Leo 

Leo forma parte del libro Dodecaedro

Por Juan Enrique Ramos Salas

Sé, de muy buena fuente, que en un principio Leo se llamaba Lino y que su apellido no era Sandoval sino Saucedo.

Y sé también por esa fuente, que en efecto Leo era paisano mío pues, como Popeye, Lino nació en Torreón. 

Pero Leo pronto perdió a ambos, su madre y padre, y fue a dar a Cd. Juárez y hasta a Texas, donde vivía su abuelo; solo que éste, también murió luego y Lino tuvo que moverse aún más lejos, hasta Los Ángeles, donde vivió con una hermana por un tiempo.

En California, su cuñado le cambió el nombre a Leo, porque, curioso, Lino le parecía cortito. Ya de por sí Leo era chico todo él, pequeño, aunque solo en su físico, porque en su corazón y en su deseo de ser Profesor, Lino era un gigante. 

En Los Ángeles, a los quince años ya había aprendido inglés y tenía muy buena chamba, mas eso no le impidió regresar a México, a estudiar para Maestro, que era lo que más deseaba, enseñar en primaria a los niños mexicanos.

Así que hasta el ex DF se trasladó y, cinco años después, a Hidalgo, al Valle del Mezquital, donde conoció a quien sería su mujer y se casó. 

Ya la tenía hecha otra vez el Profe Leo, ahora como profe rural, cuando conoció a una mujer y a un hombre gringos que lo invitaron a trabajar en Sonora, con los Seris, en Punta Chueca y en Desemboque. No la pensó mucho el buen Profe, dijo que sí y ya que despachó a su señora con los gringos en avión, él se fue con todas sus chivas en carro hasta Sonora. 

En Punta Chueca y en Desemboque vivió como seis años, allí fue maestro rural de primaria y de allí sacó material para un sabroso libro de cuentos, La otra época, y para su novela Pozo de Crisanto.

Conocí al Profe Leo cuando trabajaba en la Universidad de Sonora, en el Museo Regional de Historia que allí fundó y donde puedes encontrar emblemáticos objetos de esta ciudad y de este estado. Lo recuerdo al Profe caminando con su estilo codorniz de andar, tranquilo y parsimonioso, para nada lerdo. 

El Profe Leo siempre andaba haciendo algo, siempre ocupado y amable, un ser muy querido y respetado por todos, maestro de inglés, profesor de secundaria, literato, historiador, un hombre feliz y completo, mi paisano. 

Hoy lo recuerdo para brindarle un homenaje que no se le hizo en su pueblo natal, pues allí no dejó rastro, fue como otros tantos que se van, vuelan, rompen raíces y para atrás ya ni voltean, siempre adelante, sonriendo, prestos para lo que viene, seguros de sí mismos, agradecidos de estar vivos, de poder respirar, convivir, crear, intercambiar ideas y apoyar sin más límites que sus potenciales.

Es increíble lo que logró este hombre con su paciencia, paso a pasito.

Sé también por excelente fuente que Leo está ahora en el mar, frente al Tiburón, esparcidas ahí sus cenizas para cumplir su deseo.

Se hizo agua,
se hizo océano,
el Profe Leo,
más que polvo marino…

Pero yo lo veo aún caminar por la amplia banqueta frente al Museo, en la Rosales, con un libro en la mano, sus cabellos blancos, su tez morena bañada de sol, su caminar de códorniz, nada lento. Me sonríe plácido.
Cada vez que por allí paso, junto a las altas paredes color café claro, siento que el Profe Leo, muy atento me saluda y me dice que voy bien, que no importa que en Torreón nos hayan olvidado, que le sobran y bastan las amistades que en muchos otros lados hizo.

Sus obras son la mejor prueba de por donde anduvo, sin desperdiciar el tiempo, lo que le tocó vivir, nada más ochenta y cuatro añejos.

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