La Catracha

Araceli Celaya

La Catracha. Fogosa y de vientre abultado, llegó una tarde de verano a Caborca. Descendió del lomo de la bestia, miró para todos lados y supo que al fin pisaba el suelo del norte.

La Catracha, mujer, madre, esposa, abuela, prostituta, puchadora de catrachos, pronto aprendió de memoria el camino, el ir y venir.

Tres mil ciento cincuenta kilómetros de distancia entre Caborca y Honduras, no son significativos cuando los recorres cada mes.

Desde hace ya más de cinco años por su misma ruta han trazado huellas quienes buscan una mejor vida: hombres, mujeres, niños, algunos en brazos de sus padres, otros andando a la par que ellos. Cuentan los días de su viaje y no saben si el recorrido será para bien o para mal, sin embargo están aquí, en la última frontera, donde sienten las pulsaciones del sueño americano.

Pero en esta región a tiro de piedra con el gabacho, ya no son bienvenidos, porque de tajo se extinguió la generosidad de los caborquenses. Eso opinan los nativos de esta tierra, los que andan las calles con el Jesús en la boca.

En su último viaje, la Catracha llegó cargando con su pasado y lo hizo de nuevo presente, su madre, su hija y su nieta, quienes hoy cambiaron de nacionalidad intentando alcanzar el sueño de millones de migrantes ignoran que la realidad de su hija aquí la Catracha (a quien ellos llaman Liliana), no dista mucho de lo que vivía en Honduras, donde se casó hace años con un mexicano y empezó los trámites de nacionalización.

Ay, la Catracha, siempre viviendo al límite, ahora los rodales de dinero llegan gracias a  su actividad de pollera. La vida no le ha cambiado mucho, a no ser que ahora fuma marihuana de la buena, y toma cerveza Tecate. Por lo demás, sigue durmiendo dentro de una choza construida con cartón y hule negro, y sus ropas siguen igual de pobres como cuando llegó, renegrida, por casi un mes de travesía entre las góndolas del tren.

La vida de Liliana no ha sido fácil, pero se ha adaptado. En las primeras semanas de su llegada descubrió que era fácil vivir en las calles de esta ciudad, cargando una mochila en sus hombros y sobre su espalda una cobija de barbas azules y rojas.

Y a rifársela todos los días, sobre las calles, a talonear para comer, de esas mismas calles de las que vuelve a su morada con la emoción de la solvencia para mercar marihuana, una pizza, un pollo asado.

Pero la generosidad de los caborquenses, así como llegó, desapareció. Fue cuando la tasa delictiva se puso en números rojos, y empezó el azote de robos, asaltos y homicidios. Y son los migrantes quienes llegaron para robarse, también,  la tranquilidad de esta ciudad.

La Catracha le bajó un poco a la fiesta, ideó otra forma de vivir sin tener que hacer largas jornadas en el campo, porque también lo intentó, solo que su marido, fastidiado por tener que trabajar, la amenazó con abandonarla si lo obligaba a seguir laborando bajo las inclemencias del desierto, donde la temperatura alcanza los cuarentaiocho grados y quizá un poco más.

En aras de aliviar la incomprensión de su marido, la Liliana decidió prostituirse, ofertando el cuerpo entre los huéspedes que llegaban a su vivienda con piso de tierra. La clientela internacional: Guatemaltecos, Hondureños,  Nicaragüenses, Costarricenses y uno que otro Brasileño, hombres con el deseo puntual, dispuestos a pagar la cuota de hospedaje.

Pero poco duró la empresa, porque los suegros criticaban la pasividad del esposo, que después de varias horas en los videojuegos, dormía plácidamente mientras la mujer se alquilaba de caricias.

Cansada de gritos e insultos de los vecinos, Liliana emprendió su retorno al país que la vio nacer. Viaje fugaz. En menos de una semana regresó, acompañada de catorce hondureños, los cuales le pagaron seiscientos dólares cada uno. Poco duró la ganancia, y a multiplicar la faena: en menos del mes fue y vino por otros cuarentaicinco hombres y mujeres, a quienes después de dos semanas de estancia en Caborca, los llevó a la frontera de Mexicali, y allí los entregó a la migra, bajo el plan de que los indocumentados pidieran asilo político.

Así pasaron los meses y los años, la vereda de la migración se hizo cotidiana y llegó al enfado y de nuevo emprendió otro viaje. “Ya la gente no es buena aquí” se dijo al ver cómo los caborquenses dejaron de regalar dinero, comida, ropa y tratos afables. Eso comentó al darse cuenta que las familias de Caborca cerraron las ventanas y pusieron candados en sus puertas.

La migración dejó de ser un tema humanitario en esta región. Porque el mundo se sobre pobló  y por estos rumbos suman más de un millón de centroamericanos que han cruzado como hormigas nuestro territorio.

La catracha, la Liliana, es una estadística más en las miles de personas que han caminado por el desierto de Sonora el último año y muchas de ellas, las que no murieron en el intento de su paso al otro lado, esperan asilo político en la frontera con Estados Unidos.

Pero esta historia apenas comienza, como comienza cada día la historia de miles de hombres y mujeres que en la migración territorial, migran junto con sus sueños, sus anhelos, sus amores.

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