La Pulquería: esos mundos de calacas festivas

L. Carlos Sánchez

Un mar de fiesta. La muerte omnipresente. Un mural donde habita la historia, la risa, el detalle más inesperado. Hay un perro que genera preguntas: ¿de dónde viene, por qué está allí?

Todo cabe en el trazo si la congregación la convoca el pulque. Ese acontecimiento histórico al que Fernando Robles, pintor, le apuesta la emoción, el pensamiento. La creación de un discurso social que pronuncia la palabra resistencia.

Todo empezó cuando Luis Encinas, en su tiempo gobernador de Sonora, trajo a Fernando Robles a vivir a Hermosillo. En un internado que otrora estaba justo adonde ahora, años después, Robles regresa para exponer y presentar su obra La pulquería (Ed. Tecolote). Esto en Quinta de Anza, antes Colegio Central, a la vera de lo que es el Parque Madero, el bosque histórico de Hermosillo.

En esos años de mudanza, cuando la capital sonorense le abrió las puertas a sus pasos, Fernando Robles cuenta que comenzó a conocer otros tipos de vida “Que nada tenían que ver con la pristinidad y la travesura que abrevaba en mi pueblo”.

“Pero una vez se le ocurre a don Luis Encinas decirme que me iba a llevar a ver teatro, y cerraron la calle Rosales y pusieron sillas en la calle, y fui con don Luis a ver el gran teatro del mundo de Calderón de la Barca, en las escalinatas del museo, algo espectacular que marcó mi vida al ver una escenografía impecable, con un esfuerzo profundo para hacer una iluminación extraordinaria potenciando la arquitectura del museo”.

Todo empezó, también, en el sótano del Museo de Universidad de Sonora, adonde Fernando se fue a vivir en sus años de formación. Allí de la mano de Marco Antonio Félix, de Emiliana de Zubeldía, de Maty Suárez, Amalia Félix, los horizontes cobraron mayor luz.

Fernando Robles luego de larga ausencia de la ciudad que lo viera nacer como pintor, regresa. Acompañado de la escritora Inés Martínez de Castro, y de Miguel Mancillas, bailarín, coreógrafo, reseñan el contenido de La Pulquería, este libro arte-objeto, que aparte de la propuesta plástica del autor, contiene comentarios de Claudia Burr y Elena Poniatowska.

Esos mundos de calacas festivas

Dice Inés Martínez de Castro, que “La Pulquería, de Fernando Robles, confirma, a pesar de este mundo globalizado, que México sigue resistiendo, conservando, reproduciendo sus tradiciones, sus rituales, sus comidas, su fiesta, así confirma, confirmamos, nuestra identidad, a pesar y junto a los avances y cambios culturales que se diseminan a través del intrincado de los sistemas de redes que nos unen”.

En su análisis sobre el libro, la poeta que es Inés, se sumerge en el contenido de la propuesta del artista plástico, y expone: “Mi primera visita a La Pulquería ocurrió recién publicada la primera edición en 2006, el primer impacto fue por un lado por la resignificación y renovación que el artista hace de una extensa tradición de grabado y dibujo, y crea una obra que es hito en una larga lista de otros destacados como Durero, Goya, Picasso o Posadas, y de pintores como Rivera.

“Con una minuciosa delicadeza y preciosismo, Fernando crea esos mundos de calacas festivas que son contradicción en sí mismas, ya que festejan la vida y la fiesta con alegría y buen humor, estando muertos, contradicción distintiva de la cultura mexicana, festiva y trágica. La pureza del dibujo va prefigurando personajes distintos, con una personalidad propia y expresiones únicas que bailan, cantan, beben, juegan dominó o algo parecido, y cartas. Hay en estos hermosos murales: niños, niñas, mujeres, rotitos, chinacos y chinas, catrinas, catrines, músicos, ricamente ataviados con rebozos, trajes bordados, encajes, y elaborados peinados. Desgraciadamente estas pulquerías de origen prehispánico, son una tradición que se extingue…”

La sana rebeldía

Miguel Mancillas advierte que mucho de lo que su danza dice, tiene la influencia del pintor que es Fernando Robles. Como referencia más próxima, destaca, es la coreografía Los descalzos, que está empapada del contenido de La Pulquería.

