La procesión infinita, novela de Diego Trelles Paz: La radiografía histórica de un país desde las entrañas de sus habitantes

 

Si para saber era preciso imaginarse,

si era nuestra obligación imaginar el infierno,

¿qué ocurría cuando no había que imaginarlo?,

¿qué ocurría cuando el infierno completo seguía ahí?

Diego Trelles Paz

Luis Álvarez Beltrán

Dice Judith Kalman, experta en promoción de la lectura, que leer es un hecho fundamentalmente social, leemos novelas porque nos gusta compartirlas, platicar sobre ellas, comentarlas. Y como lo hemos leído todos en el exordio de la edición más célebre y popular de Rayuela (Alfaguara, 1992) ese monstruo de Julio Cortázar, donde se refiere que según Vladimir Nabokov “estructura y estilo hacen la novela”, hablar de La procesión infinita (Editorial Anagrama, 2017), del joven peruano Diego Trelles Paz (Lima, 1977) supone abordar un texto rico en ambos aspectos según la condición del ruso inmortal autor del clásico Lolita.

 La novela de Trelles Paz presenta una trama circular guiada y liderada por varios personajes cuyo protagonismo se sugiere claro, abierto, pero que el autor delicadamente va dejando colgados para posteriores capítulos. El Chato es un escritor limeño con los dilemas propios del oficio a una edad clave de su vida, cuando ya no se siente un muchachito y su carrera no parece despegar; su regreso de Nueva York a Lima le ofrece como único revulsivo anímico su reencuentro con Francisco, el animoso y ultramoderno mejor amigo de sus correrías de infancia y adolescencia cuyo amor y lealtad son a toda prueba y, ambos están seguros, recíprocos. A despecho de la pasividad y la introspección aguda del Chato, Francisco es un aventurero cuyos escrúpulos están al servicio de sus ambiciones: el placer, el dinero, el poder, la vanidad, el ego, la notoriedad. Los muchachos se reencuentran y el paisaje y ambiente del Perú son iguales o peores a los de la época de la dictadura de los noventa de Alberto Fujimori. “La dictadura se terminó, pero nunca se fue. Eso que trajo la dictadura nos persigue porque nos define y nunca se va a ir”, sentencia Francisco mientras se acompañan hacia la salida del aeropuerto y planean una tarde de juerga para celebrar la ocasión especial.

Mateo Hoffman y Cayetana Herencia son dos idealistas intelectuales de izquierda cuya visión de vida les dota de seguridad y un supuesto horizonte, sin embargo, sus historias convergentes presentan heridas individuales demasiado grandes y profundas como para sentirse realmente libres de cara a un verdadero futuro: Ella estudiante sobresaliente, él catedrático joven con una posición estable pero no privilegiada por propia convicción. En los avatares de sus vidas, la historia política del Perú desde el ojo de los movimientos estudiantiles de izquierda, las marchas de protesta, las ideas reivindicadoras de la democracia, la sombra del grupo terrorista Sendero Luminoso y las atrocidades del régimen, condimentan las vicisitudes de ambos para resolver si deben de pensar y trabajar en la causa de su patria o en la de ellos mismos. El implacable régimen les asesta sus respectivos flagelos.

El Pocho Tenebroso es un escritor exiliado en París, Francia. Conocedor al detalle del paso de poetas y narradores limeños y provincianos del país inca en tierras parisinas, el Pocho Tenebroso, malogrado escritor de nombre Ezequiel Colchado, es la conciencia creativa del joven Chato en París, adonde el escritor en ciernes busca su musa perdida de alguna manera al estilo de generaciones enteras de escritores latinoamericanos en esa capital cultural europea. El esperpéntico y genial literato que es el Pocho Tenebroso lanza dardos creativos como sesión de tiro al blanco mientras comparte cervezas en el bar Le Sully de París con el crédulo y aturdido Chato que recoge todo el expertise del dicharachero veterano como lecciones de literatura de calle que fascinan, sorprenden, divierten y asombran.

