Las Matriarcas un repaso por la historia y sus omisiones

Las Matriarcas. Foto: Carlos León

L. CARLOS SÁNCHEZ

Para que no se nos olvide, para que lo sepamos todos, para que la omisión desaparezca.

A través del arte, en el escenario, con los recursos más preciados que son la vocación y la entereza por las condiciones humanas que prevalecen.

Esas condiciones donde los oprimidos levantan la mano y dicen aquí estamos. Con alegría, sin panfleto, poniendo la mirada y la frente en alto.

Desde el espectáculo cabaret, en las faldas del cerro, en esa casa tomada: Andamios Teatro, el espacio por demás digno para reiterar una y otra vez que no hay mejor vía de crecimiento humano que a través del arte.

Y ocurre de nuevo, ahora con la vida de mujeres íconos de la historia de México: Elena Garro, María Izquierdo, Frida Calo, La Malinche. Con Lillith desde la ideología religiosa. Y un varón que advierte la violencia, la crueldad, el hombre descarado (y reflexivo) que reseña y advierte cómo se ejecutan los feminicidios.

A la vieja y nueva usanza: con los recursos que se tienen a la mano, en el espacio más diminuto que se vuelve gigante. En estilo único, cercano, anti pretensioso, con una cerveza o un refresco, con la botana sobre la mesa, palomitas y cacahuates. En la intimidad más plausible que hace sentir al espectador como parte de la familia que es Andamios.

Con la inteligencia en el guion, con los atinos de dirección, bajo la mirada de Ana Francis Mor. Con las actuaciones de Anitaza Palafox, Diana Renée Gerardo, Hilda Valencia, Manuella Rábago, Roberto Borbón. En el entramado de producción entre Andamios Teatro y Colectivo lo que viene del sol. Con la puntual presencia de Nabila Nubes y Azucena Villalobos.

La vuelta de tuerca que es la vida, que es la historia. La desmitificación, la evidencia de los hombres que rigieron a las mujeres, desde el agandalle, la violencia.

Elena Garro bajo el dominio de Octavio Paz, Elena y su elocuencia desde el talento de letras, Elena en el escenario advirtiendo el comportamiento del varón, y el cómo asumir la vida para seguir diciendo, en lo oscurito, bajo el silencio, allá cuando los hombres se ausentan o duermen.

Aquí el atino, el conocimiento biográfico de la autora de Los recuerdos del porvenir. La escritora que escribió a la sombra y bajo el yugo del Premio Nobel. El de la sonrisa ante el público, el de la mezquindad ante la esposa.

¿Cómo es que hay que decir la crueldad con alegría? Así, como se dice en Las Matriarcas, esta obra de teatro cabaret que ocurre precisamente en un tugurio bajo clausura adonde se reúnen las mujeres a libar y decir el pensamiento, las ideas.

Desmitificar es también una consigna, La Malinche quita el velo sempiterno de la historia, advierte que su participación fue de traductora y no de traidora, como se ha hecho saber durante más de quinientos años.

El atino de desenterrar los cadáveres, traerlos a la contemporaneidad y darles voz.

María Izquierdo cuenta los motivos de la censura, el machismo exarcerbado de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, los pintores que impidieron el acceso de María a los muros que le confiriera el estado para construir su mural.

Al son de la risa. Bajo el cielo como techo. Con un piano siempre presente en el talento de Héctor Acosta. La hilarante verdad dicha desde las voces de mujeres.

Frida Khalo en su silente presencia, con la astucia que es un busto, la representación efectiva de  su nombre, como un acto de dignidad y justicia, porque es de las mujeres que no deben faltar en la lista a la hora de nombrar la lucha por ser mujer que propone y hace y camina y piensa y siente y sueña.

Lillith, la primera esposa de Adán, se asoma sensual y bailadora, canta y abre la puerta de la realidad no dicha en la historia de religión. El humor y la suspicacia, el dedo que punza en el tema de la sexualidad, la conminación para dar la importancia que requiere el cuerpo de mujer, de varón. Cojan, es la premisa que marca Lillith.

Roberto Borbón es la sonrisa más cínica, se dibuja con tanta verdad que de pronto nos hace estremecer. En esa sonrisa describe la capacidad insondable en la mente y las manos del hombre al momento de acometer contra el cuerpo de mujeres. Así de contundente la expresión del actor.

Con un sabor agridulce en los labios el espectador observa el final de Las Matriarcas. Con el conocimiento de la otra historia de estas mujeres biografiadas desde la actuación.

Dan ganas de volver siempre a ese espacio, donde una y otra vez la conclusión es que cuando se quiere se puede. Andamios lo vuelve a hacer. Cáiganle.

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