La operación mochila no borra diez años de narcoviolencia

Alán Aviña

Cuando mi sobrino de 13 años se dio cuenta que existía el Blog del Narco, entendí que la crueldad televisada había reinventado uno de los rasgos definitorios de la humanidad.

Si la civilización moderna se fincó en la imposición estricta de un afán de autocontrol de la barbarie, la era posmoderna -con las cabezas rodando en un clic- escenifica la visceralidad de las condiciones humanas para verse en la comodidad del Smartphone.

Si Federico tomó una pistola para agredir a sus compañeros y luego se voló la cabeza, no es un hecho trivial que no sólo se comprende hurgando en su historial psiquiátrico o emocional. Creo que el menor de Monterrey, junto a mi sobrino, junto a mí, somos parte de una generación marcada por el acceso a la violencia.

Decir que somos más o menos violentos sería ignorar un hecho demostrado por el historiador Robert Muchembled: la historia de las muertes violentas es la historia de la interacción de los jóvenes.

Invariablemente en cualquier momento de la historia los jóvenes, y los hombres en particular, somos los que morimos con mayor frecuencia por causas violentas. No obstante, mi padre o mi abuelo no tenía la oportunidad con un poco de pericia como cibernauta ver cómo Los Zetas le cortan la cabeza a dos halcones del Cartel del Golfo.

Es una contradicción interesante. Mientras hay mayor sensiblidad a la violencia, por otro lado, hay miles de niños, adolescentes y adultos viendo cómo el Ponchis tabletea a un “contra”.

Historia breve de la crueldad

Los medios inauguraron una era más o menos reconocible de la violencia con la Barbie, uno de los capos que provocó que una camisa verde se volviera símbolo del asco a la justicia mexicana.

En 2005, Edgar Valdez Villarreal, la Barbie, sentó a cuatro Zetas que iban a conquistar el puerto de Acapulco. Demacrados, con el rostro abotagado por los golpes, los detenidos confiesan que iban por la plaza. Al final, uno de los golpeadores suelta un ¿Y tú qué wey? y le sorraja un disparo en la sien.

En la memoria colectiva ese fondo negro, los cuerpos desparpajados en el suelo, los paneos incómodos con la cámara casera y esa demostración de frialdad ante la muerte inauguró la época de la banalidad de la violencia extrema.

Tenía amigos que pensaban que podían ser sicarios por poder ver todos los videos del Blog del Narco sin sentir asco, mientras al mismo tiempo se comían unas quesadillas con frijoles de fiesta.

Hemos crecido con la violencia real del narcotráfico, con la difusión indiscriminada de nuestra ansia de terrorismo y sangre. Somos una generación con la impronta del cuchillo cercenando la carne.

La operación mochila no borra 10 años de narcoviolencia

Estas palabras no explican ni mínimamente las motivaciones personales, ni las contextuales que llevaron a Federico a inaugurar la norteamericanización del bullying mexicano.

Sin embargo, creo entender que el menor creció con el acceso a la violencia y en un estado donde las vigas de los puentes sostuvieron los residuos de la lucha de plaza. Creció con la apología de la agresividad en los medios, con el culto reiterado al cuerpo, al dinero y al éxito.

Si Federico tomó la decisión personal por una depresión, por venganza o por frustración de atentar contra sus compañeros, al final lo hizo viviendo una sociedad particular donde la pólvora quemada nos inunda la nariz.

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