Los saltos de Nueva York a Lima, a París, de regreso a Lima, culminan con un hecho violento en Berlín que involucra a Francisco. Ambos comparten hotel en la capital alemana y previo a una noche de alcohol, música, baile, droga, sexo y otros excesos, Francisco desaparece de la habitación para disgusto del Chato; éste decide empezar a beber y salir del hotel para divertirse solo; pero a la salida del elevador que lo sacará a las calles cosmopolitas de Alemania, al abrir la puerta aparece Francisco golpeado, ultrajado, perdido en su ebriedad, su conmoción, su delirio. El Chato no encontrará en la versión de su mejor amigo las claves de lo ocurrido las horas tempranas de esa fatídica noche, porque Francisco es un mentiroso de marca o, en su traumatismo y obnulación inmediatos, no atina a reconstruir qué fue lo que le pasó. Lo único claro es que Francisco lleva las ropas rotas, le han rasurado los brazos y piernas, su rostro sangra y está hinchado de golpes, no atina a decir de bien a bien qué pasó pero balbucea que ha matado a alguien para escapar de la muerte y, de un momento a otro, amenaza con lanzarse al vacío desde ese quinto piso. Cuando el Chato piensa con angustia que es lo que deben hacer, Francisco cae inconsciente después de presenciar un nombre: Cayetana Herencia.

La Chequita, Carmen Luz, es una muchacha que vive en casa de Cayetana Herencia; no es su hermana precisamente pero se tratan como tal. La Chequita vive del favor de Hilaria, madre de Cayetana, y en compensación trabaja como afanadora de la casa; ella es testigo e íntima cómplice de las sensaciones y las experiencias que las circunstancias orillan a hacer a la bella, sensible, atractiva y delicada Cayetana. El carácter confidencial y preclaro de La Chequita, aspirante a escritora, admiradora fiel de los talentos y virtudes intelectuales de su querida Cayetana, se convierte, junto al narrador alterno que es el Chato, en el hilo de las junturas de esta exaltada telaraña fina llena y plena de monólogos, soliloquios, diálogos, de un carácter tan intimista, con una agudeza soberbia y punzante que conmueve y estremece en un párrafo mismo que, seguramente, Diego Trelles Paz concentra su registro en una potencia, un aliento maratónico, una capacidad extraordinaria de escudriñar el alma humana, que pocas veces se puede recordar o acudir a fenómenos literarios tan marcados y a la vez tan profundamente frescos y consistentes. Si Javier Marías nos ha regalado libros en serie de su exultante y entrañable biografía ficticia; Diego Trelles Paz lo hace desde el crisol de la historia y la cultura peruanas, con esa complejidad, crudeza, dureza y esa irresolución capaces de vaciar cualquier espíritu propio (peruano) como extraño (extranjero).

La desazón o lasitud del escritor que es el Chato permea las doscientas quince páginas de la novela en saltos que no cansan sino más bien agradan; la concatenación de situaciones y el acompañamiento misterioso y absolutista por parte del Pocho Tenebroso dotan al texto de un inconfundible sabor peruano y de referencias de la historia literaria del Perú que enriquecen la aventura de este artesano quehacer narrativo. El sustento de la trama a cargo del astuto e irresistible Francisco Méndez y la enigmática y fascinante Cayetana Herencia tienen el encanto sutil y bien logrado de presentar al amor, no exento de sexo ni mucho menos, en todas las variantes posibles de su origen y su evolución, de forma que una novela de corte eminentemente histórico-político, con escarceos literarios enriquecedores del acervo cultural que toda novela total suele contemplar como ingrediente especial para el lector, incluye este elemento totalizador (y a veces verdugo) de la vida de muchos seres y es en esta historia que los personajes caen en extremos momentos, flagelos interiores, que el autor describe con lujo percepción y un dechado de lógica y razón que nos deja trémulos, helados, a veces indefensos.

Personajes secundarios de factura extraordinaria como Ubaldo Martínez, Hilaria Herencia, el Gordo Vich y varios otros (Peter y Sandra) sólo solidifican un proyecto literario hecho a conciencia y con un artificio maestro cuya principal atributo es un final sorprendente, genial, arrobador y sesudo hasta la maravilla.

Diego Trelles Paz se hermana a sus compatriotas Santiago Roncagliolo y Jaime Baily en los lauros internacionales de escritores peruanos posicionados en las letras hispanoamericanas del primer cuarto de este siglo, ganándose su sitio con una obra consistente, original, vanguardista, potente.

