La mujer que vi

Ilustración: Julieta Olalde

L. Carlos Sánchez

Vi a una mujer desnuda. Sobre la acera del barrio. Frente a la carnicería. Vi la mirada ida, quién sabe adónde. Con su cuerpo libre. Con sus pies en la tierra. ¿Qué mira?, me pregunté. Una camisa sobre su regazo, tendida como una balsa que desea habitar un cuerpo. Vi en esa mujer desnuda la vida de Martina. De quien ayer me informaron que está a punto de morir. Por una sobredosis, me dijeron. De pobreza, me dije. Volví a los años de Martina con su boquita pintada, de cuando jugaba a ser grande. Me guiñaba un ojo y me convidaba mandarinas que su madre acarreaba de un huerto junto al río. Implacable es la reacción cuando el cuerpo se muestra en su raíz. Trastoca al mundo. Suena un claxon a manera de protesta. Los andantes se persignan y se dan la media vuelta. En esa mujer desnuda miro también los pies descalzos de Martina. Un vacío pleno de inocencia debajo de sus faldas. Un tragaluz que me expande los sentidos. Mirar es tocar con la memoria la distancia de los años. De la carnicería la mano de obra descargaba reses también desnudas. Nadie dijo nada. En esa fila cuasi interminable se volteaba más a contemplar la piel de la mujer. Las reses un rompecabezas que se termina de armar sobre la mesa. Porque es domingo. La familia y su impecable ritual de consagración en el comedor. Martina se desprende de sí, cae en ese agujero insuperable. Recuerdo que me lo dijeron unas horas después. Vi en la mujer desnuda el paso de los años. Un recuento de los días. Un trago de alcohol y una cumbia en los lavaderos viejos donde madres se reunían a limpiar la decencia de sus hijos. ¿Qué me ha dicho la mirada lejos de esa mujer desnuda? El vuelco estridente contumaz. Hacia los charcos donde Martina y yo jugábamos a ser patas de patos. Pájaros indómitos. Tostaditas con chile y agua para irrigar en la garganta. Un día se le ocurrió matar una paloma. Le hicimos una tumba y le pusimos su nombre con carbón de la hornilla de su abuela. Vi una mujer desnuda y de pronto mi nombre nacía en su entrepierna. Me rubriqué la existencia con un lápiz labial sobre mi ombligo. Mientras la ciudad claudica en su jornada. Los carniceros se enjuagan las manos. El sol pinta de otro color el cielo. Martina se despide con su sonrisa en rojo. La mujer que vi ¿era yo?

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