Japón está en el este

Mi imaginario, alimentado un poco por algún libro de Julio Verne contaba la historia de un japonés que un día decidía visitar a su hija

Misuki Takaya

En los mapamundis Japón está en el este. A pesar del acuerdo tácito y poco debatible de que el mundo es un balón irregular, del anecdotario de Colón, y de tener acceso a estos globos terráqueos, testarudamente sigo pensando en Japón como esa isla situada a la derecha y aislada del mundo.  Japón está a mi derecha en muchas formas, como Takaya, al  lado de mi nombre.

Así pasé los años más sensibles y tiernos de mi infancia, sentada en el macetero de mi casa y con la vista dirigida hacia el lado este, esperando al Chino, como le dicen en mi casa.

Mi imaginario, alimentado un poco por algún libro de Julio Verne contaba la historia de un japonés que un día decidía visitar a su hija, tomaba el submarino o barco desde Japón, pasaba por India a comprar recuerditos, pasaba por el canal de Suez y luego llegaba al DF (omitamos si encalló en el Golfo de México o en el Pacífico), y así vestido con camiseta blanca y pantalón negro, llegaba caminado por toda la avenida Nuevo León y se paraba frente a mí. En este punto mi imaginación nunca se atrevió a ir más allá. No tenía la mínima idea de qué iba pasar en ese punto, de cuáles serían mis decisiones y de cómo superar la barrera del lenguaje.

Esta recurrencia de mis años infantiles no correspondía a ningún desprecio a mi familia adoptiva, ni era algo que me quitara el sueño o me mantuviera triste, al menos no en esos años.  La llegada de mi padre, era la promesa tácita de que el sol sale siempre por donde mismo.

Este interés era motivado por dos cosas: en primer lugar, mi padre almacena muchos recuerdos y datos de mi madre, estos recuerdos me permitirían tener una cercanía simbólica con “Eliza”.

El segundo motivo correspondía a una curiosidad enorme: conocer el barco o el submarino donde él trabajaba. Este era el itinerario planteado por mí: después de que “el chino” llega, lo invitamos a Kino, donde el tendrá a la orilla del mar un submarino o un barco donde haremos la convivencia con mariscos o carne asada; mi papá Luis comparte algunas caguamas y lo pone al tanto de mi comportamiento y notas de la escuela, “Es una buena muchacha, pero rezonga mucho y no se quiere bañar”.  Y así regresamos a Hermosillo porque yo tengo escuela en la mañana.

La oleada de frikis, el amor de algunos latinos por la cultura japonesa, el escuchar lo bueno que son los japoneses para las matemáticas, las novelas o películas donde la guapa protagonista encontraba a su padre, sumado a tantos comentarios chocantes sobre el tema de mi padre, me hizo alejar la mirada de la isla.

Todo esto abonó al tener la certeza de que esa Isla estaba muy lejos y que de alguna forma el ubicarlo al extremo del “mundo real” refrendaba a que lo que tenía que venir, estaba tardando mucho.

Fijé a Japón a la izquierda y el tema de mi papá oriental lo cerré con una indolencia que sorteaba los síntomas provocados por el “chale tu papá no te quiere”, “no quieres conocer Japón”, “seguro tiene otros hijos”, “pero lo bueno es que tienes familia y salud”. De alguna forma todo esto es mejor que llorar o quemarse las nalgas en la banqueta esperando que algo suceda.

Pasé mi adolescencia, como toda niña adolescente: comiendo maruchan, viendo Dragon Ball, incluso fui a una convención de anime y practiqué karate, sin sentir el menor apego rebuscado hacia mi supuesto y misterioso origen.

Hace poco abrieron un par de restaurantes de comida koreana- japonesa, donde además de ofrecer un amplio menú los parroquianos tienen un alto dominio de la cultura japonesa y adoptan algunos modos de comportarse. El lugar me dio nauseas y se me hizo tan incómodo como cuando veo japoneses de “carne y hueso”.

El mundo vive y celebra una parte de mí que me es incómoda porque yo no conozco, ¿cómo se atreven?  La situación con “Japoneses que son de verdad”, es igual de rara, termino entendiendo que Papá-Japón es como una mitad que está obsoleta, que con la salvedad de mi bello cabello lacio y mi gusto para matemáticas (no precisamente habilidad), está ahí como algo que no puedo usar para determinar nada. Una camisa que no me queda.

Pero Japón está en el oeste.  “¿No será que Japón llegó del oeste y no te vio porque tú estabas de espaldas? A la mejor te vio la espalda y por eso no te reconoció” comenta un amigo en una velada. MIERDA. El imaginarme mis espalda, me sensibiliza, me hace querer dar la vuelta al mundo por la derecha, llegar a donde estoy y abrazarme. Pienso en mi padre “el lobo” que miro mi espalda y no pudo abrazarme; pienso en si siguió caminando hacia el este y me sonrió, pero yo estaba tan siempre distraída que sólo le dije “buenas tardes”; pienso en el dándole la cara al sol. Es muy osado pensar, que sigue caminando hacia el este y que volveremos a cruzar, y entonces  ¿yo estaré volteando a la izquierda?, ¿qué le voy a decir?, ¿lo agrego a Facebook?, ¿será impropio si le pido lana para pagar lo que debo en hacienda? No tengo la mínima idea,  “a la mejor es hora de que yo caminé teniendo el sol de mi lado, encontrarme con aquellos que me esperan mirando el norte, el oeste, el este  o de el sur”.

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