Lo ojos de mi tío josé

Carlos Sánchez

Prendíamos la televisión. En blanco y negro, de bulbos. La pantalla ovalada se llenaba con la capa blanca sobre la espalda del luchador. Empezaba la función y había palomitas. Los ojos de mi tío José, también blancos, permanecían plenos de emoción.

Era la hora en que la luz de la tarde se apagaba. Esperábamos pacientes el instante de la voz a través de la bocina narrando las peripecias de nuestro ídolo. Mientras el día llenaba su reloj mi tío José contaba sus años de juventud. Dibujaba con sus manos en el viento las acciones, sus habilidades para masajear los músculos de ese luchador que veíamos en películas sabatinas.

Contaba incesante cómo llegó a esa arena. Fue por accidente, en los años sesenta, en un viaje a la Universidad de México y a la escuela de Medicina. Mi tío nació con un problema en la vista, y en ese tiempo se practicaría la primera operación de pupila, sin bisturí. Necesitaban los estudiantes un voluntario que prestara su problema para resolverlo. A mi tío le pagaron el viaje, le ofrecieron hospedaje y alimentación. Fue la primera y única vez que viajó en avión, viendo el cielo como sombra y hacia abajo.

Antes de ir a la operación, él veía difuso los cuerpos de sus familiares. Distinguía a cada uno de ellos por las medidas de las figuras. Sabía quién era su hermano, quién su sobrino.

Con un palo de ciego caminaba la ciudad, atravesaba el río que dividía la casa de nosotros los hijos de su hermana. Llegaba puntual cada fin de semana para contarnos sus historias de mujeres prohibidas. También el dolor de esa dama que se extravió un día y de la cual nunca supo más.

No cesaba, con sus maratones de historias, en reiterar esa de su trabajo en la arena. Recordaba que una vez malograda la operación de sus ojos, y en la desgracia de caminar ya solo y sin dinero para su pasaje de regreso, porque los alumnos, maestros y directivos de la universidad lo dejaron al garete, no tuvo más opción, y ya sin ver ni siquiera formas de cuerpos difusos, caminó guiado por las paredes de los edificios del Distrito Federal, buscando adónde ir, sin saber adónde llegar.

Tropezó entonces, en eso de sus caminatas y alzando la voz para pedir un peso y completar para comer, con la arena México. Dios que es misericordioso –argumentaba mi tío-, hizo que ese tropiezo con los escalones a la entrada, donde perdió dos dientes y obtuvo esa cicatriz bajo la ceja izquierda, iluminó su vida para que los médicos del recinto de lucha libre lo ingresaran al área de enfermería. Allí le dieron sutura en la herida, le ofrecieron también una cama y alimentos mientras se recuperaba.

Tenía en ese cuarto pequeño una radio, sábanas limpias, un baño y la puntualidad de la comida. A medida que se recuperaba de su salud un temblor en el cuerpo le llenaba de angustia, sabía que en cualquier momento debía regresar a la calle, a buscar la vida en otro lado.

Sucedió otra vez la misericordia, un día en que la multitud no dejaba de gritar el nombre de su ídolo, Santo, Santo, enmascarado de plata, después de vencer éste al Cavernario en una batalla épica, la cual mi tío presenció con los oídos puestos en el radio y los gritos de los fanáticos dentro de la arena.

El Santo estaba ofuscado, y recuerda el tío, que incluso al atravesar la puerta de ese cuarto donde él vivía, pudo sentir mediante la cercanía, el temblor en el cuerpo del luchador.

No había manera de librarse de las exigencias de los espectadores. Se amontonaban en el área de vestidores, tocaban la puerta, querían todos verlo, besarlo, pedirle un autógrafo. El Santo se sintió acorralado. La desesperación le llenó los ojos de incertidumbre. Tuvo entonces la idea de entrar al cuarto de enfermería.

Mi tío, que aprendió bien el arte de la conversación, dijo que no habiendo más personas que ellos dos en el cuarto, y sabiendo la necesidad de tranquilizar al Santo, le propuso cederle su cama. El luchador aceptó, mi tío entonces lo fue llevando con palabras como música de agua en un río, hacia la tranquilidad. La respiración a conciencia y el aceite de rosas no falla, según le inculcó su madre, la abuela de todos, quien desde niño le enseñó a frotar la piel, los músculos, para proveer de remedios contra el estrés a los afligidos.

Puso entonces entre la punta de sus dedos un poco del líquido infalible, el Santo se entregó a la sugerencia de mi tío, acomodó su pecho contra el colchón, ofreció la espalda al viento y a las yemas de su aliado, pudo entonces entrar en un sueño profundo.

Que no creen lo que les digo, irrumpía el tío con enojo al escuchar alguna sonrisa escapándose de nuestros labios. Y nos pedía entonces que observáramos bien la espalda del luchador, indicaba que analizáramos el hombro izquierdo y a pocos centímetros de allí descubrir un círculo amoratado, mancha perpetua que le dejó el Cavernario con sus dientes en ese día del tumulto acosando al ídolo.

Los sábados de película, las historias de mi tío, llegaron a su fin. Dicen que la tristeza lo fue apagando de a poco. El palo de ciego de mi tío feneció, plegado en su regazo tuvo descanso. A mi tío lo llevamos al panteón un día de febrero de 1984. Mientras avanzábamos hacia el camposanto escuchamos en la voz de un voceador, la nota de portada: Santo el enmascarado de plata perdió la máscara ante la muerte.

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