La literatura tiene la oportunidad de describir lo que está pasando, lo que no vas a ver en la tele

 

Por Óscar Alarcón

En la tercera edición del Premio Bengala/UANL resultó ganador el escritor José Luis Valencia, con el argumento “Deudas de vida”. Autor de la novela La Poeta Gorda, estuvo en 2015 en la ciudad de Cholula para presentar su texto. Nacido en Guadalajara en 1977, es maestro en Ciencias Sociales y publicista. Ha colaborado en la revista electrónica Mamborock del escritor Carlos Sánchez, y en 2014 participó en el libro colectivo Demasiados Lobos Andan Sueltos. Crónicas Infrarrealistas.

Óscar Alarcón. Antes de entrar directamente en el terreno de tu novela La Poeta Gorda ¿cómo percibes la cercanía entre la política y la actividad literaria?

José Luis Valencia. ¡Híjole!, es una pregunta complicada. Me parece que la actividad literaria tiene que influir en todos los aspectos de la vida: en la política, en la educación. Soy partidario de que la literatura —sea novela, cuento, poesía—, aunque no necesariamente, puede tener un mensaje político sobre todo en una época como la que está viviendo el país, con altos índices de violencia, altos índices de crimen, altos índices de desaparecidos, y tristemente altos índices de impunidad.

ÓA. En ese sentido ¿el país ha perdido que los escritores tengan una incidencia pública?

JLV. No sé. Depende de los autores. Aunque ha sido muy cuestionado el asunto de que la novela negra se haya convertido en una novela del narcotráfico —no necesariamente apología—, me parece que hay muchos autores como Elmer Mendoza, Alejandro Almazán, Juan José Rodríguez, que tocan con la ficción temas de la realidad social. Incluso está Antonio Ortuño, que en su penúltimo libro La fila india, habla precisamente sobre el tráfico de indocumentados avalado por —en la ficción, en la novela, ninguno es real— autoridades mexicanas y del Instituto de Migración.

ÓA. Los últimos trabajos periodísticos como los que acabas de mencionar, de Alejandro Almazán o los de Wilbert Torre, parece que han borrado las fronteras entre literatura y periodismo, ¿qué opinas de la relación literatura-periodismo, están divididos o se trabajan a la par?

JLV. Creo que sí son cosas distintas. De fondo el periodismo tiene que basarse en hechos comprobables, es relatar cosas que sí sucedieron. Y la literatura nos permite inventar, irnos a la ficción y crear historias, inventar y darle los finales que nosotros queramos.

Pero sin duda me parece que un gran aporte ha sido darle elementos de la literatura a la crónica periodística, en este caso. Es decir: escribir, escribir con ritmo, darle el ritmo de una historia, de un cuento a lo que está sucediendo en el país, me parece que facilita que públicos que no están tan acostumbrados o tan interesados en entender qué está pasando en el país se acerquen, al tener una lectura amable, una lectura que te atraiga.

ÓA. ¿Se alcanza a hacer una literatura de denuncia?

JLV. Me parece que la frontera entre el periodismo y el activismo ha desaparecido. John Gibler —un gran periodista y activista— ha dicho que definitivamente todo tiene que ser subjetivo y todo debe de tener una causa, hablando de periodismo. Me parece que en esta época, en donde insisto, los grados de impunidad y de cinismo de autoridades, de gobiernos, de partidos y demás, donde no dan respuestas y no dan soluciones a la gente, el periodista o el zapatero o quien sea tiene toda la libertad —y puede hacerlo de manera legítima— de denunciar, convertirse en un activista.

Hay casos como los periodistas de a pie, donde hay varias periodistas destacadas como Marcela Turati, Gabriela Pastrana, Daniela Rea que se han convertido en una organización de apoyo y protección a periodistas y a familias de las víctimas y demás. Y así hay otro montón de medios y de periodistas, sin irme más lejos, Diego Enrique Osorno —que es un periodista que tú conoces— ahora es miembro de la Comisión de la Verdad de Oaxaca, y están investigando y están por presentar un informe sobre la violación de los derechos humanos en Oaxaca durante el conflicto de la APPO durante 2006-2007.

Soy partidario de que se pueda cruzar esa línea que me parece es imaginaria.

ÓA. Entrando ya en materia de la novela, me da la impresión de que estamos ante un clásico personaje pícaro, como Medina, ¿cómo fue el proceso en el que concebiste a este personaje?

JLV. Lo que traté de hacer fue una especie de retrato de nuestra época. Leo mucho a Camus, Sartre, y me gusta mucho su literatura más allá de sus posturas filosóficas o políticas. Me gusta mucho que retraten la realidad del ser humano tal cual es. No hay buenos, no hay malos, no hay villanos, simplemente son seres humanos que van tomando decisiones durante su vida. Y esas decisiones afectan de manera positiva o negativa a ellos mismos y a la gente que está a su alrededor.

Justamente con lo que hablábamos al principio, en la novela vemos cosas de corrupción, de engaños, de mentiras, de desamor, de política, de violencia, pero a mí me pareció que contarlo de una manera tragicómica —por no decir cómica— haría más sencillo que gente se interesara y se divirtiera, pero además entendiera algunas de las posturas que de manera muy subjetiva yo tengo en la novela.

ÓA. Hablando de la parte humorística, muchas veces se ha criticado a varios escritores a los que se les dice que si escriben de manera cómica no tienen el merecimiento de ser leídos, ¿te gustan los personajes tragicómicos?

