La literatura muchas veces es sólo un silencio atronador

L. Carlos Sánchez

Una bruma me espanta. Las oraciones son murciélagos, se me impactan en el pecho como sueños. Las pesadillas de las que por júbilo no quisiera despertar.

Una confesión perversa se me revela. Disfruto del dolor ajeno. Y me regocijo del infortunio de esa rata que habita el interior de las páginas y su historia.

David Poireth es el artífice de estas reacciones mías al ir leyendo El Refugio, este libro que leo como un poema en prosa. Quizá la novela más intimista que he leído en los últimos años de mi vida.

El Refugio (Textofilia – UAM, 2018) me ahuyenta de la estridencia citadina. Me hala una y otra vez a la radiografía del búnker, allí donde habita la más pura desolación. Ese instante perenne de la desesperanza.

El estilo con que se construye este libro, me provoca una felicidad casi de niño que mira por primera vez la mar. ¿Por qué no hay más historias propuestas con este impulso por demás honesto?, me pregunto. Y sigo leyendo.

Luego al paso de los días contacto a David. Conversamos y le comento mis revelaciones a partir de la lectura de El Refugio. Hermanamos. Casi un abrazo desde la distancia. Porque la palabra lo puedo todo.

Hoy, también unos días después de esa conversación, comparto las preguntas y respuestas que nos acontecen como consecuencia de El Refugio:

–David, la devastación humana como un tema constante, ¿por qué?

–Sería difícil precisarlo. La escritura de la novela surgió más como una necesidad, como un síntoma o sensación de lo que (no) acontece en nuestro presente. Es decir, tengo la impresión de que somos consecuencia de un desastre que no ha acontecido del todo o que no deja de acontecer y de gestarse dentro de nosotros: el tedio, la pasividad emocional o de pensamiento. Somos, en cierto sentido, el resultado de lo que vaticinó o diagnosticó Walter Benjamin: la crisis de la experiencia; somos seres devastados “espiritualmente” y, me parece, que cuando uno se da cuenta de ello no puede sino sentir que todo es insoportable: la realidad es insoportable, ese ‘infierno tan temido’ en el que ya habitamos y en el que nada, nunca, realmente, acontece.

–No hay tiempo para la risa, no se respira, no a la alegría. ¿De dónde partes, cuáles son los antecedentes para la construcción de este libro?

–La escritura de este libro fue un camino complicado, áspero. Fueron dos años de escritura constante en los que podía pasar horas (a veces hasta seis o siete) (re)escribiendo sólo un par de frases. Sin embargo, antes de esos dos años, ya habían transcurrido otros dos con puros intentos estériles, y no fue sino hasta que me di cuenta de que estaba abordando todo de la manera equivocada que pude comprender (si es que se puede lograr tal cosa) lo que yo necesitaba hacer: como decía, tenía la necesidad de decir, pero no de decir algo, sólo de decir, de ser víctima y dueño del lenguaje. Entonces, como acostumbro a hacer, realicé una suerte de investigación no temática sino rítmica; normalmente leo mucho cuando escribo, pero leo a autores cuyo flujo del lenguaje encuentra consonancia con el mío: una investigación sonora, de tonos y respiraciones. Por ello en el libro hay muchas citas escondidas de Beckett, Blanchot, Cioran, Arno Schmidt, etc. Las palabras de estos autores palpitan en mi escritura.

Desde el punto de vista temático, para mí, la pasividad y el tedio no dan espacio a nada ni al aire ni a la risa ni siquiera a la tristeza, sino a un estado puro de desesperación.

–Cero concesiones, no quieres quedar bien con el lector, al parecer. Y la poesía siempre punzante. ¿Qué te ha hecho elegir este estilo? ¿O es el estilo el que te elige?

–Nunca pensé realmente en el lector, sino como una suerte de exigencia. Me parece que eso deberían de hacer los escritores: no pensar en el gusto del lector, sino en lo que el lector “ideal” de cada obra exige. El de El Refugio exigía un lenguaje cargado, él mismo insoportable. En este sentido, debo confesar que soy más lector de poesía que de narrativa, pero soy un pésimo escritor de ‘poemas’, de manera que me he dado a la tarea de buscar la expresión de la poesía fuera del poema; como decía Jacques Roubaud, parafraseándolo: ‘la poesía no es el poema, está en ellos, pero también está en otra parte’. Entonces, el estilo del libro se presentó por sí mismo, primero, pero luego tuve que trabajarlo o forzarlo. Como te dije, pasaba horas escribiendo un par de frases, porque la pretensión era, también, escribir una novela no en verso, sino como si estuviera compuesta por versos, entendiendo al verso no solamente como la unidad mínima del poema, sino como una frase que es en sí misma un objeto poético cargado de sentido. Lo que quería decir no podía decirse más que de ese modo. Obviamente esto trajo problemas, porque pretender hacerlo significa buscar estar encerrado en la palabra hasta que te asfixie, estar inmerso en un lenguaje en el que nada fluye y todo parece avanzar mientras retrocede.

