La sonrisa del Gato de Cheshire en las elecciones

Bruno Herley

Cerca de mi casa hay un anuncio que apela a la Ley del Cierre de la psicología de la Gestalt, en donde (ver la foto que acompaña a este escrito) anuncian una peluquería con el apellido Garibay en letras grandes, una frase muy ad hoc a los tiempos que corren y un fondo azul. Es muy probable que la lona de la peluquería haga alusión a Lorena Garibay, candidata del Partido Acción Nacional a la diputación local por el XIII distrito con cabecera en Guaymas, Sonora. Como el Instituto Electoral del Estado prohibió esta clase de publicidad, es fácil remitirse al uso promocional en el entorno de la contienda a cargos públicos.

El hecho me llevó a pensar en la forma de cómo se comunican con la gente los tres candidatos a la presidencia de la república. Todos apelan a la impostura, común en la competencia electoral. Ponen frente al auditorio una delgada capa de realidad alterna, algo que no noten, un tipo de universalidad superflua que ayude a dejar al candidato en medio de todos. Veamos algunos puntos:

1.- La sonrisa de Ricardo Anaya es una especie de accesorio que fácilmente se desprende de su sustancia, una paradoja como la sonrisa del Gato de Cheshire, podríamos apostar que en cualquier momento la humanidad de Riki Rikín desaparecerá, menos la sonrisa, esta nos lleva de la mano a un mundo de fantasía, es algo superpuesto sobre la realidad, descompone al propio hombre que la carga. Más allá de las mentiras que dice una y otra vez, la sonrisa de Anaya consume todo a su alrededor, es un discurso en sí mismo, un signo que, en su llanura, logra atrapar a los más incautos.

2.- José Antonio Meade es un candidato que trata de prolongar la realidad impuesta a partir de los ochenta: una economía sostenida por la invisibilidad de la mano, el dogma como principal pilar de un paraíso donde el hombre está hecho a imagen y semejanza del sistema. Su discurso, lleno de lugares comunes de la alta burocracia, se centra en presentarse como alguien desapegado al régimen que lo parió, su nombre suple a los logos de los partidos, él es él, un ciudadano más, en su arenga lo recalca por si no queda claro. Este tipo de presentación trata de impactar más allá de su público cautivo, el caso es curioso a sabiendas cómo se la gastan en las elecciones los gobiernos a los que pertenece; su plataforma política es una patraña de una patraña.

3.- Escuché a Andrés Manuel López Obrador cuando vino a mi ciudad, lo que dijo fue un reciclado de sus comerciales, punto por punto, todo ello aderezado con chabacanería. Las personas, como si estuvieran ante un predicador, festejaban el discurso. Lo dicho por el candidato condensaba el habla popular y lo estructuraba en una perorata altanera donde las personas se identificaban sin problemas. Las palabras del PG tienden un manto que no permite ver más allá de lo que dice, son un espejo ante la gente donde no cuesta nada reflejarse.

Lo único que queda es esperar el final de las elecciones para ver detrás de los discursos. Ojo bien abierto, muchachos.

 

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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