Libros Adentro: Diario de un Ratón de Biblioteca

Luis Álvarez Beltrán

La Biblioteca Pública Municipal de Caborca nació allá por 1985, yo la vi nacer. Es un decir. Cursaba primer grado en la Secundaria Federal 315-21, institución sin nombre pero con un gran busto de bronce de Don Lázaro Cárdenas en el patio central de esa escuela por siempre polvorienta y calurosa. Los edificios de esa escuela y de la biblioteca están contiguos. A mis trece años de edad me importaban poco los libros que no fueran los de texto (Español de Hidolina Moguel, Dinámica de la Vida Social I, pocos otros, yo sé que te acordarás) y el Kalimán que salía los jueves en el puesto de mi voceador favorito, el enemigo de Kalimán en turno era RAMAR, un tipo malo con poderes sobrenaturales que podía leer la mente, en las lejanas tierras del mediano oriente. A mí lo que me importaba era el futbol, mañana tarde y noche, jugar a la pelota solo o con mis amigos, patear la pelota era tan necesario como respirar… Creo haber jugado futbol todos los días desde los seis y probablemente hasta los veinte años de edad, por lo menos era mi pasión principal. Cómo olvidarlo, a mis treces años también conocí, sólo de vista, a una chica de 1ero A, todos los días iba yo a la ventana de su salón a mirarla a los ojos fija e insistentemente, no sé si como un idiota o como un poseso, entonces cuando ella volteaba a verme a mí me daba mucho miedo y huía del lugar como ardilla asustada. Esos ojos negros, esa expresión de calma, inquisitiva sin querer, esa cara de Sarita Montiel a sus doce años, de princesa gitana. Así que eran ella y el futbol, sin importar el orden.

Los libros, en cambio, eran esos objetos que mi padre dejaba a un lado del sofá, a un lado de su cama, en los gabinetes de su carro o junto al periódico en el asiento del pick up, en el librero familiar, sobre la máquina de coser de mi madre, arriba de la mesa en el comedor o sobre cualquier mueble de la inmensa casa de ocho cuartos. Los libros de todos tamaños, colores y sabores. Mi padre no asistió a secundaria pero antes de que muriera mi abuelo, en su lejana juventud, él había optado por tomar los hábitos y eso lo destinaba a leer teología, filosofía, una bola de cosas de la educación escolástica de los seminarios; sin embargo, la obligación de mantener a sus hermanos ante la ausencia del jefe familiar, lo regresó al trabajo. Se convirtió en ayudante de albañil, en primera cuchara, en maestro constructor, en contratista de obras… al paso de los tiempos ingenieros civiles y arquitectos iban a nuestra casa a consultarlo, a preguntarle cómo se hacía tal o cual cosa. Mi padre no estudió mucha escuela pero al paso del tiempo tenía la idea firme de formar un sindicato que defendiera los derechos de los albañiles. Eso supe después. Haber procreado once hijos al lado de mi madre pudo haberle limitado la intención.

Los libros se me atravesaban por la casa en una especie de desorden mágico que hacía que yo sintiera curiosidad por ellos sin realmente atreverme a sumergirme en ellos. Pero ahí estaban las novelas inmortales, Raffles, Los Miserables, El Conde de Montecristo, Crimen y Castigo, Cumbres Borrascosas, Colmillo Blanco, etc… pero no. Lo mío era el futbol. Los Pumas de la UNAM, el Mundial Argentina 78, el Mundial España 82 al que no fuimos pero me lo chuté todo, juego por juego, cuando estaba en tercero de primaria, yo le iba a Italia pero después me dolió la eliminación de Brasil, nuestro mejor representante latinoamericano y su ya larga sequía de títulos mundiales, dónde estaba Pelé, rezaban los cariocas, Zico, Éder y Sócrates no alcanzaban para ganar la Copa… y México 86, el Mundial de nuestra adolescencia, todo el país volcado por el sueño de una selección. Lo mío era el futbol en el barrio y en los campos de futbol los fines de semana. El futbol y ella, sus ojos de niña inteligente y su cabello peinado con cola de caballo y su uniforme rosa, ese amor impoluto que se traduce en miradas al cielo de nubes profusas y en huida y suspiros secretos, silenciosos, que gracias a Dios le hacen a uno callar lo que si se hablara sería una metidota de pata y un ridículo para las épocas.