–Al irte leyendo siempre tuve la sensación de que la literatura te hizo su presa. Te leo y parecería que estás en un trance, desde una sicosis. ¿Qué me puedes decir al respecto?

–Eso sería lo ideal. Como lector primero y como escritor después. Pero, no siempre ocurre: la literatura muchas veces es sólo un silencio atronador. Sin embargo, siempre busco ser, como dices, presa del ritmo del lenguaje y forcejear con él para obtener el dominio del espacio que habitamos.

–La irreverencia presente. De pronto en el libro se me aparece Pepe Revueltas, incluso Fernando Vallejo. ¿Hay algo de ellos como influencia en ti?

–No realmente. Pienso que la irreverencia no sólo es una virtud de la inteligencia, sino, en tiempos como el nuestro, también puede ser un excedente de ‘nuestra razón cínica’ o, peor aún, el resultado de un cinismo inconsciente. Es otro síntoma, y el narrador de El Refugio es eso: es un cínico que no sabe que lo es. Así pues, pensaría que la irreverencia del libro busca ser más cercana a la de un Onetti o, incluso, un Juan Rulfo: un retrato.

–¿A qué aspiras cuando escribes?

–Escribo muy poco y muy lento. Irónicamente siempre aspiro a dejar de escribir, es decir, siempre pienso que todo proyecto que inicio será el último. Al menos eso en parte, pues aquél que no puede evitar escribir siempre aspira o debería, pienso yo, aspirar a crear y descubrir cosas bellas, objetos bellos. Hoy en día hay una suerte de atletismo de la escritura: el “siempre escribir mejor”, como si fuéramos deportistas. No veo mal el hecho de trabajar el oficio, lo que no me agrada del todo es la pretensión triunfalista o de éxito: escribir es disfrutar (sufriendo) del fracaso: la obra.

–¿Hay vida después de la muerte?

–Si la hay, es oscura y aburrida. Si no: qué desperdicio.

–¿Este libro es tu venganza contra los dolores que provoca la violencia?

–Hace tiempo me di cuenta de que, así como no soy escritor de poemas (aclaro: para mí escritor de poemas no es lo mismo que poeta, aunque no soy ninguno de los dos), tampoco tengo aptitudes vengativas, sino, tal vez, rencorosas. Como escritor enojado, denunciante, soy pésimo (no digo que sea bueno en ningún otro sentido), pero creo que, si algo hay de ello en el libro, es más una escritura violenta por irremediable, o violentada: no podía ser de otra forma: una escritura dolida y no doliente. Por eso digo lo de ser rencoroso: el rencor es una emoción contenida que hay que desplegar poco a poco y manteniendo su tensión. En cambio, la venganza es griterío y en él, en esa regurgitación de palabras o acciones, se diluye la tensión poética que se pretende.

–¿Cómo se hace para escribir sin pensar en el qué dirán?

–¿Por qué escribiría algo preocupado por el qué dirán? ¿Por qué alguien diría algo de lo que escribo? Respondo así porque, para mí, escribir no es para publicar. A mí no me gusta publicar: yo escribo como bebo agua o como duermo. Si la escritura se ve subordinada al público o, incluso, al libro, lo que escribas será, como diría Juan José Saer, inhumano y falso: un producto de mercado.

–Tienes un sentido estricto de la construcción musical que requiere la literatura para poder sumergirse en el lector. ¿Cómo es que se logra llegar a esto, es a partir de una búsqueda o es algo intrínseco?

–Sí, es una búsqueda. Como te decía, yo realizo una serie de investigaciones rítmicas cuando pretendo escribir algo: busco los silencios de lo que se me impone y exige ser expresado. Para mí siempre será más importante el flujo del lenguaje y lo que éste provoque (como el trazo de un pintor o el cuerpo de un danzante) antes que una historia, una narrativa o un tema: la musicalidad, la cadencia, el tono es lo primordial.

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