Los relámpagos de agosto

Ramón I. Martínez

Este 2018 se cumplen 35 años de la muerte de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928- Madrid, 1983). Aclamado unánimemente por la crítica, sigue vigente en las reediciones de su obra y en las adaptaciones cinematográficas de su obra, amén de su magistral manejo de la ironía.

Los relámpagos de agosto (1964) fue su primer novela, editada originalmente en Serie del volador, la cualle hizo merecedor del Premio Casa de las Américas. Su obra abarca novelas, cuentos, obras de teatro, artículos periodísticos y relatos infantiles. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim.

La novela referida está narrada en primera persona por el Gral. de División José Guadalupe Arroyo, personaje en torno al cual gira toda la narración. En el “Prólogo” dice el General: “El único responsable del libro y del título (el cual le parece soez) es Jorge Ibargüengoitia, un individuo que se dice escritor mexicano. Sirva, sin embargo, el cartapacio que esto prologa, para deshacer algunos malentendidos, confundir a algunos calumniadores y poner los puntos sobre las íes sobre lo que piensan de mí los que hayan leído las Memorias del Gordo Artajo, las declaraciones que hizo al Heraldo de Nuevo León el malagradecido de Germán Trenza, y sobre todo, la Nefasta Leyenda que acerca de la Revolución del 29 tejió (…) el desgraciado de Vidal Sánchez”. Es una narración con personajes y acontecimientos completamente ficticios aunque inspirada en los hechos históricos de la Revolución Constitucionalista de 1913. No por nada finaliza esta obra con una “Nota explicativa para los ignorantes en materia de Historia de México”, donde el autor deja ver su fina ironía.

La ficción comienza desde la dedicatoria de la novela:

A Matilde, mi compañera de tantos años, espejo de mujer mexicana, que supo sobrellevar con la sonrisa en los labios el cáliz amargo que significa ser esposa de un hombre íntegro.

Gral. de División José Guadalupe Arroyo

A lo largo de la novela se reitera en el autoelogio en múltiples formas, “elogio en boca propia, vituperio”, suele decir el dicho popular y es irónico que la voz narrativa en muchas ocasiones recurre a la autoalabanza.  Como en la página 11:

“… en cuanto al puesto de Secretario Particular de la Presidencia de la República, me lo ofrecieron en consideración de mis méritos personales, entre los cuales se cuentan mi refinada educación que siempre causa admiración y envidia, mi honradez a toda prueba, que en ocasiones llegó a acarrearme dificultades con la Policía, mi inteligencia despierta, y sobre todo, mi simpatía personal, que para muchas personas envidiosas resulta insoportable.”

Como dice en la citada “Nota…” final refiriéndose a los generales revolucionarios: “Estos fueron, como quien dice, los padres de una nueva casta militar cuya principal preocupación, entre 1915 y 1930, fue la de autoaniquilarse”. Estas guerras intestinas y crímenes se ven reflejadas en las jocosas aventuras del general Arroyo. Es el reverso humorístico de la novela de la Revolución mexicana.

Leave a reply