Conocí la Biblioteca Pública Municipal una de esas centenares de tardes de ocio en que caminaba sin un rumbo fijo antes de esperar la caída del sol para las jugarretas de barrio de futbol con los tenis destrozados y los calcetines apestosos que cuando me los quitaba parecían pararse solos, monolitos del asco y de la peste a decir de mi madre, que era quien los lavaba. Entré a la biblioteca y curioseando descubrí una enciclopedia de futbol. La televisión de mi casa era en blanco y negro. Cuando veía el futbol yo no sabía de qué color eran los uniformes. Italia usaba su camiseta negra en los mundiales de futbol de acuerdo a los colores de mi televisión. La de Holanda era gris y no naranja. La única que era verdaderamente cierta era la de Alemania, porque es blanca y con shorts negros, esa era la única verdad al alcance de mis sentidos; la de Francia era negra, la de España también, la de Brasil era clarita, ni blanca ni negra ni gris, pero yo no podía saber si era café claro o amarilla… mi ignorancia era del tamaño de mi pobreza material. Sólo un amigo de mi barrio tenía televisor a color. Cuando por sorpresa la vi, me quise desmayar maravillado, era domingo y jugaban mis Pumas de la UNAM en Ciudad Universitaria en el Estadio Olímpico contra los Tigres de la UANL, no se hicieron daño, quedaron 0-0… ¿quieres saber el año? 1980. Después todo siguió siendo monocromático como siempre.

El deleite de entrar por primera vez a la Biblioteca Pública Municipal fue encontrar una enciclopedia de futbol de doce tomos con fotos a color de todos los equipos y selecciones del mundo. Ahí vi el naranja de Holanda, la camiseta de fuego de España, el azulgrana de Barcelona cuando jugaba Johan Cruyff… la albiceleste de Argentina, el fracasado tricolor de México, conocí al Ajax de Holanda y al Bayern Munich de Alemania, a la Roma de Italia y vi fotos de Alfredo Di Stefano, Pelé, Georgio Chinaglia, Paolo Rossi, Kempes, Bertoni, Beckenbauer, el austriaco Franz Krankl que era un crack de los 70´s, al escocés Malpas, al inglés Kevin Keegan y  a una bola de otros jugadores que me costaría espacio enumerar. Yo estaba tan perdidamente loco por el futbol y tan perdidamente enamorado de la chica de 1ero A que cuando pensaba en una cosa me olvidaba de la otra. Los hombres tenemos esa incapacidad de pensar y de hacer dos cosas al mismo tiempo. Las mujeres no. No voy a hablar de eso. No quiero hablar de eso.

Cuando la joven bibliotecaria Oralia Ozuna Torres, una mujer alta, de pelo largo y negro y mirada diligente pero no severa, se me acercó para constatar o escudriñar mi buen comportamiento o el raro caso que era yo, embebecido en una enciclopedia y con seis volúmenes apilados para verlos página por página y uno por uno, por increíble que pareciera el cuadro, su voz cuestionadora y su mirada de “no te creo, mozalbete”, me produjo unos nervios y un temblor en la voz que me hizo de veras dudar si yo estaba haciendo algo realmente malo. La cosa no pasó de ahí. Me gustaba el futbol y eso me había llevado a los libros y a la biblioteca. El lugar estaba solo. Había tanto aire en el espacio que yo pensé que podía quedarme ahí cien años y recorrer el universo mientras terminaba de ver la enciclopedia del futbol.

Han pasado ya treinta y tres años. Sigo aquí en el mismo lugar. Aquí está Oralia Ozuna Torres, es la coordinadora de la Biblioteca Pública Municipal, ha tramitado su jubilación pero en estos momentos vuelve a hacer el inventario de los libros que le pide el Inegi año con año. Ella es mi amiga pero ella no se acuerda de la primera vez que estuve aquí. No se acuerda de esa tarde. Yo no trabajo en esta biblioteca, yo soy amigo de esta biblioteca, y también colaborador, un animador de la lectura.

La Biblioteca Pública Municipal como recinto de los libros de Caborca lleva treinta y tres años en operación. Usuarios entran y salen cada día. Es un lugar que palpita, que respira, que ruge la superación de los chicos que aquí entran a trabajar tareas, lectura, carne de estudio y de conocimiento que es el papel y las pantallas de internet.

