La Motoko que no fue

Imagen: Bruno Herley.

Texto: Bruno Herley.

Desde hace tiempo, cada vez que vamos al cine, no hacemos caso a los horarios de Cinemex, que siempre tienden a proyectar unos quince minutos (más o menos) de anuncios de carácter público y privado, y es de hueva chutarse el rostro amable de alguna institución o de un político, cuyo único resultado es que uno consuma rápido las palomitas y refrescos (al final, esa es la segunda intención).

El día que fuimos a ver Ghost in the Shell no sólo fueron quince, sino treinta minutos de publicidad que se tuvieron que mamar sin respingo los que llegaron temprano, ya que la película no empezaba; apenas lograron salir unos créditos y la función se detuvo, dejándonos con la boca llena de palomitas y cara de tontos, lo único que nos quedó fue rascar el fondo del recipiente para dar con las bolitas de maíz que no lograron mutarse a palomas saturadas de sal y mantequilla.

Mientras tanto, se dio un caso paradigmático de lo que es nuestro país: todos, incluidos nosotros, sólo pusimos cara de asombro y ni pío dijimos; dejamos que la mano invisible del mercado se encargara del altercado. Con la hueva o la vergüenza, o qué se yo, de bajar a reclamar nuestra entrada, los del respetable nos quedamos a cuchichear mientras arreglaban el problema y, ¡tras!, dio resultado aquello de que el que se mueve no sale en la foto, pero con la desgracia de la repetición de la publicidad; media hora después de lo programado, estábamos viendo la película, aunque para esas alturas las palomitas y el refresco ya casi se habían agotado.

Y comienza la película: un refrito casi en su totalidad del anime original, tal cual. Con una actriz güerejona con unos kilitos de más que parecía tabla actuando y con ojos brillosos y cara de pujido frío en las escenas de dramatismo, como si fuera a soltar el llanto a moco suelto.

Ghost in the Shell, película basada en el anime del mismo nombre, que a su vez está basada en un manga publicado a finales de los años ochenta, es sólo un refrito mal hecho. El cine gringo no cambia la estrategia de tratar de idiotas a sus clientes, mientras en el anime el tema fluye con naturalidad, en la película tienes que soportar a cada rato las alusiones al tema de fondo, como si uno no se diera cuenta del argumento desde el inicio: los diálogos forzados, una y otra vez, mencionan el cruce de la vida biológica y la inteligencia artificial, caen como una patada fundillera, de esas ofensivas que dan en el trasero con el lado interior del pie.

Otro de los personajes que llama la atención por su actuación medio extraña, es el actor Takeshi Kitano, quien protagoniza al coronel Daisuke Aramaki, el cual, en toda la película, parece sufrir algún problema motriz y psicológico, sus expresiones y voz son como escuchar hablar a una pared.

De los demás, no hay mucho qué decir, el hecho de meter por ahí a un actor asiático fue para aminorar las críticas de los políticamente correctos que enfurecieron por no darle el papel principal a una actriz de ojos rasgados (en toda la película está en calidad de bulto), o el actor que personifica a Batou, quien se la sacude un poco haciendo un papel decente; los demás, olvidables hasta la médula.

¡Ah!, lo olvidaba, el malo, pues muy malo, un cabrón con cara de niño malcriado que queda muy lejos del verdaderamente antagonista del anime, a tal grado que termina como un cuasi enamorado dejado en la friendzone para siempre, ya que la Motoko pirata (la güerejona) lo manda a volar con sus sueños locuaces de darse un faje informático.

Las comparaciones son odiosas, pero esta película retoma casi todas las escenas del anime y le ponen una actriz de no malos bigotes para distraer a la raza. Mientras que en la película de animación la trama va hacia la identidad y la búsqueda de ésta hasta crear una nueva, la película con actores de carne y hueso sólo nos direcciona hacia un simple rescate de recuerdos (muy al estilo de Blade runner, pero sin alcanzar las cotas de éste), matando de un plumazo de guion a todo lo que encarna la Motoko original. Es de pena ajena ver el final donde la güereja Johansson se tira un chorizo sobre la justicia y blablablá, al estilo de superhéroe de Marvel o DC.

Lo rescatable –para mí- fueron los paisajes al modo Blade runner, que, no está por demás decir, en el anime también hay mucho de eso.

Así que, queridos lectores, no gasten sus centavitos destinados para el pan y la lechi en ver esta pasteurización de un anime. Mejor espérense a Netflix o, si se la dan de muy chairos, pues vayan a una de esas tantas páginas en internet de cine gratis. Se ahorrarán publicidad a montones y palomitas vendidas a precio de oro.

P.d. Esperamos que no le den en la madre al anime de Akira, los rumores, desde hace un par de años a la fecha, dicen que quieren rodar una peli con actores de nalga y músculo. No me imagino a Vin Diesel de ciberpunk.

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