La afanosa búsqueda de certezas

Foto: Jordi Puig

José Alfonso Jiménez Moreno/ alpsic@gmail.com

Pasamos toda nuestra vida en busca de certezas: certezas laborales, certezas amorosas, certezas en nuestra agenda, certezas en nuestras amistades y certezas en todo lo que nos rodea. Esto lo asumimos como parte de nuestra actividad natural en la vida cotidiana. La certeza en nuestra vida nos ofrece calma, tranquilidad y posibilidad de desarrollo.

Desde pequeños se nos instruye la necesidad de planear un futuro, de estudiar, de trabajar, de ahorrar en aras de un porvenir que nos permita tener tranquilidad en la vida adulta y en la senectud (asumiendo, claro, que llegaremos a ella). Buscamos afanosamente un trabajo estable que nos ofrezca condiciones de vida más o menos regulares, buscamos pareja y amor eterno (o, cuando menos, hasta que la muerte nos separe).

Por su parte, la ciencia busca el conocimiento de lo que son los fenómenos, con la intención de tener certezas sobre lo que nos rodea y proporcionar predicciones, usando para ello herramientas confiables (es decir, estables; o sea, que nos ofrezcan certeza). Sin ser ajena a ello, la filosofía busca la raíz de las cosas para acercarnos al conocimiento; es decir, para acercarnos (una vez más)  a la certeza de lo que somos y lo que nos rodea.

Pero, ¿qué tanto la certeza es realmente alcanzable? ¿Ponemos en duda la posibilidad de lo que nos da tranquilidad y lo que buscamos afanosamente durante toda nuestra vida? ¿El trabajo, los ahorros, la pareja son certeros? ¿Qué pasaría si de repente asumiéramos que no tenemos certeza de nada en nuestra vida? Ni de nuestro futuro, ni de la estabilidad de nuestro trabajo, ni de nuestras pensiones, ni de lo eterno de nuestro amor de pareja, ni siquiera, incluso, del conocimiento científico. Si asumimos que nuestras certezas son sólo formas de búsqueda de sentido, pareciera, entonces, que nuestras únicas certezas son este instante y nuestra inevitable muerte.

¿La certeza, en sí, existe? ¿Tenemos realmente certeza de algo más que no sea este momento y que algún día moriremos? Ya se dijo que incluso el conocimiento científico y el filosófico pueden ser puestos en duda, rebatidos, falseados: de repente Plutón dejó de ser un planeta, podemos perder nuestro trabajo, nuestra pareja puede abandonarnos, los pronósticos de lluvia suelen jugarnos malas pasadas.

Con todo esto pareciera que, paradójicamente, nuestras certezas tienden a ser temporales. Y si así fuera, resultaría que aquello de lo que estamos seguros pierde todo sentido de certeza. ¿Es la certeza, entonces, sólo una ilusión? ¿Es, acaso, la intención de la búsqueda de certezas sólo un motivante en nuestra azarosa vida?

Vale decir, pues, que la certeza nos ayuda a sobrevivir, a buscar mejores condiciones de vida, a trata de hallar relaciones amistosas y de pareja fructíferas,  a realizar estudios profesionales y a construir patrimonios que nos den calma frente a lo azaroso. Sin embargo, si nuestras certezas son sólo este instante y nuestra muerte, significa que la mayor parte de nuestra vida obedece a condiciones azarosas. La aparente certeza de lo que somos, tenemos y sabemos no es más que una manera en la que la angustia de lo inestable se torna soportable. Desde que conocemos nuestro destino mortal, buscamos otra certeza (más allá de este instante) que disminuya nuestra angustia.

La vida es dinámica. Y lo único certero —además de este momento y de nuestra muerte— es que la estabilidad no existe. ¿Será, así, que nuestra conciencia de la muerte es la responsable de nuestra búsqueda de certezas inexistentes? Indagar sobre el hecho de que todo acabará para nosotros puede ser tal vez una fuente de conocimiento para comprender lo absurdo de buscar certezas en un mundo lleno de azar y probabilidad. Todo lo que está en medio de este momento y de nuestra muerte (es decir, nuestra vida misma) es impredecible.

Perdamos, entonces, el miedo a asumir que la vasta mayoría de nuestras certezas son relativas, que nuestro sentimiento de seguridad es temporal y que nada nos pertenece. Ello pudiera ser un paso a una verdadera tranquilidad.

 

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