Los recuerdos y los discursos son una caja de galletas

 

Bruno Herley

Camino y pienso en el pasado, lo mejor que eran aquellos tiempos, aunque en aquellos tiempos uno ni en cuenta. Tal vez sean los sexenios que tengo de edad, o el extrañar la frescura de los veinte o treinta, cuando cualquier desfiguro era levemente soportable. El ambiente pastoso del clima helado y el canto de los pájaros en los árboles, ayudan a rebobinar la memoria. Cargo con los recuerdos como si mi cabeza fuera una cajita de galletas donde uno guarda cuanto cachivache encuentra y ahí los deposita, esperando hallar su utilidad con el tiempo. Entre todo eso —qué jodidez la mía— repaso los discursos de los gobernantes pasados: el vacío de sus palabras tratando de ser apuntaladas con un rostro serio y solemne, la manía de cruzar temas para tirar piedras a diestra y siniestra. En aquellos sexenios entendíamos los discursos burocráticos a partir de invertir los valores de estos, su carga ideológica eran frases de un libro de macroeconomía, pero los discursos no solo son palabras, también son detalles, como aquella vez que Felipe Calderón salió vestido con chamarra verde olivo y gorra militar, algunos lo sospechaban, otros no: la guerra contra el narcotráfico ya estaba en curso, uno de sus eslabones, el Chapo Guzmán, acaba de ser sentenciado ayer a cadena perpetua en Nueva York. Hoy, en el nuevo gobierno, los discursos por parte del presidente suelen estar llenos de palabras chabacanas —recuerdo aquella de machuchón, pronunciadoa por AMLO en un aeropuerto—, lugares comunes para que la gente se sienta cómoda y en sentido aspiracional, además que articula todo como si fuera un papá, con sus valores buenos y malos, ello reforzado con la cercanía tipo rockstar que el mandatario mantiene con la gente.

Sigo caminando y veo los anuncios de los negocios, parecen diseñados para que uno no los tome en cuenta, una bocina ruidosa a la entrada de una vulcanizadora solo sirve para mirar al encargado con su cara de enfado mientras ruega a Dios por una llanta ponchada. La sensación que se tiene de los discursos políticos es la misma. Con los años las personas nos volvemos rancios y duros, sin embargo, por las circunstancias económicas, conservamos cierta candidez, de ahí nace la fe en donde cualquier discurso endulzado hace su nido.

Casi llego a mi punto de retorno, el tráfico en la calle es pesado, es la hora pico, algunos rostros en los carros lucen desencajados, otros inexpresivos, otros más con la luz azul de la pantalla de sus celulares, cada uno lleva su propio discurso y lo expresan con la forma de manejar y el claxon, con sus manos sobre el volante. Frente a mí, los otros transeúntes acarrean sus propias formas de enunciar lo que son, traen audífonos, la vista al piso o altiva, los pasos ágiles o lentos; al final somos anuncios de nosotros mismos, disertaciones que tratan de decirle al otro el cómo nos sentimos o somos.

Vuelvo a casa y llega un recuerdo, pongo Spotify para enmarcarlo y sonrío, tal vez alguien me vea y piense que hablo por teléfono y alguna broma o buena noticia recibí. El recuerdo es de aquella chava a quien pretendía y que, al quedarnos solos por primera vez, traté de cortejarla, pero, antes de declarar mis intenciones, dijo no tener miedo quedarse sola conmigo porque, según ella, yo era gay. Cuando le pregunté qué la hacía pensar eso, lo justificó diciendo que yo mantenida una amistad muy cercana con un homosexual. El discurso, como la identidad, al final depende de los otros.

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

Leave a reply