La música crea los sentidos: Marco Antonio Campos

Ricardo Solís

El poeta mexicano Marco Antonio Campos posee una trayectoria literaria vasta y diversa, lo mismo en intereses que en pesquisas estilísticas; en ese contexto, su más reciente libro, Dime dónde, en qué país (Visor Libros/ Círculo de Poesía, México, 2017) se describe a sí mismo con sencillez –a manera de un conjunto de poemas en prosa y una fábula– y es, de igual modo, “intrincado” (como refiere Eduardo Lizalde en su texto de contraportada). Así, una primera pregunta para el autor es ¿cómo describir el proceso de escritura del cual surge un poemario con estas características?

-Desde muy joven aprendí con Borges, al menos esa ha sido mi intención, a buscar la sencillez en la forma y la complejidad en los contenidos. Busqué huir del lugar común y del sobrepeso del diccionario. Tratar de ser legible, pero cuidando que la poesía guarde su secreto. Detesto en la poesía los adornos verbales (la fioritura, como la llamaba Pound), tan cara a la tradición parnasiana o modernista. Me desespera la poesía ilegible, que por décadas tuvo prestigio entre nosotros, escrita por poetas que no tienen qué decir. Cuando uno escribe debe abrirse las venas, romperse el alma. Debe tratar de conocerse uno mismo hasta donde pueda, de conocer a los otros, y de conocer el mundo, y volverlo en algún momento poesía. Como me dijo alguna vez Sabines: “si no se habla de las propias experiencias ¿de qué vas a hablar? Sólo escribirías literatura de literatura”. Y lo dijo también Nietzsche, que sólo le interesaba lo que estaba “escrito con sangre”.

Dentro de la enorme cantidad de referencias –poéticas, históricas, personales– en el libro parece imperar una visión siempre crítica acerca del tiempo, cifrado en un lenguaje que desde el presente evoca el pasado y de vez en cuando mira hacia el frente para desembocar en preguntas. ¿Fue esta, de alguna forma, una preocupación constante en su proceso de escritura?

-En muchos de mis poemas utilizo, a partir de imágenes inmediatas, una escritura del pasado reciente o remoto. Esas imágenes casi siempre me vienen cuando viajo y me sirven de esquema para la reflexión de lo vivido. Cuando viajo trato de desliteraturizarme. El viaje me ayuda a pensar (hasta donde es dable), entre el amasijo de contradicciones que uno es, y preguntarme quién he sido y qué he hecho. Esa revisión del pasado o los pasados, llevada a la escritura, no deja de ser en momentos melancólica o dolorosa o angustiosa. Cada momento importante vivido es múltiple en sus significaciones cuando uno lo recuerda. En mi obra, tal vez se note más esto a partir del libro La ceniza en la frente (1989), pero se acentúa en Los adioses del forastero (1997) y Viernes en Jerusalén (2005), y claro, en Dime dónde, en qué país. Los melancólicos vivimos mucho más en las ciudades del pasado.

Más allá de las dedicatorias, las alusiones o referencias directas a individuos concretos (autores, familiares, amigos o amores), lo mismo que los viajes, sucesos o entornos… ¿Podemos ver en estos poemas una manera de “saldar una cuenta” con aquellas personas fundamentales, con algunos sitios que marcaron nuestra existencia en algún momento?

-Yo creo que en muy buena medida sí.

Ahora bien, escribir, en esta ocasión, poemas en prosa ¿significó una elección o se trató –quizá– de cierta forma de descubrimiento? ¿Representó un reto acometer la escritura del libro de este modo?

-Fue una elección y vino de una lección. Tenía como modelo muy buenos antecedentes: los Pequeños poemas en prosa, de Baudelaire, Una temporada en el infierno, de Rimbaud, y los Cantos de Maldoror, de Lautréamont, los cuales he leído muchísimo (los dos primeros los he traducido). Sin embargo, al hacerlo pensaba en modelos de nuestra lengua, como los poemas en prosa de Vallejo, Águila o sol de Paz y el Diario Semanario de Sabines. Durante los años que tomó la escritura del poemario, no escribí ningún poema en verso. El poema en prosa te permite, dentro de su tejido, tratar más temas e introducir subtemas y microtemas; claro, buscando que todo tenga una función dentro del conjunto de lo escrito. Te permite una flexibilidad que no encuentro en el poema en verso; al menos, esa es mi experiencia. Jaime Sabines decía que es la forma poética que más se parece al ritmo de la sangre. El peruano Antonio Cisneros, cuando se lo comenté, estuvo de acuerdo. Pero no es el caso de Vallejo ni de Paz. En alguna medida es mi caso, pero en los poemas de Dime dónde en qué país intenté crear, a veces en cada poema, una pluralidad de ritmos. En ocasiones lo irracional, con el ritmo correcto, resulta más poético que la frase racional. La música crea los sentidos.

En uno de los poemas se lee: “La vida es un lago en que navegas solo y donde azar o destino te llevan en la barca al sitio adonde no vas”. ¿Hay en este libro –plástico y sonoro a la vez– intentos de aproximación, esfuerzos por desentrañar el camino que nos lleva adonde no vamos?

