Las implacables y torcidas aventuras de las efebas salvajes

Omar Gámez Navo

Si no vas a dejar sangre en el texto, no hay pedo que no sea la tuya, mejor ni escribas nada, decía más o menos Eusebio Rubalcaba. El Carlos Velázquez sabe de esto; pero no lo digo exactamente como que sus textos sean sangrientos o traten de esa impostada literatura de sangre que anda muy moda. Nel. Lo digo en el sentido del filin con el que escribe, de ese filin que comunica y permite que el lector se quede en el texto porque le habla acá de una manera bien pinche sabrosa.

Por si ustedes no se la sabían, y porque a huevo que lo tengo que decir, el Carlos es de Torreón; digo esto porque considero que él, junto a otros batos como el Gerson Gómez o Elmer Mendoza, han universalizado la llamada literatura del norte. Con ese lenguaje fluido de los conversadores norteños, estos batos han llenado las atmósferas en sus cuentos, crónicas y novelas.

Y bien, con este libro de La efeba salvaje el autor nos ofrece un six pack de historias bien frío que no dará cruda después de empinárselo. El Word me pone con error la palabra efeba, y es que esta no existe en el sentido femenino, pero pues el Carlos se tomó la licencia de cambiar el género; se vale, y estoy seguro que ningún purista se atrevería a hacerla de pedo por esto después de leerlo.

Cada narración obedece a los desenlaces que se dan en el llamado cine negro, sí en ese en que aparecen las llamadas femmes fatales que terminan por llevar al infortunio a los hombres. La diferencia es que aquí no hay detectives ni atmósferas sobredramatizadas. No, lo que hay aquí son historias estacionadas en la realidad de finales del siglo pasado y estas. Pero como en esas películas Noir, hay también en las narraciones de La efeba salvaje un dejo de frivolidad exquisita; frivolidad que no respeta situación ni clase social.

Yo creo y confío demasiado en los que escriben sobre lo que sucede en la época que viven, en los que hacen ficción o crónica con el lenguaje que les tocó hablar, que nos tocó chorear. La efeba salvaje es eso. Los personajes hablan como la gente con la que nos juntamos, con la que pisteamos o trabajamos. Carlos no se sale de ahí; lo hace funcional y atractivo.

Pobrecitos todos en las historias de La efeba salvaje. Es seguro que alguno de los personajes no terminará bien; pero el lector, como sucede con algunas películas, en chinga se puede poner del lado de su personaje favorito. No es spoiler, los textos de la Efeba son tan chilos que por más que me esfuerce en esta reseña para decir de qué se trata las historias darán para el lector giros impredecibles.

Yo sí le compro esta ficción al Carlos. Sé de lo que habla en la narración de la muchacha nazi que trata del infortunio de un mala pata victimizado por una morra que conoce en un cotorreo donde los flecha ese alcalino y esnifante pericupido… El perico, pues. O ese texto del Stormtrooper en el que, como decían en la caricatura de súper can, un humilde y campechano trabajador de una fábrica de cerveza pierde casi todo rasgo de ser gente al convertirse en un pinche zombi que vende malteadas de Herbalaif.

Y bueno, la mitad de estos textos son como vivir una pesadilla en tercera persona; pero de a huevo que al leerlas vamos a descubrir que todos conocemos a alguien que es igual a los personajes de las historias de La efeba salvaje, y si no es así, algo estás haciendo mal y no te estás divirtiendo al asomarte al abismo.

Punto aparte se merece la mención de que el Carlos es un articulista y cronista bien macizo. A ver, yo jamás olvidaré una crónica en la que se mete, si mal no recuerdo, a una cantina en la que hay un reservado oscuro donde pasan películas porno y son puros hombres los que entran al lugar. Debieron leerlo, parecerá un lugar común, pero claramente sentí los alientos de todos en esa cabina feliz. Entre asco repulsión y curiosidad, supe que estaba ante un gran texto; uno de esos que te hacen oler, mirar y hasta sentir que pasas por la garganta un trago invisible de cerveza caliente. Crónicas como esta harían arder en fuego inextinguible a la secretaría de turismo de cualquier municipio.

¿Cómo olvidar aquella crónica en que el autor se va a Tepito a parar algo de droga para aminorar la cruda? ¿O fue antes de ir a un concierto? Ya me hice bolas. Es una crónica poderosa también. Uno recupera la fe en la narración escrita de nuevo al leer estos textos que vuelven caricatura ñoña de Disney a un incontable desperdicios de audiovisuales en forma de documental que quieren retratar a tal vez el Barrio más bravo del mundo: Tepito.  No, pues, el Carlos en Tepito se convierte en un espectador-cliente de lo que exquisitamente es un ejercicio ilegal y debe condenarse según pensarán las cabecitas conservadoras.

Pero el Carlos no juzga; el Carlos sabe que desde Tijuana hasta Mérida, la desventura y los abismos a los que hemos sido empujado más del 70% del país; por ejemplo: ir al aguaje, comprar droga mala, malísima, ir  “en que el Emilio” y otras maravillas que los Hermosillenses o mexicanos que un día se dan un severo golpe con la realidad, terminan necesitando. Pero créanme, meterse a hacer lo que el Carlos hizo en Tepito es una hazaña de dimensiones homéricas: meterse a comprar droga y vivir para escribirlo. Tepito ha contradicho a la iglesia al convertirse en el centro ceremonial de la Santa Muerte. Si el mentado Jaisemberg hubiese llegado a existir seguro sería uno nacido en Tepis. Si algún día te mueres y los que te quieren sufren por ello, que vayan a Tepito y de seguro ahí encuentran a tu clon. Tepito es el Mordor moderno. Y lo conquistó un norteño. Elo aquí.

 

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