricos particulares, como el catolicismo como condición social universal y unívoca para los mexicanos (según lo proyecta la película) y la existencia del llamado Santo Oficio o Tribunal de la Santa Inquisición, que se vuelve parte determinante de este cuento cinematográfico. Estos componentes fundamentales de la obra hablan de la recreación de un tiempo, una cultura, una relación de clases sociales, una lógica sociológica concretada en la pobreza de los indígenas y campesinos que de hecho se prolongó todo a lo largo de los siguientes dos siglos, que hacen que la película ofrezca también un aporte didáctico respecto de la historia de México, con aspectos totalmente distintos a los actuales; pero con temas puntuales que aún persisten como asignaturas pendientes de la agenda nacional o como rezagos en nuestro desarrollo como cultura y como sociedad.

            Macario narra la historia de un humilde leñador que junto a su esposa, que a su vez trabaja como costurera y lavandera de un señor hacendado, tienen una familia de cinco hijos con constantes problemas para completar el pan de cada día. En sus oraciones, antes de cada comida, Macario se limita a agradecer a Dios el pan y pide el pan del mañana como si no existiera en su mente otro pensamiento; de eso van sus oraciones nada más. Los niños se pelean por el plato y las raciones y, al verlos en su desesperación, Macario les ofrece lo suyo y se queda sin comer. Macario es fuerte y resistente lo mismo que su esposa. Sus sencillas vidas tienen que ver con el trabajo diario y con la obediencia a un Dios que les han enseñado bueno y que les dicta sacrificio. Pero los sentidos aquejan a Macario y su ancestral hambre se convierte en envilecimiento contra la existencia y sueña con devorar un pavo, un guajolote, como catarsis de una vida que no le da respiro ni le ofrece ningún cambio de suerte en el tiempo por venir. Sus hijos seguirán siendo niños durante muchos años. Entonces su esposa roba un guajolote a su patrón y le cumple su sueño: Cuando Macario sale a trabajar al siguiente día, su esposa le envuelve un pavo preparado para él solo para que se lo lleve al bosque y se lo coma allá, en lo que va y corta leña para vender en la panadería.

            El relato que abre el interés y la inquietud que permanecerá hasta el final de la película deriva de la disposición de ese inmenso y sabroso pavo que Macario ha de degustar como momento cumbre de su vida, sinónimo de libertad, de abundancia, de saciedad, de satisfacción y de placer físico, de triunfo y de poder sobre una cuestión que lo ha aminorado siempre: ¿Qué si tengo hambre? Hambre es lo único que he tenido en mi vida…. reza una línea capital del filme.

            En el acto acariciado de la final y antojadiza devoración del pavo en un rincón del bosque, a Macario se le parecen tres fundamentales personajes que, por igual, le pedirán de comer, que les comparta de su guajolote: El Diablo, Dios y La Muerte. La fascinación natural que tenemos por las historias literarias, las leyendas, los mitos, en los que vislumbramos la resolución o una visión fuerte y emociónate sobre aquello que ignoramos, sobre aquello que no tiene explicación, aquello que tan fuertemente nos llama la atención en el sentido de que tiene que ver con nosotros, de que prospecta un poder más allá de lo humano, todo ese cuerpo de motivaciones relativas a algo tan grande y tan insondable como el poder sobre la muerte, es lo que nos ofrece esta extraordinaria historia donde un hombre común tiene enfrente de sí la posibilidad de hacer el bien mayor. Salvar vidas. Vencer a la muerte.

            En el curso de los acontecimientos, en que el indígena Macario y su familia viven un cambio de 180 grados en sus vidas y el empoderado personaje se convierte en alguien conocido, un héroe popular, un taumaturgo surgido de la nada, admirado, rico y afortunado, otros factores de la personalidad intervienen en la trama que logran que el espectador constantemente no sólo se identifiquen con el personaje sino que vive al mismo tiempo los mismos dilemas que enfrenta el humilde varón respecto de la explotación de un favor que no suponía afanes de enriquecimiento. En ese punto de la cinta aparece el ojo y el dedo social, el juicio, el escarnio, la mala voluntad, la política de la institución que celosamente vigila el orden establecido y desde luego los intereses que se miran en juego.

            Todo el conjunto de la historia, todos los elementos narrativos que intervienen, un sublime final propio sólo de los grandes trabajos, donde queda a interpretación del público ese silencio fino de los desenlaces y las conclusiones, convierten a Macario en la gran obra maestra que se ha mantenido como un regalo para disfrute de los mexicanos a lo largo de más de medio siglo, y como propuesta narrativa su riqueza sigue tan vigente como el primer día.

            La Dirección de Cultura del H. Ayuntamiento de Caborca se ha dado a la tarea de ofrecer esta y otras películas de clase mundial en un servicio a la comunidad, serie que se ha nombrado CINE CLUB CULTURAL proyectando al aire libre todos los miércoles de octubre a las 7:00pm en el Museo Histórico y Etnográfico de Caborca, como parte de la oferta de productos y servicios culturales gratuitos para el público de Caborca y la región. Esperamos su asistencia para que disfruten de esta y otras joyas del cine mexicano y mundial.

https://www.youtube.com/watch?v=f-0QWddgPMc

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