Como toda buena novela, La procesión infinita es una y muchas cosas a la vez: Su análisis sobre los actos concretos del fujimorismo y el amanecer de la democracia peruana del siglo XXI, con la irrupción del neoliberal Alejandro Toledo o la vuelta a escena del malogrado Alan García Pérez, tanto como la enumeración y descripción de los movimientos estudiantiles de izquierda o por lo menos antigubernamentales en la época de Fujimori, así como la interpretación del rol ideológico y terrorista de Sendero Luminoso, lo mismo que la narración de hechos puntuales relativos a la época con personajes evidentemente históricos, constituyen un cuerpo teórico de buen calado para categorizar a esta novela en el corte histórico del género; su apuesta por el drama psicológico profuso, intimista, desgarrador y exactamente verosímil acorde al perfil de los sujetos ficticios; el tejido de los acontecimientos tendientes a una convergencia magistral pulsada finamente, tensada a una fuerza casi inconcebible, como si la trama pudiera explotar en las manos del narrador en cualquier momento desmoronándose irremediablemente, resolviendo una elipsis de amplio arco con justeza e ingenio superlativo; en fin, el dominio fresco, preciso de ambientes periodísticos, lúdicos, sórdidos, morales, inmorales y amorales, estudiantiles, políticos, bancario-financieros, cosmopolitas, donde los sitios como cafés, bares, hoteles, oficinas, prostíbulos, son descriptos con ilustración y precisión y, si eso fuera poco, la constante referencia de tópicos contemporáneos de música, de cine, de arte, de obras y personajes literarios icónicos del siglo pasado y de la actualidad, hacen de este libro una memorable propuesta y un logro de notables méritos por parte de un autor que maneja la cuestión y la conciencia histórica peruana con una nitidez y un juicio cuyo equilibrio se basa en una observación informativa rigurosa e integral más que en una pasión fanática de nacionalismo baratero. Vale decir, insistir, que la exploración de los sentimientos de todo el espectro de la condición humana distinguen a esta obra como una fuerte referencia para la identificación de experiencias comunes y reiteradas de la mayoría de las personas que enfrentamos la cuestión latinoamericana a nivel socioeconómico y cultural, por lo que esta novela habla, constantemente, del ser humano, de cualquier ser humano, de todo ser humano. El misterio, la búsqueda del sentido y por tanto el existencialismo, el horror político, la corrupción, el luto, el suicidio, todos los pecados capitales, el romance, el deseo, la intriga, los dilemas del arte, son sólo unos pocos de los muchos factores a favor de esta obra literaria.

El nombre de esta historia, La procesión infinita, sugiere el desfile de los muertos en un mundo que trasciende las generaciones, o la fila de los pobres que se suman a medida que crecen las ciudades, igual el título de esta novela puede referirse a los problemas intrínsecos de las relaciones amorosas, las vicisitudes de mantenerse fiel a los principios, o si se gusta, porque cada lectura es una mirada distinta sobre el texto, el lector encontrará el justo significado de esta bella construcción nominal perfecta, inolvidable: La procesión infinita.

La referencia obvia y obligada del escritor peruano por antonomasia, Mario Vargas Llosa, es tratada de un modo diferente desde los personajes que son Diego el Chato, Francisco Méndez y especialmente El Pocho Tenebroso. Uno de los ingredientes del libro que rompen con la tradición.

Acudimos a un excelente libro con todos los elementos para los lectores más exigentes al mismo tiempo que representa una propuesta perfectamente atractiva para los neófitos en el género de la novela; la juventud de sus personajes, los anhelos románticos y nobles de personas avasalladas por la realidad pero dispuestas a poner el pecho a las balas de la dificultad de enfrentar a un mundo que no da su mejor cara y cuyos seres que lo representan siempre esconden una mano en la que no se sabe si aparecerá un revólver, un puñal, un ramo de flores, una caricia o un puñetazo.

Diego Trelles Paz es un joven maestro conocedor del alma humana, un experto en la historia del Perú y la cuestión latinoamericana y un animal literario que causa la ovación y las palmas de todo el hemisferio intelectual.

https://www.youtube.com/watch?v=w2WURHY3D4A

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