Los nombres allí, en esa espuma sobre la arena

El cuerpo es el paisaje más sublime de todos. Ilustración de Clotilde López

L. Carlos Sánchez

Hace poco fui al mar. Mi madre estaba allí. Con sus manos niñas seleccionaba piedras. La textura y los colores seducían sus sueños. La miraba a lo lejos y su cuerpo se transformaba en arena.

La mar y su inmensidad me hizo evocar lo frágil de la existencia. Se me vinieron a la mente los quebrantos de los días, la vulnerabilidad de los nombres que somos y esa manera incomprensible de un día ya no estar.

Somos analogía de las olas. Un instante que deseamos eternizar. Porque la vida es júbilo en la luz de la mirada. Las sonrisas que nos abrazan, los motivos para el deseo de permanecer.

Mi madre con sus manos recogiendo piedras, volviendo una y otra vez a su infancia decomisada por los gritos de la crueldad. Vino al mar para saldar cierta dosis de las cuentas pendientes.

Estaba allí.  Yo acudiendo al oleaje de su vientre, de cuando su panza fue mi casa. El arrojo luego al que he llamado vida con mis pasos inciertos una y otra vez. La arena en sus manos, la espuma en su mirada. La concentración de esos ojos extraviados en los recuerdos.

Pude ver a mi madre bajo un sol pleno, lejos de la perturbación de esas voces abyectas que sistemáticamente le minaron la inocencia. Pude entonces cuestionarme, o no es que haya podido, los cuestionamientos se me vinieron como un estruendo desde la brisa, el paisaje colorido que cobra la factura: ¿acaso merezco este instante? Mi madre a mi lado, algo no muy común en mi vida.

La pregunta más insistente fue, como cuchillo en los costados, ¿dónde están esos seres que como espuma desaparecieron? Uno a uno en el recuerdo los miré, como en un desfile. Entonces él apareció. Lo vi volar, como cuando jugábamos futbol en el vado del río. Al Arpa que es el Jorge, se lo tragó un día la tierra. Lo recuerdo clarito con su dedo mocho, el accidente de cuando se enredó con el aro en el poste donde colgábamos la red.

¿Qué habrá sido del Gaby, el hijo de la Olga? Tampoco ha regresado. Las jaulas donde criaba gallos son ahora solo un pasaje en la memoria. ¿Y el July? La última vez que lo vi fue en el pasillo frontal del Hospital General. Traía ya la mirada extraviada, quien sabe si de hambre o desolación. El caso es que no lo he vuelto a ver, ni su familia sabe nada de él.

Los nombres allí, en esa espuma sobre la arena. El acto prodigioso y perfecto de un sonido que dice versos de un poema también inconcluso. Como la vida de ellos, a quienes no dejamos de nombrar.

Miré a mi madre y en el discurso de su silencio me desagarró la premonición de su angustia. ¿Qué sería de ella si el mar me tragara para siempre? Entonces las voces progenitoras se me vertieron desde la onomatopeya de las gaviotas.

Uno a uno escuché desde ellas los nombres de los extraviados. En cada nombramiento como pase de lista un cuchillo devoraba mi lengua, mutilaba mis manos, la desintegración de mi cuerpo al saber y sentir que, al llevarse uno, nos cercenan el alma a todos.

Porque somos los hijos una extensión de la vida de nuestras madres. Y ante el extravío un dolor punzante ahoga constantemente, las palabras se vuelven imploración, quizá un rosario que se dice desde el subconsciente.

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