Libreta de apuntes

“Querido diario, chinga tu madre…”

Omar Gámez Navo

La cosa es anotar porque la memoria es un fallo ineludible. Lo he comprobado, desde antes de esta vejez. Es probable que sea por las planas y planas de oraciones o fechas que me obligaron a realizar desde el kínder o la primaria; en lo adelante la academia me pidió leer más que escribir. O tal vez no sea por eso y la cosa viene de la simpleza de que escribir es uno de los oficios más socorridos de la humanidad. Escribir, eso es.

Un niño atisba en los álbumes familiares: las fotos son exquisitas; parece increíble que el blanco y negro o el sepia convierta en un misterio la vida de los retratados. Encontrarse estas imágenes que no son otra cosa que la resistencia silenciosa al pasado visual, es para el infante un ejercicio de alto nivel nutricional para la imaginación. Una foto es la respuesta y la pregunta al mismo tiempo. Ahí no termina la cosa. Dos de las tías pusieron dentro del celofán adhesivo, junto a las fotos, algunas notas “Cuando fuimos al arroyo del Cuchujaqui en 1978”. “Estuvimos un miércoles de octubre de 1983 en la fiesta de San Cayetano en Pueblo Viejo”. Para completar la historia de esos pies de foto al infante le basta con preguntar a la tía cómo la pasaron ese día que capturaron la postal.

Su primera libreta de apuntes fue una con pasta dura color verde. Desde entonces adquiere otro de inmediato cada vez que “llena” uno de esos cuadernos. Nada como esos diseños de pastas monocromas. A veces cree que no sirve de nada y que es engorrosa esa constancia. No pocas ocasiones ha regresado a sus apuntes: ya una frase que anotó por ahí y que supuso que le ayudaría en tiempos difíciles. Tenía miedo que alguien diera con sus cuadernos de notas y descubrieran sus preciados secretos.

Cierta tarde, dejó a propósito uno de sus cuadernos-diarios en el comedor del departamento que compartía con tres personas y nadie lo hojeó, mucho menos lo leyeron, si acaso lo movieron de lugar para no estorbarle a una taza de café o a medio kilo de pescado envuelto en periódico; además le arrancaron un pedazo para una nota que fue a parar debajo de un magneto en la puerta del refrigerador. Es grandioso, a nadie le interesó lo que escribió. Lleva –a sus 26 años- 13 cuadernos “llenados”. La vida no es un olvido si alguien la escribe.

Al escribir algo como “Mañana voy hacer por primera vez un caldo de verduras que me va a quedar sabroso”. Se habla de escribirlo a mano: hay un mensaje muy poderoso que le llega a tu cerebro después de escribir algo así o cualquier otra cosa que se quiera realizar. No sé a bien cómo funciona ese fenómeno. Sólo sé que –en mi experiencia- siempre estoy en la búsqueda de lograr el mejor texto de todos porque alguna vez lo escribí a manera de buscado logro vital en alguno de mis diarios. Es posible que tampoco buscara nada y mucho de esos cuadernos terminé por regalárselo a alguien que ni siquiera se ha dado el tiempo de leerlos. No importa.

Pienso en la tristemente célebre y corrupta Karime Macías, esposa del exgobernador prófugo de la inyección letal Javier Duarte, y sus diarios con planas llenas de “Sí merezco abundancia”. ¿Se acuerdan?

¿Qué dicen los que enseñan a escribir “a mano” desde temprana edad?
Iris Seleste Cuen es maestra en una primaria rural y nos suelta que “La escritura a mano es una gran herramienta pues detona un sistema de memorización visual y muscular de grafías y sus correspondientes fonemas.

“Cuando los niños realizan sus productos textuales a mano deben ser más cuidadosos, lo que implica un ejercicio de la concentración visual. Al leer sus propios textos -y los de sus compañeros- se genera un análisis de la tipografía y del contenido, centrándose -casi de manera automática- en el primer elemento que es lo que capta su atención. Es ahí donde comparan y mejoran su proceso de escritura, haciéndose cada día más complejo.

“En un texto a mano se pueden descubrir desde dificultades de aprendizaje, problemas de atención y autocontrol; hasta situaciones más complejas como la dislexia”.

El remate de Seleste no tiene desperdicio. “Entiendo que -de alguna manera- los niños dan un carácter más emocional y personal a aquello que escriben y dibujan con sus manos, especialmente cuando tienen la oportunidad de jugar con lápices, colores, plumas, marcadores, papeles…”

La adolescente entró a principios de los 90 a la secundaria. Todo iba mal en su cambiante cuerpo. Recuerda no tener ganas de nada en esa edad. Jura haberse desmayado un par de veces en la clase de sociales sin que nadie lo notara. Más el pinche SPM (se queja amargamante). Le era casi imposible concentrarse. Reprobó todas las materias. Llegó a casa, abrió su cuadernito rosa de Hello Kitty y escribió: “Querido diario, chinga tu madre…” Asegura que después de eso se le prendió en su cabeza el foco más luminoso que existe. Empezó a escribir todo en la clase, cada palabra que el maestro decía. Hubo también palabras que a baja voz decían los compañeros de la clase: Este maestro se parece a un malo del Hombre Araña. ¿Qué me importa dónde queda Bulgaria?

El mundo estaba a sus pies por anotarlo todo, a mano. Vaya historia, es probable que no importe, pero ella aún anota todo en libretas, de todos los tamaños posibles, que compra. El que escribe no puede evitar la pregunta en el 2020, a más de 30 años de que ella empezó a escribir en libretas. ¿Oye Marcela, eres científica o escritora como para anotarlo todo? No hagas preguntas pendejas; si tu texto es para hablar de la importancia de escribir a mano, esto es un ejercicio igual de valioso para una persona que manda cohetes a la luna o a una que nomás quiera escribir una receta…

Gabriel Velázquez escribe novela, cuento y ensayo. También va al revés en todo esto; escribe primero sus textos a mano y después los vacía a la computadora. Asegura que hay una notable mejora al transcribirlos, como un acertado trabajo de autoedición.

“Escribir a mano permite gozar de una libertad que las máquinas limitan. Una primer idea puede estar en la parte superior de una hoja, la que sigue, si es ajena, puede estar a la derecha, en medio, si entre idea e idea tengo una que quizá no se acomode al cuerpo final, puedo ponerla de cabeza, después tomar un lápiz de otro color y trazar líneas, tachar palabras, corregir o aumentar, sin perder la idea anterior, que simplemente fue rechazada con una línea roja. En el papel puedes crear tus propios códigos de colores, dibujar si es necesario, apuntar un teléfono, una receta, el nombre de un libro y tener la romántica idea de que lo que he estado haciendo existe, la certeza de que, aunque a una velocidad inferior, estoy permitiendo que las ideas se configuren, recreen y transformen. Y en eso es igualmente importante el papel adecuado, la mejor pluma y por supuesto cualquier otro objeto que haga juego con ellos en un escritorio, llámese cerveza, vino o chocomilk…”

Gabriel es coleccionista de cuadernos, de varios colores y tamaños. Finaliza diciendo que no es más que una forma más de la nostalgia el tener tantos. “Seguro mi hijo un día va a tirar todos mis cuadernos a la basura o los venderá por kilo”. Coincidimos con él cuando cierra diciendo que el papel evita distractores para completar el proceso creativo, o para el simple hecho de escribir en un diario.

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