En los treinta y tres años que pasaron cierta historia de amor se escribió entre aquella chica de primero de secundaria y yo, nada que se pueda contar, salvo que el corazón iba de por medio, nada más. Entré a la prepa y el profesor de literatura me obligó a leer algo que no fuera de futbol ni Kalimán. Ahí comenzó todo: El Vago de la Alameda, de José Pérez Chowell, La Vorágine, de José Eustaquio Rivera, La Metamorfosis de Kafka, las novelas históricas de Taylor Caldwell… y mi papá murió de cáncer en el páncreas y me heredó dos cosas, una biblioteca familiar desparramada y sin mueble y el amor por los libros. Estudié economía para saber cómo funciona el mundo y aprendí cómo funciona el mundo pero no las personas, así que mi vida se volvió más o menos un indefinido desmadre y lo único que permanecía en el ambiente era el libro de turno: Saramago, Asturias, Roa Bastos, Steinback, Faulkner, Camilo José Cela, Umberto Eco, Kundera, Rulfo, Borges, Benedetti, Gelman, Girondo y cuando quise leerlos a todos comprendí que me llevaría los años de Matusalem… no soy Matusalem, ni Nabucodonosor, ni Noé ni Abraham ni el Padre Tiempo, así que la utopía del lector total compartida con tantos finalizó de la misma manera que termina la utopía de aquellos con los que comparto el ministerio de leer: inconclusa y mortal.

En mis andanzas recorrí Tijuana y le escribí un libro a esa ciudad, ahora ocupa las vitrinas del Centro Cultural Tijuana y quien lo ha leído ha llegado a llorar por una o por otra razón, toda la gente que se enfrenta conmigo ha llegado a llorar por malas o por buenas cosas, casi es que lo puedo jurar, y si no lo creen denme un poco de tiempo.

En mi arraigo desértico de mi Caborca le dediqué dos libros a la historia y cultura pueblerina de la gente de acá y uno de los dos se agotó, ocupando un lugar en los libreros familiares de muchos caborquenses;  y el otro ya está a punto de hacerlo, queda un medio centenar de ejemplares. Tengo por cada año de mi vida dedicada a la escritura un libro fracasado, y es como que va llegando hora de decir que esto no va a resultar, quién se queda haciendo algo por veinte años sin que llegue a resultar el asunto. Es como si un panadero horneara cada tarde y se pusiera en la calle por las tardes durante veinte años y sus clientes comensales le dijeran, tus panes saben a mostaza, tus panes saben desabridos, a tus panes les pusiste pimienta, guácala, tus panes están quemados, saben a carbón y ceniza, tus panes están acedos, podridos, echados a perder, ese soy yo escritor, un echador de letras que no encuentra receta.

En mis andanzas me fui a Estados Unidos a trabajar como espalda mojada y para aprender inglés; cuando supe que las librerías públicas prestaban libros hasta por tres semanas, saqué mi credencial, visité tres librerías de una ciudad del Medio Oeste americano, pedí por préstamo cien libros, la mayoría de ellos en español porque promueven la lectura entre los hispanos, los otros en inglés pero auténticas joyas de nuestro siglo XX, compré mi boleto de regreso a San Diego, California, retaqué tres maletas que compré por ahí en una venta de garaje, y a riesgo de incurrir en sobre peso me subí en el avión, no eran aun los tiempos de la paranoia del 9-11 en 2001 pero faltaba un mes, por lo tanto no sospecharon del contenido de mis equipajes… y me traje todos los libros para mi país para reiniciar mi vida… entregado al mundo de los libros… Un amigo de Tijuana me esperó en el aeropuerto y me ayudó a cruzar los libros en su carro, no tenía él ni idea. Lo pude haber incriminado irremediablemente. El Gobierno de Trump aún me busca, pero también lo hizo George W. Bush, y dos veces el de Barack Obama… les debo como diez millones de dólares de multas y recargos. Ciudadano non grato en los Estados Unidos… y me apodan El Gringo.

Unos años después, doce de noviembre de 2014, Día Nacional del Libro y la Lectura, en el Palacio de Bellas Artes, Avenida Juárez en el Centro Histórico de la Ciudad de México… de manos de Ricardo Cayuela, de Conaculta, y una bola de gente de la Organización de Estados Iberoamericanos, del Grupo Editorial Santillana, algún Subsecretario de Educación Pública y ante una abarrotada Sala Manuel M. Ponce, me entregaron el Premio Nacional de Fomento a la Lectura México Lee 2014… y pienso, ¿qué voy a decir? ¿justicia para los 43 de Ayotzinapa igual que todos? ¿Justicia para los pueblos del derrame de cianuro en el Río Sonora? ¿No politicen la Cultura? ¿No criminalicen la política? O digo: Gracias a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a toda la gente que se ha cruzado en mi camino y me ha ayudado tanto. No sé qué decir, finalmente la única verdad de entonces y de siempre es que tengo dos hijas que me convirtieron en un buen animador de la lectura. Sara y Sofía, mis gemelas.

