Los cerrros

 

Mina Ontiveros

La cabeza y el cuerpo de un elefante, el rostro de un apache, unos senos de mujer, un cóndor, el cuerpo de una bella durmiente: son formas que nuestro cerebro encuentra o completa en los perfiles de cerros y montañas. El cerebro tiende a identificar formas y patrones derivado de nuestro equipaje evolutivo: al discernir el rostro sonriente de la madre, el bebé en el regazo le regresa la sonrisa, reforzando una corriente de empatía. Esa propiedad de nuestra percepción tiende a identificar rostros en primer lugar. Es un mecanismo de adaptación que garantiza la supervivencia de la especie.

Hay muchos ejemplos de esa propensión: la cara del hombre que vemos en la Luna, el hombre de las montañas en Franconia Notch, la mujer dormida en el Iztaccíhuatl en México, la cara de diablo en Carolina del Norte.

Diego Rivera comentaba (en una visita que hizo a María Félix en Álamos) que las siluetas de los cerros del pueblo y sus alrededores tenían formas muy caprichosas. Y sí, en Sonora como en otras partes del mundo hay formas que nuestro cerebro sintetiza buscando rostros, siluetas de animales, etcétera.

Pero no sólo buscamos formas en las montañas, también lo hacemos —aunque efímeramente— en las nubes. Hace poco observé entre las nubes las siluetas de unos jinetes cabalgando. Hay gente que ha visto perros, gatos… el rostro de Cristo o de alguna virgen. Curiosamente cuando son nubes muy grises y de madrugada, nuestro cerebro registra rostros de personas y animales siniestros.

Por la Carretera Internacional México 15 se observa, antes de llegar a Guaymas, el cerro del Boca abierta, es un perfil de nariz redonda, boca de abertura tan dilatada que invita a un obligado bostezo.

Pasando Guaymas está un cúmulo de piedras bellamente acomodadas de manera natural: un cóndor. Su cuerpo encorvado, su cabeza y pico inconfundibles.

Kilómetros más, antes de Hermosillo, está un elefante de perfil, echado. Su enorme cuerpo, su cabeza, sus orejas y su ojo izquierdo.

Quince kilómetros antes de llegar a Hermosillo aparecen delineados unos senos de mujer. Al recorrer la vista hacia abajo: un perfecto vientre.

He visto en algún cerro que en su meseta forma la silueta de un pene y a muchos kilómetros de distancia, la mano de alguna fémina aparentemente lo toca ¡gracias a la magia de la perspectiva alterada en la foto!

De pequeña viví en las faldas de un cerro, y aunque la cercanía y el hecho de estar plagado de casas no permitía apreciar sus formas, era notoria su cima de picacho y en ella una enorme pila de agua potable. La gente decía que dentro había un cuerpo… que tomábamos agua de muerto lavado. Siempre lo consideré leyenda urbana. A un costado había otro cerro y hasta arriba una gran tumba de piedras con una cruz de madera que decía: aquí yacen los restos de Tita Gómez. El día de muertos los muchachos del barrio le llevábamos ofrendas y armábamos una buena velada. ¡La Tita, feliz!

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