La esperanza es una palabra que aún no marchita

Orquesta Sinfónica La Caridad

 

L. Carlos Sánchez

Ocurre allí. Donde los horizontes son revelación. La edad crucial. El fundamento para andar los caminos sucesivos.

Tienen en sus manos instrumentos de cuerdas y metales. Tienen la voz. Tienen la preciosa dirección de quien todo lo sabe: Yamira Clavijo González.

Acuden a sus clases de manera cotidiana. Desarrollan el aprendizaje y el Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT) 2020, se le oferta como una plataforma para entregar la consecuencia de los que se cultiva.

Son niños-jóvenes, vienen de Nacozari de García, Sonora. Emanan de ese proyecto musical denominado El cobre hecho arteOrquesta Sinfónica La Caridad, que auspicia Grupo México.

Es el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora, en Hermosillo, escenario que los acoge en contexto del FAOT.

Podría decir que son veinte o treinta o cuarenta integrantes. El número sería solo una cifra, lo relevante es lo que el espectador escucha, lo que la orquesta nos dice en notas, la trascendencia de la emoción que imprimen en esa edad en la que todo es verdadero. Así lo hacen, con la hermosa y perfecta armonía que da la concentración.

Cada uno en su lugar, como si los demasiados mundos que se viven en la actualidad, sin descartar la beligerancia que es violencia, no existieran. La mirada unilateral vive allí, en el contacto con el arco, la vaqueta, el metal. Incluso un pandero por demás simpático en manos de la infancia, que cuenta las más cálida inocencia de un niño que en su cuerpo y mente florea música.

Animarse a bailar es la interrogante que posiblemente inquieta a los espectadores. Porque el repertorio contiene títulos que son nuestros, con los que convivimos de niños a la orilla del lavadero dentro de la falda de nuestra madre.

Bailar en el pensamiento mientras diversos temas se nos revelan como preguntas: ¿Cómo sería la vida de estos niños-jóvenes integrantes de la Orquesta si la música no los hubiera tocado?

Quizá las balas, el narcotráfico, o simplemente la abulia andaría tocando a las puertas de su existencia.

Es por eso que la conmoción asciende. Cuando ya la realidad que oprime se nos avizora en esta Orquesta como una agrupación que nos subraya el significado de la palabra esperanza.

Porque tiene la voz de sus directora, la maestra Yamira Clavijo González (cubana) ese timbre mágico que da la ternura. La sensibilidad a toda luz con la que guía a sus alumnos.

¿Qué otra cosa podría resultar de esta voz si no la seguridad en cada uno de los joviales músicos en el momento de aprender el instrumento?

La gratitud es un término que se avizora inmarcesible cuando la directora se dirige a sus alumnos (que son mis hijos todos, dirá casi al final del concierto, antes de la despedida). Anteponiendo ese elemento es inefable que la armonía ilumine la ejecución del programa, E incluso el feliz regreso a casa que será la misma noche, unas horas después de la concusión del compromiso.

Y a la música de vuelta: La pilareña y El costeño. Un homenaje al origen. Don Silvestre Rodríguez, compositor, interpretado por los chavitos del terruño. Bailar en el interior que ahí no hay imposibles.

Con sombrero vaquero los músicos. El ícono de la región. La historia de gente que trabaja en el campo y vive de lo que la tierra da. Sonora querida.

Y aplaudir el retorno de la mezzosoprano Eloísa Molina Olivares y el tenor Jorge Alberto Ripalda, es inevitable, el dúo que enaltece en canto la tradición de esa memoria de música que somos como sociedad.

Ya para bajar, después de este discurso a manera de reseña, donde la objetividad pudiera ser una falacia, debo decir que los presentes, los más, dijimos sí a la propuesta de la directora, y entonamos México lindo y querido. En compañía de esos niños-jóvenes que nos hicieron creer que la esperanza es una palabra que aún no marchita.

Deja un comentario