Dime dónde, en qué país se llamaba en un principio Adonde vaya el viento. Por lo regular, en la vida no programo puntualmente los viajes. Se van dando. Hasta los cuarenta y tantos años se trató del viaje por sí mismo; después de los cincuenta, he viajado al extranjero más por las invitaciones. De joven, como digo en algún poema, cuando llegaba a una ciudad ya imaginaba otra. Borges decía que se sentía más orgulloso de lo que había leído; yo me siento más orgulloso de lo que he caminado. Uno de los mayores pesares que te va dando la entrada a la última edad es cuando llegas a una ciudad y ya no puedes caminar en ella seis u ocho horas. Pero cuando vuelvo la vista hacia el pasado, que es muy a menudo, me pregunto dónde quedó todo eso. Si acaso todo aquello en verdad existió. Por eso mismo he escrito, en poesía y en prosa, sobre numerosos sitios, para que queden las imágenes fugaces que acaso ya no volveré a ver.

Por otra parte, en un texto se refiere también –en un duro cuestionamiento sobre escribir o no poesía– a la actualidad como un tiempo en el que “los poetas no saben cantar”. ¿Percibe hoy día un alejamiento del canto por parte de autores contemporáneos?

-Bueno, en todas las generaciones surgen centenas de poetas que se acaban perdiendo en el tiempo. O eran simples versificadores o creyeron que por colocar la tipografía del verso en la página eso creaba el poema. Ahora mismo hay una gran cantidad de jóvenes que escriben y no tienen oído para la poesía. Si se escuchan los poemas de Vallejo, de Borges, de Eliot, de Pound, de Bonifaz Nuño, de Chumacero, no se encuentra una falla musical. Pound incluso llamó Cantos o Cantares a sus últimos poemas. Eliot integró la música a la poesía en sus Cuatro Cuartetos. Desde la tradición, con sus juegos silábicos combinados de nueve y diez versos, Bonifaz Nuño creó una música nueva. Los estilos de Borges y Vallejo son irrepetibles por su gran originalidad, y en eso es clave la música. Hay que recordar que, en el medievo, cuando surgen las raíces de la poesía moderna, la poesía se cantaba o se oía como canto: los trovadores, los Stilnovistas, los Minnesänger. Son cien cantos los que tiene La Divina Comedia. El poeta a lo más alto que puede aspirar musicalmente es al canto. ¿En qué poetas de ahora podemos hallarlo?

Entonces, ¿ponderar el canto representa una forma de resistencia, una postura de elección?

-Es recordar que cuando uno escribe se debe cuidar la música y los contenidos. Uno lo ha intentado; pero uno es el intento, y otro es el logro.

Y la poesía ¿ha entrado en un callejón sin salida?

-Yo creo que sí. ¿Debemos regresar a los moldes clásicos de la rima y las fórmulas silábicas? ¿Acaso Paz, en los años ochenta –él que, con Tablada, en México, fue quien experimentó con más fortuna–, no declaraba que las vanguardias eran una reliquia? ¿Qué hacer con el verso libre si muy probablemente ya dio todo de sí? ¿Cuál vía no agotada queda en la poesía?

Para concluir, en la fábula final del libro, la ironía adquiere un rostro concreto, una faz de crítica ácida y demoledora de la clase política (incluso de los artistas e intelectuales). ¿Qué determinó que este texto se uniera al resto de los poemas? ¿Qué forma de “moraleja” persiste en esta fabulación?

-Admiro inmensamente al pintor flamenco James Énsor. Tenía un poder de caricaturización extraordinaria de la política, la religión y la sociedad que, por ejemplo, tuvieron entre nosotros Posada y Orozco. De 2005 a 2009 estuve dos meses cada año en una residencia para escritores que tiene el PEN flamenco en Amberes. Énsor fue una revelación. En cierto momento me di cuenta que esas caricaturizaciones de personajes en las pinturas podían ser también mexicanas. Me costó mucho trabajo escribir el texto, pero me divirtió mucho. Uno, a veces, necesita desahogarse contra una clase política, empresarial o religiosa si están podridas porque, si no, se revienta. Se trata de una fábula que me gusta mucho, pero tal vez sólo se comprenda si se ubica el lector en el tiempo en que fue escrita, porque varios de esos personajes ya desaparecieron, y acabarán desapareciendo todos. Quizá un extranjero no comprenda muy bien de lo que hablo en el texto. Tal vez, no sé, tampoco sea un poema propiamente dicho. Por eso puse bajo el título del libro que eran poemas en prosa y una fábula. Era una manera de distanciarme. Pero me parecía que si no lo metía en este libro –creo que entra dentro del espíritu de los poemas y del tiempo en que fue escrita– no lo metía nunca. Si es buena o mala, o si son buenos o malos los poemas, sólo el lector lo decide. Si uno escribe al menos cuatro o cinco poemas que valgan la pena debe sentirse más que gratificado. Aun si con el tiempo sólo se recordara uno solo. De mis libros, me gustaría que quedara el que se llama Viernes en Jerusalén; habría valido una vida dedicada a la poesía y la literatura.

Leave a reply