Me gustaba, mientras iban creciendo, contarles cuentos convirtiéndome en los personajes del relato, cantando, gritando, bailando, imitando a un oso, a un león, a un monstruo, a una ardilla, a un ogro, a un niño o a un anciano… enseñarles palabras, enseñarles canciones, enseñarles juegos, frases, juegos de palabras, acertijos, enseñarles cuentos, historias, mitos, leyendas, mientras su mirada se hacía inteligente, mientras que sus cejas se arqueaban inquiriendo, mientras su mirada brillaba, mientras sus bocas tropezaban tratando de articular una pregunta, mientras su voz invertía accidentadamente frases que yo les enseñaba a recomponer con una sonrisa y un gesto de por medio, disfrutando sus miradas de asombro, la conmoción de sus expresiones mientras se maravillaban de lo que les contaba… ¿Qué se le dice a alguien para que se anime a leer? Nada en verdad. A los nuevos lectores debes contarles una historia. Una historia desde el principio al fin, nada de dejarlos a medias. Debes contarles una historia sorprendente que sepas a detalle, contárselas con emoción, con gracia, con amor, con gusto y con todas las respuestas que vayan mediando en el camino. Y dejar libros regados por aquí y por allá, como lo hacía mi padre, ese viejo desordenado que me mató de la curiosidad y de la admiración, que fue mi héroe para siempre, el lector de lectores, amante de la historia, la política, las noticias, las novelas clásicas, y que se devoraba todos los textos que pasaban por sus manos, poseído por no sé qué afán de intelectualidad o enamorado de las humanidades infinitas que acarrea el paso de la historia, vividor de mil vidas no vividas, de un millón de vidas no vividas.

Aquí estoy, treinta y tres años después, lejos y solo, ratón de biblioteca, en mi casa la Biblioteca Pública Municipal, Oralia pone agua para el café pero ella no toma café, toma té por cuestiones de la buena salud, yo ya no debo tomar café porque se ha dicho que el café industrial lleva tanta basura como heces de ratón y esas cosas, aparte sabe a rayos, ya no debo tomar café pero habría que ver si existen lectores veteranos que no toman café… aquí estoy, aquí escribo mis libros que nunca llegarán a los ojos de ningún lector, aquí escribí mi composición para ganar el premio nacional de fomento lector, aquí escribí una investigación sobre fomento a la lectura, aquí escribo reseñas y cuentos y garabatos, remedos de relatos… aquí recibo a los chicos de mi secundaria para comentarles historias por las tardes, la Historia de los dos que soñaron, de Las mil y una noches, El libro de arena, de Jorge Luis Borges, La Muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés, los poemas de Paz, de Abigael Bohórquez, de Mario Benedetti, de un montón de poetas latinoamericanos; cuentos, cuentos y más cuentos; poemas, poemas y más poemas, el poema-cuento por excelencia, Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, y aquí, en fin, se va la vida, tratando de formar a primeros y nuevos lectores, entre el bullicio de sus años mozos, los adolescentes de trece, de catorce, de quince, la resistencia a abordar el texto, la rebeldía a la maravilla de la conmoción por la hazaña en El Viejo y El Mar o el misterio ominoso de El Retrato de Dorian Gray… a media mañana llegan los de la prepa con la consigna de leer una hora, el lugar cobra vida, la literatura también, hay esperanza en estos chicos, leen mucho más de lo que yo en esa edad, leen mucho más que futbol, Kalimán, y leen mucho más que el enigma de la belleza de mi amor de primero de secundaria… yo trato de ayudarlos si es mi turno. Descubrirles la maravilla de los libros. Esa herencia intangible que me dejó mi padre, mientras oigo su rola favorita: El Amor es Triste, de Paul Mauriat, imaginándolo a él en el cielo, sentado en su sofá, tomando café junto a San Pedro, el tocadiscos dando vuelta al LP de 33 revoluciones, y los dos charlando acerca del loco que era El Carnicero de Lyon y su destino en el infierno por cien eternidades… y yo en este youtube, recordándolo a él, solo aquí, ratón de biblioteca… imaginando a mis hijas que hacen su tarea escolar de tercero de primaria al lado de su madre maestra, profesora, con esa inteligencia en sus miradas y ese verde de mar, con ese brillo en la mirada en la que un padre puede sumergirse los siglos de los siglos.

https://www.youtube.com/watch?v=hcZ5LJtxjZ0

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