Las palabras se enredan en la garganta

L. Carlos Sánchez

La nota roja se intensifica. De tan intensan y constante, tiende a ser guinda. La mutación inevitable.

Obregón, Sonora está convertido en un cajón de muertos. Todos los días la última misa. Colofón de la vida una bala que se atraviesa.

A quemarropa. En el más inesperado lugar. Ha ocurrido, incluso, en el interior de una iglesia. Como para que si ya estamos aquí aprovechemos el réquiem de cristiana sepultura.

Pero los homicidios ocurren también allí, en el umbral de la casa, ante la mirada de la familia. El grito inesperado y el desconcierto.

Al paso que vamos cada una de las esquinas se poblarán de cruces. Ya el mes de julio, por ejemplo, rebasa en sus días el número de muertos. Por lo menos hasta el día diecinueve, el panteón contaba veintiún ingresos.

Matar es un verbo puesto de moda. Y todos los motivos apuntan a ajustes de cuenta. La fiscalía (como por arte de magia, de facto, antes de que el cuerpo inerte sea visto o reclamado por la familia), ya tiene sobre la víctima una lista cuasi interminable de delitos cometidos. Era un delincuente. Es el mensaje hacia la ciudadanía. La justificación para que la opinión pública entienda que se están matando entre ellos.

Matar, también es una obra de teatro. A partir de un libro que recoge testimonios de asesinos. Matar, en este caso, es también el argumento para que Colectivo Independiente Punto Tres remueva la llaga de lo que lastima. Y lo grite a los cuatro vientos.

Desde el cuerpo, la voz, la expresión extiende sus alas. Desde la búsqueda. Es Rafael Evans, director del colectivo de marras, quien dice esta boca es nuestra y decimos lo que nos acontece. Entonces ausculta los diálogos de Matar, los reparte a los actores, urden juntos el montaje de una lectura dramatizada. Convocan y un chingo de raza se congrega. A observar. A sentir. A decir.

En la Casa del Árbol. Ese espacio presto para ser intervenido. Allí donde su origen es la consumación y desarrollo de proyectos. Allí donde los más acuden a pensar.

A Evans, inquieto y visionario, se le ocurre transgredir el espacio y convertirlo en un teatro. La urgencia de optimizar cada rincón. Y si ya lo hizo en la calle, allí donde hubo balas y tuvo que haber teatro, pues ahora lo hace justamente en ese lugar cuya atmósfera huele a paz.

La paz como una ironía. Porque Matar incluye las voces de la crueldad, los diálogos de los que gritan por última vez. O de quienes en silencio apagan sus ojos para siempre. El hálito permanente.

Poco antes de que dieran la hora pactada, del diecinueve de julio, a las ocho de la noche, a ese lugar llegaron elementos de la Policía Federal (gendarmería, rezaba un rótulo impreso en el costado derecho de la Cherokee). De manera respetuosa saludó uno de ellos, dijo que lo invitaron al evento. Cuando se le aclaró que la presentación sería a las ocho, el policía tomó su teléfono: Lo comunicaré a ver qué me dicen. Luego se despidió, advirtiendo que volvería. No lo hicieron.

Matar, el vocablo que incita a asomarse al lugar que se convoca. Porque no sea que lo estén anunciando y lo hagan, y la autoridad ni por enterada. Entonces la voz de mando da la orden. Ve a revisar, asómate nomás, que no vaya ser la de malas y más muerte.

Sin gendarmes. En el umbral de La casa del árbol, una canción y el baile por demás intenso, se advierten como testigos de la muerte. ¿Cuál es el término que se acuña cuando un hermano asesina a su propio hermano?

Dentro de una bolsa ocurre lo más inesperado. El hermano muerto emerge, se libera del hule, se levanta y la sugerencia es quizá que observa el más allá. Porque lo único seguro es que después de un balazo en la nuca, su respiración no tiene vigencia en la tierra.

La arena como un punto de encuentro final. La naturaleza y un sahuaro se lee como elemento poético dentro de la crueldad. Porque en la arena del desierto sucumbe la inocencia. Evans y los actores lo pueden todo. Con la habilidad de la creación halan al espectador a esos escenarios inscritos en el interior de la obra.

El tic tac del reloj es también el tic tac el corazón. Elementos multimedia. El video, la instalación, los más inesperados recursos. El arte que se dispone y te dice estoy aquí, tómame y dile a los presentes qué es lo que duele, y por qué. Reparte tu obsesión.

Las consecuencias quizá sean el pensamiento, la reflexión, lo que se lleve cada uno de los que miraron y sintieron de esta puesta – intervención.

Evans lo tiene claro. Lo dice en un instante de la presentación. El teatro es la realidad. Desde esa trinchera, entonces, apuesta por la revalorización de lo que somos, o en lo que nos hemos convertido.

Dialogar

Como punto final. Como preámbulo a la presentación del libro Matar, los actores se desbocan. Nos toman de los intestinos y nos trasladan al interior de una cárcel. Los actores no dejan de ser ellos.

Lo constatamos cuando las palabras se enredan en la garganta. Cuando el desasosiego inminente le rompe la cordura a él que representa al asesino.

Ella que es actriz y es madre, nos atraviesa con la mirada. La miramos y dan ganas de agachar la cabeza. Porque ¿quién puede resistir la inconmensurable bondad de una madre que mira en desgracia la vida de su hijo?

Nos lo llevamos de tarea.

Pero antes de regresar a nuestros puntos de reencuentro, antes de ir por la próxima cerveza, el más reparador café, el menú de la noche, las palabras se vuelven un río afable, paradójicamente intenso.

El preocupado incesante que todos llevamos dentro se nos apersona. Las palabras se convierten en preguntas. Las preguntas nos generan dudas, desconciertos. Otras veces nos aclaran parte de las incertidumbres. ¿O nos generan más?

El diálogo es. Y se prolonga. Porque los espectadores tenemos ganas de decir. De saber los móviles de la existencia de los asesinos. Esos que en este momento devastan la ciudad. Estos que en estos tiempos siguen acumulando la lista de huérfanos, de madres que van por sus rosarios a la mercería. Porque quizá solo la existencia de Dios otorgue remanso para la paz. La iglesias a tope desde hace años.

Y si un espectador pregunta, otro espectador sugiere, o responde. El diálogo es lo más precioso, lo más liberador.

Luego de la catarsis de los actores en escena. Luego de la conversación y las miradas que también interactúan, los espectadores se enteran de que el arte puede ser una vía para la transformación.

Si la nota roja prevalece, y muta de color, el teatro que se manifiesta desde Colectivo Independiente Punto Tres, se nos revela como un bálsamo para estos días infaustos donde a menudo el sonido de las balas intenta apagar a toda la ciudad. ¿Y a sus ciudadanos? Bang.

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