“Yo terminé en la danza porque fue inevitable, pero o que realidad me acercó al arte fue la pintura”, destaca Mancillas.

Cuando conocí a Fernando Robles, apunta Miguel, “Se convirtió en un significativo referente durante mi crecimiento dentro de la danza, por la capacidad que tiene de mesclar la belleza con lo tremendo. Sus cuadros me intrigaron, me sacaban de mi paisaje cotidiano para abrir otra posibilidad de entender la realidad. Después comprendí que inteligencia, talento, compromiso y rigor, dan esos resultados.

“Lo que su obra revela, ojo, y puntualizo, algo inherente al arte, es decir, la obra no revela, nosotros nos accionamos, es una apropiación y descubrimos que somos más de lo que creemos ser. Y para mí su manera de transformar todo aquello que él encuentra tiene que ver con su sana rebeldía, con su inteligente resistencia a conformarse. En sus obras no hay una manera de amar, ansiar o tener, de ser resuelto o vulnerable, el goce de tratarlo personalmente como amigo, me confirmó su congruencia”.

Hábito de luz

Fernando Robles regresa a los años de vivir en el sótano del Teatro Emiliana de Zubeldía, en el taller de escenografía de la Universidad de Sonora. “Allí conocí a Maty Suárez, quien me dio mi primer sueldo como profesional, como escenógrafo, la primera vez que conocí la delicadeza de una dama porque me entregó el sueldo en un sobre, yo estaba impuesto a que me dieran el domingo de cinco pesos, pero eso nunca lo olvido porque comencé a educarme por medio de mis amigos, no lo he terminado de hacer.

“Y lo digo en serio porque creo que todos ustedes saben que mientras tenemos conciencia de lo que es la evolución y no perdemos la capacidad de sorpresa ante los demás y ante nosotros mismos, seguimos evolucionando, seguimos teniendo esa gran oportunidad que nos da la cultura, de tener un hábito de luz, mientras que estamos trabajando en la provocación.

“Nunca me creí el hecho de no haber sido reconocido en mis inicios ni en mis finales, esto en realidad es una congregación de amor, de cariño, de viejas amistades, de gente que quiero muchísimo, y esto va mucho más allá de las expectativas que yo tenía  en Hermosillo, estoy contento, estoy feliz”.

La libertad de poder ser

Fernando Robles recuerda ese día en el que se envolvió en una alfombra en el interior del sótano, en el taller de escenografía. “Hacía frío. Me envolví para que no me encontraran”.

Y las consecuencias como resultado fue el nuevo hogar, allí donde la vocación se convirtió en destino.

“Cuando supo Marco Antonio Félix, mi gran maestro, que ya me estaba quedando allí, fue y habló con mi padre y le dijo: Al muchacho nadie lo puede controlar, ahí te lo dejo. Entonces comenzó la magia de encontrar de repente la escenografía, de hacer un castillo con lo que había y luego se lo llevaban y me hacían una choza, y luego me hacía una barraca tropical, después con las cosas de Don Juan Tenorio, y después me comenzaron a regalar ropa porque era El gordito del museo, y la única vez que me quedó la ropa a desmedida, fue cuando hice Sancho Panza, y Amalia Félix me hizo la ropa que me quedaba muy bien, me la regalaron y ya no me la quité.

“Era muy feliz, en realidad era profundamente feliz. Emiliana de Zubeldía me comenzó a culturizar musicalmente, por hambre. Me decía: Chiquito vamos a oír dos horas de música, de Stravinski, imagínense de la tambora de Etchojoa a Stravinski, pero el hambre era peor así que comencé a moldearme y después me premiaba en un restaurante que se llamaba El Pradas, y me comenzó comer ajos y papas porque decía que eso daba fortaleza al cerebro, cosa que no sucedió pero estoy contento de haber descubierto la comida vasca por medio de Emiliana.

“Mi vida ha sido un cúmulo de satisfacciones enormes, al fin de cuentas puedo decir que soy un gran afortunado de haber escogido la libertad para poder ser”.

 

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