Las primeras palabras

Alejandro Ramírez

Mi relación con el lenguaje comenzó hace muchos años, cuando era un niño y el entusiasmo de la vida llenaba todas y cada una de las instancias de mi espíritu. No lo recuerdo bien, pero me gusta creer que todo fue de cara al mar –esa primera inmensidad- con un atardecer de fondo: alcé la mano y quise decir algo a la altura de semejante estremecimiento. Algo salió, apenas una tontería, y el arte de la poesía había clavado en mi costado la primera de sus cuchilladas.

Tuve la suerte que muy pocos tienen, que es la de nacer en el desierto. Ahí todo es extensión al infinito, soledad y ecos, voces de muertos y rumor de un tiempo y una vida que se vuelven viento. Por si fuera poco, me gustaba andar en solitario por esas veredas de Dios –o el diablo- para aprender a pensar y decir sin rubores lo pensado: hablar solo es una auténtica escuela de melodías y ritmos, de sonoridad y colorido. Hasta el día de hoy sostengo que aprender a escribir es aprender a traducir con absoluta fidelidad lo pensado: si el artificio no se vuelve carne nunca conseguirás la confianza de tus lectores.

Luego aprendí con dolor que la tarea es imposible: no cabe la vida en una vida. Todo lo que he querido decir sigue siendo un balbuceo y uno debe, si es que quiere preservar su cordura, aceptar esto sin dolores ni furias. La humildad en este caso es fundamental. No aspiro a escribir poesía sino a descubrir entre mis palabras algunos indicios, señales ardientes e incuestionables de ese camino interior que es la experiencia poética: la poesía es el conocimiento último que los hombres tenemos de nosotros mismos.

Ahora que según parece los poetas se refugian en la trampa de la experimentación y el delirio, me gusta recordar para mí que la poesía es lenguaje y comunicación, experiencia humana y emoción, sabiduría y eternidad vislumbrada desde la pobreza de nuestra condición mortal. La poesía no puede ser una pura forma o una tradición porque entonces la volvemos una simple estrategia de ociosos, juego inútil, vacío y pérdida. No olvidemos que todo en la poesía es trascendencia.

Desde ese momento en que casi desnudo, apenas un broto de conciencia, miré las olas y el horizonte azul del agua, he buscado día tras día construir una obra en la que lo mejor de mi vida, que son mis intuiciones, quede como testimonio feliz de mi existencia. Supongo que eso es el arte, un legado público de lo más sagrado que todos tenemos: la fe en que esto que llamamos vida vale la pena de algún modo. Se escribe para comulgar con ese misterio hermano que es la realidad.

Escribo, ahora lo entiendo mejor que nunca, para encontrar el camino de regreso a casa.

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