La infancia es la patria verdadera

Salvador López Gómez desaparecido el 19 de agosto de 2019 en Hermosillo Sonora México

L. Carlos Sánchez
¿Qué es lo que provoca la empatía ante una persona caída en desgracia? ¿El amor por el otro se funda en la desolación, en medio de esa patria a la que tanto se nombra en la historia interior de cada uno de nosotros?

¿Por qué ofrecer el cuerpo como un acto de solidaridad ante el dolor de un cuerpo ausente? ¿Puede la estética del arte construir un pensamiento armónico en el cual las acciones desencadenen en la voluntad afable?

Francesco Pennacchia es actor, oriundo de Italia, lugar en el cual radica. En su generosidad que podría ser inherente a su existencia, abre las puertas de su cuerpo y posa ante el pincel de Clotilde López, Hermana de Salvador López, a quien desaparecieron el diecinueve de agosto de dos mil diecinueve.

Tiene Francesco esa disposición para abrazar desde la mirada a los posibles espectadores que nos colgamos en la internet, a las redes sociales que, si bien contienen un tsunami de información fútil, ofrecen también esa vastedad de puertas hacia otros mundos, los muchos dolores, las puntuales alegrías también.

En ese tren de propuesta plástica, audiovisual, donde los furgones contienen discursos para la interpretación, con una constante paleta de colores peculiares, intrínsecos a la historia de quien pinta, Pennacchia se deja ser instrumento. Y recurre a la infancia, ese universo inquebrantable en el recuerdo, en el presente, que se convierte en cita del lugar que es la patria.

Podría ser que el título de esta serie donde Francesco es el móvil para el pincel y Clotilde la constructora del volumen y disposición de los espacios, sea La infancia es la patria verdadera, como lo anuncian en la marquesina de la publicación. Tendría como subtítulo: El cuerpo es el paisaje más sublime de todos, atendiendo a la historia de este proyecto que no cesa, que permanece, que crece.

 

Y en esta evocación de esa edad en la que determina lo que somos, hago énfasis en una de las obras propuestas, en la cual encuentro la complicidad de dos niños donde uno al otro le dice los secretos de la vida. ¿Qué urden, a qué juegan, en qué sitio, en qué año, en qué mundo, hacia a dónde se dirigen?

Resalta la mirada llena de inocencia en la figura del niño que escucha. Y el que dicta al oído se avizora como un instructor donde el recorrido sucesivo de los días quizá pretenda ser el de un camino feliz.

Estos niños, con su presencia, ilustran la ausencia de Salvador López, y la de otros tantos ausentes que también fueron y siguen siendo niños. Y por ende ilustran a la perfección el desasosiego de quienes añoran el regreso.

¿Cómo se sostienen a la vida todas esas personas que no tienen al alcance de sus manos la verdad definitiva? ¿Cómo continúan sus días, de dónde las fuerzas para no desfallecer?

Pudiera ser que la solidaridad, como en este caso la de Francesco, sea un abrazo que contiene toneladas de oxígeno, la fragancia más necesaria para permanecer de pie ante los embates de la crueldad.

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