Las flores de Basilia, la médico indígena*

Ilustración: Clotilde López

Emilia Buitimea Yocupicio

En aquel tiempo a la niña Basilia le encantaba cuidar a sus animales: pollos, cochis y perros, pero lo que más le gustaba era oler hierbas medicinales y flores que nacían alrededor de su casa.

De vez en cuando tiraba una semillita por aquí y otra por allá, en el patio de su casa, y con las lluvias nacían las plantitas y floreaban en racimos hasta caer al suelo ¡Se alegraba tanto!

Un día se enfermó y no podía mejorar, su nanita le preparaba remedios caseros para mitigar la enfermedad.

Así pasaron varios días sin alivio alguno y la niña Basilia salió a sentarse afuera de su casa. Allí estaba sentada, cuando de repente recibió la visita de una mujer alta y muy bonita, le traía un gran ramo de flores de todos colores, olorosas y muy bonitas. Se las entregó a la niña y con sus brazos flaquitos apenas pudo abrazar el enorme ramo de flores, ella las olió y con una sonrisa le agradeció.

—¡Qué bonitas flores, muchas gracias!

Por tres días seguidos recibió la visita de esa mujer bonita y le regalaba un ramo de flores de todos colores. La niña pensó que tal vez esa señora sabía que le gustaban las flores.

Basilia se recuperó y ya no volvió a ver a la mujer bonita, pero guardó los tres ramos de flores con mucho cariño, de cada ramo agarró semillas, luego las sembró en su patio y en su corazón.

Y de allí nacieron muchísimas flores pequeñas, medianas, grandes, los racimos colgaban hermosamente, de todos colores, y plantas medicinales que ella misma cosechaba y guardaba para hacer mezclas, a veces molía en el molcajete las semillas, cáscaras, hojas secas, tallos, y hacía tés.

Al cumplir trece años empezó a curar, ella solita empezó a sobar sin que nadie le enseñara y así empezaron a llegar los enfermos a su casa para que los curara con medicina tradicional.

Han pasado muchísimos años y Doña Basilia, la médica indígena sigue recordando cómo empezó el gusto por la medicina tradicional, y ya anciana llena de días de cara morena, tiene la felicidad de haber curado a su gente, muchos recién nacidos recibió en sus manos y también curó a animalitos. Aún le encanta oler flores y se alegra de recibir visitas y al momento de despedirlos le da una oración.

—¡Que nuestro señor Dios los acompañe y regresen de nuevo por este camino adornado de flores de todos colores!

 

*Tomado del libro La mujercita curandera, ed. Secretaría de Cultura / FONCA / MAMBOROCK

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