JLV. A mí me gustan los personajes tragicómicos y me parece que es un reflejo de nuestra época. La época de los Miguel Strogoff y de los Superman, de todos esos héroes míticos y honorables hasta el final de su historia, se acabó.

Nosotros vivimos en la época de los antihéroes, que tratan de hacer el bien, de hacer lo correcto pero se equivocan todo el tiempo durante el camino. Me parece que eso es más cercano a la realidad que nosotros estamos viviendo.

ÓA. En la novela podemos leer los versos que la Poeta Gorda intercambia con Medina y parecen ser muy naif, muy rosas, y a veces hasta rayando en lo cursi, ¿consideras que así son actualmente los poetas mexicanos?

JLV. (Risas) ¡Sin duda no todos los poetas! En el transcurso de la novela lo que yo traté de llevar al extremo fueron estos prototipos de personajes, sean políticos, abogados, periodistas, sea la gente del mundo literario, sean poetas, y es un poco burlarnos de los excesos que de repente cometen. Tratando de volver, precisamente naif, cosas que tendrían que ser naturales como escribir poesía. Y que viven del ambiente artístico porque pueden pasar toda la vida sin escribir un solo poema y estar en las fiestas de la FIL, o estar en los cafés o estar en cualquier lado tirándose rollos sobre literatura y el mundo.

ÓA. Hablando del tema, tengo muy fresca la lectura del libro Estanquillo de Salvador Elizondo, criticando dos eventos, el Festival Cervantino y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en donde menciona que la esencia de los dos eventos ha desaparecido: ya nadie habla de Cervantes en el Cervantino y el libro no aparece como objeto de conocimiento sino de mercadeo.

JLV. Yo soy de Guadalajara y la FIL, más que un evento literario, más que un evento para la discusión de las letras y demás, es un evento social. Todo mundo en esta época en Guadalajara tiene que ir al menos una vez, tiene que ir a la FIL y comprar al menos un libro y es un tema de conversación de quince días: “fui a la FIL, leí, compré”, pero se queda en eso, en el asunto mercantil, en el asunto de comercio. Estás out si no fuiste a la FIL.

ÓA. Regresando a la novela La Poeta Gorda, ¿sigue siendo la palabra el vestigio de la evolución del ser humano? Te lo cuestiono de esta forma porque hay legados como las cartas que deja Medina, en donde nos hace entender que si desapareciera la poesía también desaparecería la sociedad.

JLV. El asunto de la inteligencia humana está muy cuestionable, sobre todo en las condiciones en las que vivimos. Pero sin duda me parece que no sólo la poesía, sino la música, la pintura son partes fundamentales de la formación de todos nosotros, de todos los seres humanos porque en el momento en el que dejamos de aprender sobre eso, de apreciar las artes en general, es que la sociedad ha llegado en el punto en el que está.

Cuando tu sobrina de tres años baila y canta la canción de reguetón del “Taxi” te das cuenta de que algo está mal en la sociedad, cuando llegas a los 15 o 20 o 30 años y no has leído El Quijote y no lees en general, significa que algo está mal en este país y en el mundo.

ÓA. En el contexto corrupto por el que estamos atravesando, las noticias cercanas de asesinatos, ¿cuál es el papel que debe jugar la literatura en nuestra sociedad mexicana?

JLV. La literatura tiene la oportunidad de describir lo que está pasando, y con eso basta. Cuando tú describes lo que está pasando, cuando tú escribes sobre lo que está mal, sobre los problemas del país es un aporte. Así lo lean cien, quinientos, mil o al menos uno, ya contribuiste a que alguien se entere de lo que está pasando de lo que no vas a ver en la tele, lo que no vas a ver en los medios comerciales. Creo que con eso basta.

Pero tampoco es una obligación de la literatura. Creo que la literatura también contribuye cuando simplemente te deja un buen rato, cuando puedes apreciar el ritmo de las palabras, cuando puedes apreciar una buena historia, cuando puedes apreciar un buen poema, también es una función muy válida de la literatura.

Yo no juzgo que la literatura se meta a la denuncia social pero tampoco creo que sea su obligación hacerlo. Me parece que ambos lados son válidos y son permitidos para cualquier escritor, poeta, músico.

ÓA. Me llevo una grata impresión después de terminar de leer La Poeta Gorda, y veo que está en su segunda edición.

JLV. Es la primera reimpresión. Y ya se está acabando afortunadamente. Es mi primera novela, que no escribí con la ambición de publicarla ni que le fuera tan bien, aunque son ediciones pequeñas. Es una editorial pequeña e independiente de Guadalajara —Rayuela, Diseño Editorial— y que no tiene los alcances de estas grandes industrias editoriales pero le está apostando a publicar buenos textos, hace ediciones muy bonitas.

En todos sus libros manda a hacer una pintura con un pintor destacado para hacer la portada. Los pintores leen primero el libro, hacen una propuesta y luego se publica.

A mí me da mucho gusto que siendo de una editorial independiente, siendo de provincia que luego —también te pasará que si no estás en el D F — no se puede tener el apoyo y la distribución que se da allá.

ÓA. Y agregar que la literatura con mucha calidad está en las editoriales pequeñas.

JLV. En el momento en el que las editoriales comerciales le apuestan por el lado conocido o a la fórmula, cierran los espacios a la gente que trae propuestas distintas.

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