Las doñas solían sentarse en las banquetas a platicar

Bruno Herley

Las doñas solían sentarse en las banquetas a platicar, cualquier cosa que pareciera anómala en el barrio era diseccionado en la reunión y después era reformulada en varias teorías, a falta de algún dato para hacerlo cuadrar pasaba a ser un chisme duro y puro. Al calor del café, entre la humareda del tabaco, faldillas húmedas y el olor a culo curtido, las horas pasaban de la tarde a la madrugada, a las señoras solo se les podía ver como unas siluetas con el punto rojo del cigarro bajando y subiendo. Si uno pasaba por ahí, alguien de entre el grupo hacía preguntas un poco capciosas, como tratando de saber algo o burlándose.

Había noches que solo eran sus voces, en otras la luna llena las hacía parecer de oro opaco. Como nunca falta una rémora debajo de las grandes fauces, los chamacos eran beneficiados con dos o tres pesos por los mandados que les hacían, los cigarros y el café no duraban. A veces sospeché que esos niños difundían rumores para tratar de ganar con el chismorreo. Recuerdo mucho a doña Eulolia, a doña Mariana, a la Lupe, a la Carmen.

Uno las veía en la tienda, o sentadas en el porche de sus casas, meciéndose con lentitud en la poltrona y con la vista puesta en todo, o su silueta en la ventana, como la sombra de un pájaro de rapiña. Nada se les podía decir, eran mamás de todos en el barrio, ni siquiera cuando entre ellas tenían problemas.

Un día, el hijo de doña Mariana llegó de andar por la sierra, montado en una troca que parecía un rinoceronte, con enormes cadenas de oro que aluzaron a todo el barrio, presumió su texana, sus botas de caimán y un par de coronillas de platino en la dentadura de burro que tenía —por ello le decían El Burro—; repartió dinero a la chamacada y ayudó a algunos a salir de sus problemas financieros. Con el tiempo, el tipo este formó parte de la reunión de doñas, decían ellas que el ejército lo había matado en una emboscada, allá por la sierra entre Sonora y Chihuahua. Doña Mariana no se recuperó —no sé si del chisme o de que era real lo sucedido— y pronto murió, nadie supo de qué, simplemente amaneció fría un día, su hija más chica, la única que vivía con ella, salió de casa dando gritos. Las doñas restantes no la dejaron descansar la paz de los sepulcros, decían que el alma de Mariana paseaba por el barrio y en la noche se detenía en las casas a preguntar por su hijo. El tiempo fue llevándoselas poco a poco, cuando falleció la última, Facebook ya había entrado a las casas y, poco a poco, las señoras que ocuparían su lugar prefirieron el chismorreo en las redes sociales. Dejó de oler a café y tabaco, esas voces de madrugada que parecían llegar desde otro mundo en medio del silencio, sus risas repentinas, descubrir el nombre de uno entre la charla. La calle quedó sola, ya ni chamacos hay, solo la frialdad de dar un buenos días o noches. Tal vez cuando todos dormimos, el viejerío aparece y comienzan a platicar, a darle vuelta a los sucesos. Alguna noche me sentaré en la ventana y trataré de mirarlas, prometo no molestar, solo tomaré una taza de café y fumaré un cigarro.

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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