La música que conmovía al Rey Sol

Juan José Flores Nava

Esa mañana, el guitarrista Rubén Joelson se despertó a ensayar, como cualquier otro día, a las 5:00 horas. Pero esa mañana, dos cosas se le presentaron distintas a lo habitual. Primero, que frente a su habitación no empezaba a gruñir el tránsito de la Ciudad de México y, segundo, que la emoción del concierto que ofrecería por la tarde –a las 13:00 horas del 21 de enero de 2017– ya empezaba a treparle por los dedos en forma de punzadas nerviosas. “¡Y qué tal si sólo asisten dos o tres personas!”, se repetía angustiado.

Álamos era en aquel momento un pueblo silencioso. Había amanecido nublado. Y aunque Joelson no pudo ver la salida del sol al alba, como era su plan, la calma que llegaba a la habitación de su hotel lo relajó un poco. Así que cuando entró al pequeño escenario del auditorio del Museo Costumbrista de Sonora, sus nervios de toda la mañana de súbito se marcharon: la sala estaba abarrotada. Entonces Rubén Joelson no se guardó nada y, con su guitarra de diez cuerdas, llevó a la gente a un viaje sonoro al lujoso Palacio de Versalles, a la época en que Luis XIV, el Rey Sol, gozaba de todos los lujos que le brindaba el colosal complejo arquitectónico que había ordenado erigir.

La corte de Versalles era enorme para la época. En sus tres palacios convivían, durante el reinado de Luis XIV, alrededor de 2 mil 500 personas. Por lo que era normal que las pasiones se aceleraran. Aunque la música tenía la encomienda primordial de atemperar los ánimos, en ocasiones lo que hacía era exacerbarlos. Si en aquellos tiempos todo se codificaba para la gloria de Luis XIV, Rubén Joelson había hecho lo mismo ahora para transmitir, en un viaje a los siglos XVII y XVIII, una aproximación de los arrebatos y las inclinaciones, de la concupiscencia y de las tristezas de la corte al público del Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT). Fue un recorrido por las piezas fundamentales de su más reciente disco: La guitarra en Versalles, que él mismo editara en 2015.

¿Qué es lo que tenía, pues, tan nervioso a Joelson? Nada menos que el repertorio. Por estimulante. Por arrebatador. Por tan desconocido para sus probables oyentes. Presentaría música antigua que en su origen ni siquiera fue escrita para guitarra. Son transcripciones para su instrumento de diez cuerdas que él mismo ha hecho de obras para clavecín, flauta, viola bastarda, de autores como François de Couperin, Marin Marais, Jean-Philippe Rameau, Jacques Hotteterre, Monsieur de Sainte-Colombe, Jean-Henri d’Anglebert, Antoine Forqueray y Élisabeth Jacquet de La Guerre. Todos ellos autores, ejecutantes al servicio, alguna vez, de Luis XIV. De tal modo que lo que conoció el público hace unos días en el Museo Costumbrista de Sonora, no fue sólo una música lejana en el tiempo y una ejecución precisa del instrumento, conocieron, sobre todo, un profundo trabajo de investigación.

El concierto arrancó con Couperin: “Él es el autor del libro El arte de tocar el clavecín –dice Rubén Joelson en entrevista–, el libro fundacional y más influyente de este instrumento para el barroco francés, publicado en 1716. Seleccioné los ‘Preludios’ I, II y VII porque son los que más se adaptan a la guitarra.”

Luego vino Marin Marais: “Seleccioné ‘Las folías de España’ [1701] porque son danzas de origen africano que tuvieron versiones desde el siglo XV y que formaron parte del imaginario intelectual de la época; la delicadeza de las versiones de aquellas danzas que hizo Marais, el virtuoso de la viola bastarda, fue lo que me hizo incluirlas.”

Después llegó la música de Jacques Hotteterre: “Hotteterre se llamaba a sí mismo ‘la flauta del rey’ Luis XIV. Yo tomo una ‘Suite’ de su primer libro, de 1708, porque es una obra en la que cada movimiento está dedicado a un personaje. Por ejemplo, ‘Rondeau. Le Duc d’Orleans’, ‘Sarabande. La d’Armagnac’, ‘Gavotte. La Meudon’, ‘Menuet. Le comte de Brione’, y ‘Gigue, La Folichon’.”

Enseguida brotaron notas de Jean-Phillippe Rameau: “Rameau es fundamental porque él significa la institución musical más importante de Francia. Él es quien inventa la armonía, él es quien hace el primer tratado de armonía. Por eso elegí un preludio que tuviera la libertad, pero al mismo tiempo la rigidez que tanto le gustaba.”

Casi para terminar, Joelson estremece al público con “Les pleurs” (“Las lágrimas”), de Monsieur de Sainte-Colombe: “Él era uno de estos músicos medio santones, medio gurús, medio chamanes de su instrumento: la viola de gamba. Decía que la música sólo es verdadera cuando se toca, por lo tanto debe de inventarse a cada momento, nunca escribirse. Así que lo poco que se conoce de sus obras fue porque las escribió su discípulo Marin Marais, quien lo escuchaba a escondidas y luego transcribía de oído lo que De Sainte-Colombe tocaba. ‘Les pleurs’ es parte de un concierto que se llama ‘Les regrets’ (‘Los lamentos’). Esta pieza es una descripción muy espiritual, muy poco católica, de Monsieur de Sainte-Colombe, por eso la incluí.”

Para cerrar, “Júpiter”, un homenaje de Antoine Forqueray a Luis XIV: “Además de que es dificilísima la méndiga obra, representa mucho a Luis XIV, quien deseaba estar en todas partes y sus músicos querían estar todo el tiempo con él.”

Pero antes de partir, un encore: “Quise tocar una pieza de Élisabeth Jacquet de La Guerre, quien no esta en el primer disco de La guitarra de Versalles, pero si estará para el segundo, que ya estoy planeando. Es la primera vez que transcribo una obra de ella para la guitarra y la toco en vivo. Hice la transcripción por la mañana, después de ensayar. Ella fue protegida de Luis XIV. Y en sus obras se puede notar el gérmen del italianismo, donde aparecen cosas que después vamos a llamar clásicas y que están en Mozarto o en Haydn. ¡Ni los clavecinistas franceses la conocen! Decidí interpretarla porque se toca poco y su estilo compositivo es muy delicado, lleno de contrastes e ideas.”

Así pues, Rubén Joelson quiso, aquella tarde, entregarle a la gente de Álamos, según sus propias palabras, una versión, lo más verdadera posible, de la música que deleitaba al Rey Sol, recorrer el laberinto del vasto palacio de la música de la corte de Luis XIV; brindarles, con su actuación, a los asistentes que permanecieron hasta el final, la posibilidad de que conocieran de manera aproximada, con una guitarra de diez cuerdas –no con un laúd, no con un clavecín, no con una viola–, esta música cuya intención es conmover. Lo que pasó, lo que el propio Rubén Joelson vivió al terminar el concierto en el museo o al caminar después las calles de Álamos, fue que la gente se conmovió. Y eso es, al final de cuentas, lo más gratificante para un músico.

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