J. K. Turner sigue siendo nuestro contemporáneo

Ricardo Solís

Hace unos días, un gran amigo me recordó uno de los libros más importantes que, en mi opinión, debería leer (y releer) cualquier persona que se interese por el ejercicio periodístico en este país, sea para buscar ejercerlo con la propiedad debida o para admirarse de lo persistentes y cotidianas que resultan algunas costumbres que, desde el poder, parecen haberse enquistado en la sociedad como una buena semilla que ya cuenta numerosas generaciones. El libro al que me refiero es, claro, México bárbaro, del estadunidense John Kenneth Turner.

Visto desde hoy, lo primero que me gustaría recalcar es el compromiso que dio origen a esta serie de reportajes, entrevistas y crónicas que se convirtieron, con el tiempo, en un amplio retrato de una nación que, por décadas, ofrecía una imagen distorsionada de su verdadero rostro. Turner, tras conocer en California a numerosos mexicanos –la mayoría, miembros del partido liberal– que se hallaban presos ahí por defender un ideario político contrario al que sostenía el régimen y llevarlo a la práctica (entre ellos, Ricardo Flores Magón), decidió realizar un primer viaje a territorio mexicano para perseguir las pruebas de lo que afirmaban estos activistas que, desde el exilio, continuaban con su lucha contra Porfirio Díaz y su gobierno.

Aunque México bárbaro vio la luz como libro en 1910 (con una precisión apabullante), la primera visita del periodista a nuestro país se realizó dos años antes; en ese recorrido inicial, Turner se hizo pasar por un hombre de negocios interesado en invertir en el país, gracias a lo cual pudo obtener testimonios de primera mano acerca de la terrible situación –literalmente, de esclavitud– en que se hallaban los trabajadores de las haciendas henequeneras de Yucatán, de los miles de yaquis que allá fueron llevados como prisioneros de guerra o del legendario Valle Nacional, en Oaxaca (y esto es solamente el principio).

No es mi propósito esbozar un recuento biográfico de la vida de Turner durante este período sino, cosa distinta, hacer hincapié en que su impulso primario para ir a México se sustenta en su firme idea de lo que significaba un gobierno verdaderamente democrático y, también, en la necesidad de ejercer el periodismo como una herramienta fundamental para dar cuenta de historias y hechos que muchos ignoraban o pasaban por alto debido a la eficacia con que operaba lo que llamó el “sistema Díaz”, una forma de gobernar que implicaba el beneficio de muy pocos y el sometimiento del resto de la población, la anulación de las libertades políticas y económicas, así como el control casi absoluto del “relato” periodístico que fundaba la imagen del país en el exterior.

Más allá del riesgo personal y las limitaciones de la época, Turner debería mantenerse en la lista de autores a revisar, de manera obligada, durante la educación media superior, por lo menos; y si lo digo es porque incluso personas de mi generación o mayores, profesionales del periodismo o historiadores, tienden a “olvidar” que el estadunidense es un ejemplo inmejorable de cómo el sustento de una crónica parte de la experiencia y se solidifica en un lenguaje que intenta referirla con apoyo en datos concretos, revelando fuentes y admitiendo debilidades.

De hecho, si se adquiere una edición reciente, se podrá comprobar que –técnicamente hablando– los capítulos de la última parte (“críticas y comprobaciones”), en los que brinda espacio a la voz de algunos de sus muchos detractores tras la publicación de sus artículos en el American Magazine, significan una lección periodística de primer orden, porque no sólo insiste en la trascendencia de datos y pruebas, ofrece asimismo opiniones contrarias en favor de una perspectiva plural, múltiple, diversa. Parecerá jarabe de pico, pero no le vendría mal, a nadie que labore en medios de comunicación, acercarse a este libro y comprobar cuán cerca seguimos estando de aquellas condiciones que Turner describe con asombro y pasmo.

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