La otra piel: una novela enferma de melancolía

L. Carlos Sánchez

Es un río interior. La recurrente mirada hacia el corazón y lo que allí habita. Es la ausencia un cuchillo que perfora el alma. Son los latidos que cuestionan: ¿de dónde vengo, quién soy?

La otra piel (La cifra editorial, 2014) obra ganadora del Premio Juan Rulfo a Primera novela en 2010, es la escultura en palabras. Es también la construcción de una propuesta literaria a partir de la investigación de los temas que obsesionan.

Desde este río interior, desde la entraña de la narradora, se vuelcan las preguntas y actuar, viajar, es un impulso, el deseo de tocar la identidad.

La noticia es una frase que modifica el comportamiento del personaje que es la narradora: Mirella. “Tu madre es Sophie Lenz”, vivió en Ascona, le diría su padre en el lecho de muerte, a escaso segundos de expirar.

A partir de esa confesión el viaje es inevitable, la melancolía como un tren constante, hurgar es la consigna, escarbar los nombres para encontrar, encontrarse.

Monte Veritá y una cabaña como caja de pandora. Ascona que es Suiza. El dadaísmo y sus personajes, entrañabilísimos todos.

Indudable es que Marcela Sánchez Mota, la autora de esta novela enferma de melancolía, conoce a perfección la historia, los dolores, los deseos y obsesiones de Mirella. Indudable es que conoce el oficio de narrar. Y lo hace con responsabilidad, asomándose con entereza y entrega a los diversos temas que aquí habitan.

Apenas abrir el libro y un perro nos aprieta el corazón con su mirada. Ya no estará el motor de sus días, la voz ya no vendrá para indicarle los caminos:

“Afuera el perro da fuertes ladridos. Parece llamar a alguien que sabe de antemano no vendrá. Sólo por momentos el golpe de las gotas de lluvia en la ventana mitigan el escándalo. No sé por qué, pero hoy lo dejé entrar a la casa. Vino directo hasta tu cuarto y al no encontrarte se fue deprisa. Olfatea cada una de las habitaciones con la esperanza de toparse con tus palmadas en el lomo. Al final regresa conmigo. Mueve la cola, apenas, con resignación. Sé que en unas horas más estará echado a los pies de tu cama, igual que cuando todavía estabas con nosotros, y lamerá el piso con obsesión como si eso lo consolara un poco. Antes de que comenzara la tarde, la fatiga me obligó a sentarme en el viejo sillón frente a tu cama. Acciones tan simples después de las tormentas y no dejo de pensar en lo que me ha traído hasta aquí. Estoy en este espacio que fue tan tuyo. Recargo la cabeza sobre el respaldo mientras mi vista se posa insistente en la huella que dejó el peso de tu cuerpo sobre el colchón de la cama. Sí, me he encontrado contigo de nuevo, sólo que de otra manera y pido que me escuches aunque parezca un desatino, un absurdo. Siempre pensé que después de la muerte habría terminado todo. Son muchos los que dirán que he perdido la razón.”

Desde el inicio de la obra el talento de la autora nos advierte de facto que no permitirá ni un parpadeo, el lector permanecerá seducido por el ritmo violento, poético, contumaz, certero como un marrón en plena frente.

Agradecer puede ser una reacción cuando la mirada va escalando la propuesta como una montaña en Veritá. Quitarse el sombrero, quizá, por el encuentro de los personajes. Los personajes, aquí hago una pausa para un suspiro.

Y pregunto: ¿cómo haces Marcela para construir tanta ternura en cada uno de ellos, como te sumerges en este vagón de emociones sin que el pantano te consuma?

Hoy es veintidós de abril. Las casualidades no existen. ¿O sí? Hoy es veintidós de abril y mi padre, ayer que fue veintiuno, acabaló diecisiete años de muerto. ¿Cuántos años hace que murió el padre de Mirella? ¿Cuánto años hace que murió tu padre, Marcela?

No me lo digas ahora. Pero insisto, hoy es veintidós de abril, abre La otra piel y lee por favor esa historia escrita un veintidós de abril En Monte Veritá:

22 de abril, 11 de la mañana. Estás ahí, flotando, con tu cuerpo intacto, sí, como flotando en el aire, atrapado en esa roca de cristal. Hace una hora apenas me topé contigo. Fue fácil bajarte hasta acá. Nunca imaginé que estarías por encima de esta cueva, casi arriba de mi cabeza. En estos lugares de nieve uno pierde la noción de las distancias y del tiempo. Tantos años han pasado. Estás dentro de un enorme trozo de hielo, atrapada, y no me queda más que esperar. Un ataúd temporal, eso es lo que veo, un ataúd preservando tu belleza, Lohr, querida Lohr. 22 de abril, 1 de la tarde. El sonido del goteo adquirió velocidad durante el día, después en la noche casi se detuvo. Esta mañana el descongelamiento tuvo un ritmo vertiginoso. Tengo miedo de tu olor, pero me mantengo despierto para percibirlo. ¿Será a carroña? ¿Será ese tu olor? Un olor posible que me persigue en esta cueva. No quiero saber que estás muerta. Me mantengo en vigilia, el sueño ha desaparecido, el tiempo se alarga. Tú, tan cerca, vuelves a existir.”

Ante este fragmento de la novela, ¿cómo no ser presa feliz y febril ante la literatura propuesta por Marcela? ¿Cómo evitar el deseo de decir todo lo que se piensa, cómo soslayar que esta novela que presentamos ahora tiene los elementos vitales que toda obra de arte requiere para ser obra? Aquí, en estas páginas, habitan también el compromiso, la crítica, el conocimiento de causa, la exploración de las capacidades humanas, la locura que es una constante, una revelación que encandila.

La otra piel es un caleidoscopio de los temas que nos estrujan el pensamiento, la libertad a partir de la pasión, un texto sin complacencias. Una señal obscena al sistema político que oprime y mutila, idéntico mutiló al hermano Ramón, en ese octubre de 1968:

“De nuevo, el llanto me ganaba. Imaginaba la mano ensangrentada de Ramón, veía sus falanges tiradas, abandonadas entre la suciedad y la basura de un callejón como si fueran un desperdicio cualquiera. Mientras, Ramón murmuraba en mi oído: es sólo un desmayo Mirella, ella está bien, verás cómo se recupera pronto, y al tiempo daba unas suaves palmadas en la mejilla de Elena. De nuevo observaba la mano mutilada. Entonces quise saber: ¿cómo fue, Ramón? Lo miré a él, enseguida a la mano: dime, ¿qué pasó? Frunciendo la boca contestó: no querrás saberlo, es mejor así, que no lo sepas. Le respondí que no, que prefería no imaginar atrocidades, tenía miedo de que los pensamientos me rebasaran. Enseguida imaginé los palazos sobre su piel, los derrames en su cuerpo, las patadas en la cara, las huellas de las pesadas botas, el tabique roto, los cachazos. No, era mejor conocer cada detalle, enfrentarme a los fantasmas.”

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